No es el tamaño, presidente Rajoy, lo que da fuerza a los estados, sino sus estructuras de poder: abiertas o cerradas. Si son abiertas al talento y al empuje de la sociedad, el Estado, sea grande o pequeño, irá para arriba; mientras que si son cerradas y rígidas, fracasará. El viernes pasado, los profesores Castiñeira y Lozano citaban un libro, ¿Por qué fracasan los países?, en el que se explica que las diferencias económicas entre los países son debidas, no a la geografía o a los recursos, sino a la mayor o menor libertad que la sociedad ha conquistado. Atención al verbo “conquistar”. La sociedad es libre si conquista la libertad; pero si la recibe como un regalo, es libre sólo en apariencia. Conquistando la libertad, una sociedad está en condiciones de desplegar sus recursos, de rentabilizar su talento, de impulsar toda su iniciativa.
En otro libro formidable, La gran degeneración (Debate, 2013), Niall Ferguson explica que la libertad debe ser real, es decir: repartida y fragmentada. Una sólida red civil debe contrapesar al poder institucional (político o económico). La sociedad civil tiene que mantener una tensión dialéctica vibrante y constante con el poder. Si esta confrontación no se produce, la degeneración es inevitable. De esta degeneración es ejemplo desolador la ruina de nuestras cajas: las élites extractivas (y aquí hay que colocar a políticos, patricios y sindicalistas) se han cargado un precioso instrumento que financiaba empresas, alimentaba el tejido social y promovía el desarrollo territorial. En las democracias en las que impera tan solo el poder político, la sociedad civil está domesticada. Y una sociedad civil domesticada sólo puede generar una economía frágil, con alas de gallina, necesitada de protección.
Si el poder es cerrado, estrangula. Si el poder está centralizado y es jerárquico pesa: aplasta a la sociedad. No la deja respirar, crecer, progresar. Por eso hablamos de élites extractivas: élites que no sólo chupan, como vampiros, la energía económica, sino que obturan todas las vías por las que circularían los contrapoderes. Las élites extractivas frenan la iniciativa civil. La quieren dependiente: subordinada.
Por consiguiente, es la manera de organizarse lo que explica que una sociedad sea próspera o débil, rica o pobre, dinámica o tullida. Estas son, según Ferguson, las causas históricas del retraso económico de muchos países: la anemia de la sociedad civil, la concentración del poder y las relaciones sociales basadas en vínculos personales o de origen (esto ocurre todavía en España, en Catalunya). La dinámica social y económica depende mucho más de la red de relaciones que del mérito.
Otras veces he usado la expresión democracia feudal para referirme a nuestras sociedades (la española y la catalana), en las que el poder político, con sus mil brazos de pulpo, interviene, determina y subordina la vida social. A cambio de su intromisión, el poder político ha repartido subvenciones, ha concedido concesiones, ha premiado con información privilegiada a sus fieles, ha impulsado obras públicas o las ha impedido, ha estimulado determinadas iniciativas mientras ha frenado otras, ha promovido una determinada red de trenes y carreteras, ha concedido recursos o los ha negado, ha confeccionado leyes, ha regalado a los más fieles prebendas y canonjías y ha alimentado bocas periodísticas para que propagaran la bondad de unas determinadas políticas y combatieran las rivales. Mientras se hacía esto, nuestro ascensor social se colapsaba.
Este orden de cosas está vestido o disfrazado de ideologismo. Un ideologismo de derechas o de izquierdas (o de carácter territorialmente emotivo) cada vez más vacío de contenido, pero también cada vez más estridente. Los medios colaboran: la estridencia ideológica, el tremendismo de las banderías políticas ha servido durante años para eclipsar el debate real sobre lo que nos está pasando. ¿Y qué nos está pasando? Que el mismo sistema feudalizante que nos ha hundido pretende ahora salvarnos. Es obvio que el mal no puede generar un bien. El sistema debe abrirse. La sociedad civil debe imperar sobre las instituciones políticas, y no al revés. Y este cambio sólo se producirá de abajo arriba; nunca al revés.
Se dice que el resultado de la tensión entre Catalunya y España contribuirá a desmontar el sistema. No estoy seguro. En la democracia feudal española imperan, cierto, unas élites muy asfixiantes, pero también en la catalana abundan. Lo más urgente es concentrar la atención en aquel capítulo de la transición que quedó pendiente: la revuelta de la sociedad civil. La independencia de la sociedad civil respecto de los dictados de la sociedad institucionalizada es primordial. Sólo la libertad conquistada es garantía de progreso. La libertad regalada era dulce, pero ha carcomido la dentadura de nuestra democracia.







