Hace dos o tres años, unos quince días antes de Navidad, quedé con unos amigos para cenar en un restaurante que hay en la calle Enric Granados, en el centro de Barcelona. Éramos cuatro personas, todos señores. Alguien acordó una reserva a las 10:30 de la noche. Salvo un servidor de ustedes, todo el mundo lo encontró normal, a pesar de que nadie tenía ninguna obligación laboral o familiar que justificara esa hora, en mi opinión intempestiva. Finalmente, dos de las personas convocadas llegaron media hora tarde, hacia las 11. Era un día de normal -creo que un jueves- y al día siguiente todo el mundo tenía tarea y levantarse antes de las 8. Cuando comenté que hubiéramos podido quedar a las ocho y media, por ejemplo, todos me miraron con una expresión perpleja: parecía como si acabara de decir un enorme disparate. Salió toda esta historia de la vida mediterránea, que tanta fortuna ha hecho a base de tópicos, anuncios y romances variados. Pero aquí de Mediterráneo y costumbres ancestrales nada de nada: lo que hay es una rémora que nos enganchó hace históricamente cuatro días.
A comienzos de la década de los 40, en plena posguerra, y debido a la pluriempleo de muchas personas, los horarios cotidianos experimentaron un cambio radical en las grandes ciudades (no, en cambio, en el campo). Había gente que terminaba el trabajo del primer empleo a la una o a las dos y comenzaba el segundo a las tres o las cuatro. No se trataba de cuatro gatos: en las ciudades más industrializadas esta anomalía pasó a ser la norma. Los restaurantes, obviamente, se adaptaron. Se tuvo que adaptar todo el mundo, de hecho: desde las familias hasta los programadores de la radio, pasando por los cines, etc. En pocos años, los horarios comenzaron a experimentar unas fluctuaciones manicomiales, que no tenían ni tienen nada que ver con los del resto de Europa. Y no hay que ir a Suecia o Finlandia: en Francia, o en la muy mediterránea Italia, o en Portugal, a las ocho ya está todo el mundo cenado (salvo los turistas españoles). Por lo tanto, nada de tradiciones de los países latinos y otras fantasías: pura roña heredada del franquismo.
La roña de otros tiempos no termina aquí, sin embargo. Hasta el año 1942 el huso horario español era el mismo que el portugués o el inglés. Para hacerle la rosca a Hitler, entre otras cosas, Franco cambió el huso horario natural por el del Tercer Reich. Una vez terminada la Segunda Guerra Mundial, el reloj continuó como estaba (por otras razones, los franceses hicieron lo mismo), y así seguimos. Si a todo esto añadimos el desfase en relación al horario solar real, o la martingala de adelantar o retrasar la hora dos veces al año (me encanta cuando se inventan la cantidad exacta de euros supuestamente ahorrados), el ‘jet lag’ perpetuo está asegurado. Ya falta poco para la ceremonia de la confusión bianual del reloj, y por eso he hecho este artículo; ¡quizás se lo repensarán!
Me gustaría resaltar que todo esto que cuento no es cuestión de gustos. Que a mí me guste cenar temprano y a usted tarde no tiene nada que ver con lo que estamos comentando. Se trata de conductas individuales, no de hábitos colectivos. Nuestros horarios son manifiestamente irracionales, y afectan desde la productividad hasta el disfrute del tiempo libre, pasando por la salud. Además, perjudican seriamente la conciliación laboral de las personas con hijos y, de manera especial, de las mujeres, y trastornan la vida de la gente que se dedica a la restauración y otras actividades similares. Hay un tipo de personal que se ha adaptado maravillosamente bien a esta anomalía. Encuentran normal comer a las cuatro y cenar a las once. Quizás es un prejuicio mío, pero la mayoría de los que disfrutan con estos parámetros horarios suelen ser impuntuales. Repito que quizá se trata de un prejuicio, sin embargo. Un grupo de personas y de instituciones, desde la Generalitat y el Parlamento de Cataluña hasta muchos ayuntamientos, han auspiciado una iniciativa que me parece simplemente urgente. Si la quieren conocer mejor, recuperen los artículos de Salvador Cardús o Fabian Mohedano que ha publicado el diario ARA sobre este proyecto, o vayan a reformahoraria.cat.
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