Nostalgia de ETA

El terrorismo de ETA constituyó una tragedia sangrienta y, desde el fin del franquismo hasta 2011, una práctica criminal e injustificable. Pero en la vida política se aprovecha todo, y sería muy ingenuo no ver que los casi treinta y cinco años de actividad terrorista en democracia también tuvieron, junto a muchos miles de víctimas directas e indirectas, un cierto número de beneficiarios.

Por ejemplo, el Partido Popular. Cuando gobernaba, el PP convirtió la contundencia de la lucha contra ETA y la persecución penal de todo el ámbito abertzale en estandarte de su celo patriótico y eficaz reclamo para los sectores más ultras del electorado (recordemos los vergonzosos esfuerzos de Aznar y sus ministros por atribuir al grupo vasco los atentados del 11-M). Cuando fue a la oposición, el terrorismo etarra le sirvió para desgastar a los gobiernos socialistas, acusándolos de debilidad o incluso de traición. Para algunas figuras del partido derechista (de Jaime Mayor Oreja a María San Gil), ETA se convirtió en la única razón de ser de su actuación política.

También el PSOE obtuvo dividendos de la actividad etarra. Sin la ilegalización del independentismo vasco de izquierdas a partir de la tesis de que «todo es ETA», el socialista Patxi López no habría llegado nunca a lehendakari, ni habría gobernado Euskadi desde 2009 hasta 2012, siempre con el apoyo del PP. Los beneficios, sin embargo, no se limitaron al bloque bipartidista: en el clima creado por el terrorismo, individuos que no habrían salido del anonimato se erigieron en portavoces oficiales de las víctimas y en personajes con poder e influencia (el ejemplo más extremo es el de Francisco José Alcaraz); y determinados intelectuales o universitarios adquirieron fama y fortuna gracias a la condición -ampliamente publicitada- de perseguidos, exiliados y enemigos implacables de la banda etarra y de todo lo que se le pudiera asociar.

Sin embargo, en octubre de 2011 ETA abandonó definitivamente la actividad armada. No, no creo que haya que darle las gracias, pero sí me parece imprescindible tomar nota de este hecho y valorar sus debidas consecuencias. Sobre todo cuando, de 2011 a esta parte, los diversos golpes policiales que ha sufrido la organización la han convertido más en un fantasma que en una realidad operativa.

Pero, ¿cuál es el problema? Pues que muchos de los antiguos beneficiarios de la existencia de ETA (desde el Gobierno del PP y ciertos medios de comunicación hasta asociaciones de víctimas e intelectuales de profesión antietarra) se resisten a dejar de percibir las rentas, aunque que sean menguantes. Pudimos visualizarlo, hace unas semanas, a raíz de la pelea de madrugada, en un bar de Altsasu, entre guardias civiles y otros clientes del establecimiento: titulares de prensa que volvían a hablar de «proetarras», manifestación en Pamplona bajo el lema «Navarra por la libertad con la Guardia Civil», Rajoy escribiendo en Twitter «No Habrá impunidad», el fiscal calificando los hechos como «terrorismo», etcétera. Reflexiones similares suscita la celebrada detención en Francia, el pasado día 4, del supuesto «último jefe de ETA», un desconocido sin ninguna causa pendiente con la justicia y a quien fuentes policiales reconocen «nula experiencia terrorista». La cuestión es ir haciendo hervir la olla…

Entre los que quieren seguir apurando el plato del antiterrorismo hay, lógicamente, algunos de los promotores de Basta Ya, Foro Ermua y otras plataformas similares, que habían tenido su tiempo de gloria hace una quincena de años, al calor de la presidencia de Aznar. Y, de todos aquellos irreductibles, de los que el más activo y pugnaz con diferencia es el filósofo Fernando Savater.

Lejos de considerarse desautorizado por el naufragio del partido político que contribuyó destacadamente a fundar (Unión Progreso y Democracia), impertérrito después de haber conseguido el 1,2% de los votos como candidato al Senado por Madrid el 20-D, y el 0,42% como candidato al Congreso el 26-J, Fernando Fernández-Savater Martín no deja pasar casi ninguna de sus actuales tribunas de opinión sin intentar mantener vivo el enemigo la lucha contra el cual le ha sido tan provechosa: «la violencia ha sido derrotada, felizmente, pero la pócima de la nación sigue burbujeando en el caldero». En consecuencia, hay que coger al vuelo cualquier pretexto para alertar de que los proetarras están ahí. En el bar de Altsasu o en el hemiciclo del Congreso de Diputados, aplaudiendo el discurso de Gabriel Rufián durante la definitiva investidura de Rajoy.

La cuestión es poder describir a Rosa Díez como la «luchadora antiterrorista en el País Vasco» y no como lo que fue, una política profesional que, a base de autoritarismo y egolatría, hundió UPyD en la miseria. La cuestión es poder hacer un pack con las dos obsesiones savaterianas: «los batasunos» -la huella imborrable e irredimible de ETA- y Podemos, los infames Errejón y Iglesias que festejan con Otegi, que aplauden a Bildu y -lo peor de todo- que reúnen cinco millones de votos defendiendo el derecho a la autodeterminación. ¡Eso, eso sí que es una victoria de ETA!

ARA