Hace sólo unos días, la secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, nos obsequiaba con unas declaraciones que, refiriéndose al gobierno de Cataluña, decían exactamente esto: «Cuando algunos olvidan que están sometidos al imperio de la ley atacan directamente la democracia». Y añadía que «lo que divide empequeñece». No son palabras nuevas, ya que forman parte de la doctrina nacionalista española que los tres miembros del búnker, Partido Popular, Partido Socialista y Ciudadanos, repiten día tras día. Pero hay que detenerse ya que siempre hay algún alma de buena fe que se deja impresionar por la ampulosidad de la expresión ‘imperio de la ley’.
Para empezar, hay que decir a la señora Cospedal que el Proceso no ha olvidado que estamos sometidos a un imperio. Imperiecillo agónico, para ser más precisos, ya que, como decía el título español del remake de George Cukor de un clásico británico, el imperio castellano es luz que agoniza. Incluso el argumento del filme le conviene mucho, ya que habla de un individuo que pretende hacer creer a su mujer que está enferma y que se ha vuelto loca. Aquí hemos hablado a menudo de las frases de los miembros del búnker que definen la independencia de Cataluña como una enfermedad política. «Cataluña vive una enfermedad colectiva», han llegado a decir. Se entiende la maniobra, ¿verdad? Si querer la libertad es una locura, el que la quiere es un loco. Y dado que es loco, hay que tenerlo cautivo para salvarlo de su locura.
Lo que ataca directamente a la democracia, señora Cospedal, es el imperio español de la ley. Este imperio, como usted lo llama, constituye en sí mismo una vulneración de los principios democráticos y una violación de los derechos humanos. Negar la identidad de un pueblo, negarle incluso la condición de pueblo, amenazarle con la intervención armada, privarle del derecho a decidir y someterlo a la voluntad de un tercero no es una ley, es una agresión. Una agresión que todo demócrata tiene la obligación de rechazar por una simple cuestión de dignidad y porque no basta con ser demócrata, hay que defender también estos valores siempre que alguien, valiéndose de una posición de poder, pretenda violarlos. En otro caso se convierte en cómplice.
Cataluña, por tanto, no puede obedecer ninguna ley totalitaria por dos razones: la primera, por sentido común, porque constituiría un suicidio; y la segunda, por sentido moral, porque no puede reconocer la tiranía española. Sólo desobedece el que reconoce el poder de otro sobre él. El uso de la palabra ‘desobedecer’ ya implica aceptación de la propia subordinación. Se aducirá que, se use o no se use esta palabra, hay una realidad administrativa de dominación que se impone. Es cierto. Pero ninguna libertad administrativa es alcanzable sin la previa liberación mental del cautivo. La libertad, para entendernos, comienza dentro de uno mismo. No podemos cortar los barrotes exteriores sin haber roto primero los barrotes interiores. Nuestra manera de hablar refleja nuestra manera de pensar.
En cuanto a la frase «lo que divide empequeñece», digamos que es una burda manipulación retórica. La libertad no divide ni empequeñece. Lo que de verdad empequeñece es la falta de libertad. Empequeñece y destruye. La libertad es el derecho de toda persona o colectividad de asociarse (o no) con otras personas o colectividades. El concepto subyacente de ‘grandeza nacional’ que hay en la frase de Cospedal es absolutamente imperialista y viene a decirnos: «Vosotros solos no sois nadie, y sólo podéis ser algo como una pertenencia nuestra». La soberbia, desgraciadamente, impide que el españolismo se dé cuenta del profundo complejo de inferioridad que se esconde detrás de la creencia de que la grandeza de una colectividad nacional se mide por su dimensión territorial o demográfica. No es extraño, pues, que el Estado español intente desacreditar la libertad de Cataluña. No soporta la idea de saberse geográficamente más ‘pequeño’. Todo glorificador del tamaño físico se espanta ante el anuncio de su inminente pequeñez.
EL MÓN








