Ortega, el Barça y la imposibilidad de España

Más aún que con Cataluña o los Països Catalans, la quimera nacionalista orteguiana choca aquí con la realidad concreta, física y terca de Barcelona

La otra noche, mientras el Barça jugaba en Newcastle, encontré por casualidad, en un montón de papeles que tenía que ordenar desde hacía tiempo, un viejo texto de Ortega y Gasset. No recordaba que lo tenía. Era una de esas ediciones de bolsillo de color amarillo que se publicaban en los años setenta y que uno compraba más por la portada que por la firme voluntad de leerlas. Lo abrí, como se hace con los libros reencontrados, por una página cualquiera.

La página era especialmente áspera y mala. Ortega elucubraba en ella, con esa prosa de mármol que tanto admiraban sus discípulos, que Castilla era la única que había pensado España y que debía seguir pensándola. Los catalanes, decía, y los vascos nunca habríamos llegado a nada. Éramos, en el mejor de los casos, particularidades pintorescas. El filósofo de la modernidad española, el liberal de cabecera, el reformador, el hombre del Museo del Prado y de la generación del catorce nos ofrecía, en definitiva, la misma visión peninsular que los generales africanistas impusieron poco después con la ametralladora y los cañones. Mejor dicho, ponía las bases de aquello.

El nacionalismo español moderno no es medieval ni romántico: es una fabricación de principios del siglo XX, consagrada por Ortega y los suyos, y conducida después por los falangistas y toda la tropa fascistoide, el general Franco y su corte de criminales, la dictadura que resultó de su golpe y, finalmente —con las aristas limadas pero con la estructura intacta—, la constitución del 78, que hay quien dice que parece orteguiana. Detalles aparte, es una línea continua. Y la idea de fondo es siempre la misma: España es Castilla —ahora ya le dicen Madrid, porque de Castilla no queda nada— y el resto ha de participar en la medida en que se disuelva en ella. Y únicamente a partir de la disolución.

Hace años que lo pienso, y no deja de sorprenderme todavía que cierta progresía española, e incluso cierta izquierda catalana, continúe tratando a Ortega de liberal. Si tomáis sus textos sobre la nación, sobre la unidad de España, sobre la misión histórica, sobre los pueblos periféricos, y los traducís al italiano, la prosa parece directamente de Mussolini. Y no es una exageración retórica, eso, es una constatación literaria: «Il castigliano è la lingua dell’Impero; una lingua di cultura superiore, destinata a presiedere lo spirito degli altri popoli ispanici.» El voluntarismo de la unidad, la misión imperial de la raza central, la periferia como contenido que ha de ser organizado por un centro que piensa —todo eso es fascismo de manual. Y en ese sentido, el hecho de que Ortega no llevara camisa negra es, en todo caso, un detalle de vestuario, no de ideología, si lo lees en su concreción.

Ahora bien, lo más interesante de esta idea orteguiana no es su brutalidad filosófica, sino su incongruencia práctica. Si resulta que solo los castellanos pueden pensar España, entonces todos los demás deberíamos estar sometidos a ella y ser obedientes. Deberíamos aceptar que se nos pensara desde fuera. En definitiva, deberíamos renunciar a tener un pensamiento propio sobre el lugar donde vivimos. Una osadía, esta, que puede funcionar un tiempo y solo a base de la violencia que Ortega ensalzaba. Pero que genera un problema irresoluble para cualquiera que quiera construir un estado que funcione, porque exige la sumisión perpetua. Y la sumisión perpetua es —a la larga y en cualquier parte del mundo— una quimera irrealizable.

Y para deshacerla, solo hace falta reconocer que aquí, concretamente, tenemos Barcelona. Más aún que con Cataluña o los Països Catalans, la quimera orteguiana choca aquí con la realidad concreta, física y terca de Barcelona. Una ciudad que siempre ha competido. Que siempre ha querido ser capital de cosas. Que siempre ha tenido burguesía, banca, industria, universidades, teatro, arquitectura. Una ciudad que, por mucho que España y su estado lo haya intentado, nunca ha aceptado de buen grado el papel de filial, de figurante de segunda. Para entendernos: ni los españolistas barceloneses más fervientes quieren que el aeropuerto de Barcelona sea una sucursal de Barajas. La contradicción los atraviesa de arriba abajo.

Y aquí es donde entra en juego con una claridad deslumbradora el fútbol. Un deporte en que todo se hace visible con una claridad que ningún discurso político alcanza. Cuando el Real Madrid y el Valencia jugaron la final de la Champions hace ya muchos años, viví la actitud de los madrileños de cerca, y fue tan irritante como instructiva. Eran insidiosos y molestos. Nos trataban como un simple decorado de su fiesta. Pretendían que no les molestásemos en una celebración que comenzaron sin ningún pudor antes de que pitasen el inicio del partido. Los valencianos éramos, en su lógica, un accidente provisional del calendario, una comparsa que debería tener la gracia de saber quedarse en su sitio. Aquella actitud —lo pensé entonces y todavía lo pienso hoy— no era arrogancia deportiva: era la doctrina de Ortega convertida en mentalidad de grada.

Pero con el Barça —desde que Johan Cruyff hizo el gran cambio de mentalidad que ha transformado el club de arriba abajo—, la cosa es diferente. Con el Barça no pueden. Lo han intentado por todas las vías. Por la vía arbitral, que es la más discreta. Por la vía judicial, que es la más brutal. Encarcelando directivos, tratando de destruir la credibilidad económica ante bancos e inversores. Con un sistema de medios goebbeliano, capaces de inventarse la más gorda. En Madrid han hecho todo lo que han podido para reducir al club a la impotencia y no lo han conseguido. El Barça sigue siendo el Barça. Y de alguna manera sigue siendo, en un sentido que va mucho más allá del fútbol, el principal argumento empírico contra la tesis de Ortega. ¿Qué culé, por muy españolista que pueda ser, aceptaría resignadamente la subordinación al Real Madrid?

Porque si España solo puede ser el Madrid —el Madrid como metáfora de un poder centralizado que piensa por los demás—, entonces el Barça es, por definición, un escándalo ontológico. Un club que no acepta ser sucursal. Que ha construido una identidad propia con una conciencia clara de que aquella identidad es nacional y no simplemente deportiva. Que lleva el nombre de Cataluña al mundo en condiciones de igualdad —y muy a menudo de superioridad— respecto de los clubes españoles. Algo simplemente intolerable para la lógica orteguiana, para el nacionalismo del altiplano.

Por eso, en semana de elecciones al club, y gracias a la anécdota bibliográfica, hoy me ha parecido oportuno recordar que la batalla que se libra en las urnas no es nueva y no es meramente deportiva. Es civilizatoria. La cuestión es si los catalanes podemos existir como sujeto —si podemos pensarnos— o si aceptamos que nos piensen desde Madrid. Ortega lo expuso hace un siglo y, en general, nuestra respuesta ha sido, desde entonces, variada, pero siempre persistente. A veces usando la política, a veces haciendo versos, pintando cuadros o haciendo música, a menudo innovando en la industria, en la tecnología, en las universidades. Pero también —y ya me perdonaréis la digresión algo fanática de hoy— dentro de un campo de fútbol, pasando el balón de uno a otro y haciendo jugar a un equipo, desde hace décadas, de una manera única que reconoce y singulariza el mundo entero.

Vilaweb