«El nacionalismo es una enfermedad infantil. Es el sarampión de la humanidad», dijo Einstein. Tengo dos objeciones a Einstein, e intentaré hacerle dos enmiendas.
Primero, el nacionalismo no tiene mucho que ver con la infancia de la humanidad, ya que apareció en una época relativamente reciente, es decir, en una época tardía desde el punto de vista de hoy. Apareció hace poco más de doscientos años en Europa, así que, si hay que relacionarlo metafóricamente con la edad, le procedería más la vejez, ya que su cuna, Europa, en aquellos tiempos se llamaba el Viejo Continente o el Viejo Mundo. Así que, si algo tiene el nacionalismo de enfermedad infantil, más bien debería asociarse con la fase infantil del Estado nación democrático. De hecho, el principio democrático de la soberanía del pueblo en el marco del Estado nación es inseparable, en su génesis, de la voluntad culturalmente homogeneizadora en Francia (y, por extensión, de su ‘Mission Civilisatrice’), por una parte, y, por otra, de la voluntad de creación de nuevos estados nación fuertemente identitarios al este del Rin y de los Alpes. Cabe mencionar también que la idea de que el pueblo es el portador de la soberanía nacional sustituye a la del monarca soberano por gracia divina, a la del doble cuerpo -cristianamente- del rey: de ahí el fervor casi religioso del nacionalismo, como heredero secularizado de la teología política premoderna.
Segundo, más que al sarampión, el nacionalismo como enfermedad se parece a las paperas: se pueden contraer o no, pero incluso en el caso de que se contraigan, se van sin dejar secuelas -siempre que suceda en una edad temprana-. Porque, de adulto, las paperas tienen consecuencias muy tristes, como por ejemplo la impotencia sexual. La misma cosa ocurre con el nacionalismo, pero con consecuencias mucho más nefastas: ateniéndonos a la misma área simbólica, en lugar de la impotencia sería algo como una propensión violadora. Esto se ha manifestado a lo largo de la historia moderna en varios estados que llevaban muchos decenios o incluso siglos de existencia. Además, hay una diferencia importante entre las paperas y el nacionalismo: en el caso de que se contraiga el nacionalismo en una edad política temprana, o en una fase pre-política, existe la posibilidad de que se repita o incluso que se vuelva endémico y que perdure hasta edades bien avanzadas.
Otra cita que luce a menudo como arma en contra del nacionalismo, y que se atribuye a Samuel Johnson, es: «El nacionalismo es el último refugio de los canallas». Es una atribución equivocada, ya que en los tiempos del Dr. Johnson nacionalismo aún no había aparecido. Él se refiere al patriotismo. Pero, ¿tiene razón? Depende. En cuanto al patriotismo constitucional habermasiano, claramente no. Si se trata de la posición homónima adoptada por el PP, es otra cosa: lleva el mismo nombre pero suena como si fuera una parodia burlesca. El PP, cuando quiere, convierte la Constitución en texto sagrado, es decir, intocable, y también cuando quiere se olvida de ello y acepta cambiarla como si nada. Un ejemplo del primer caso es el asunto de la consulta catalana y del Estado de las autonomías, y un ejemplo del segundo caso es el techo constitucional al déficit presupuestario. No se hace caso a las aspiraciones de una parte importante de la ciudadanía, y sí se hace lo que pide una persona que no es ciudadana de este país, en concreto la Sra. Merkel. Y ante el catalanismo, se manifiesta no pocas veces un nacionalismo rancio tan cegador que llega hasta, verbigracia, comparar el contexto catalán con el de la Crimea ocupada, donde, después del hecho consumado de una ocupación en toda regla por parte de una potencia extranjera, se escenifica un referéndum por iniciativa de unos títeres de esta potencia para legitimar el Anschluss. La fuerza militar como equivalente a la libre expresión de lo que quieren los ciudadanos: a ello llega esta comparación, y se hace en nombre de los principios constitucionales.
El patriotismo constitucional, o patriotismo cívico, como foco integrador alternativo a la parafernalia ideológica del nacionalismo, consiste en la lealtad al propio país en términos de compromiso por los derechos civiles y políticos del ciudadano, y como reivindicación de que sean garantizados por las leyes. ¿Demasiado poco visceral para movilizar pasiones y formar mayorías? Sí, efectivamente, y por eso la democracia cae a veces en otro tipo de discursos dirigidos al yo colectivo.
(*) Shehu, Bashkim
Biografía
Bashkim Shehu (Tirana, 1955) es uno de los narradores albaneses más reseñables del cambio de siglo por lo original de sus argumentos y por la madurez reposada de su prosa. Shehu se inicia en el relato y el guión cinematográfico antes de ser encarcelado en 1981 por el régimen totalitario albanés, tras la caída en desgracia y extraña muerte de su padre, Mehmet Shehu, que había sido jefe de gabinete de Enver Hoxha. Tras sufrir durante una década el horror dictatorial -Bashkim y otros miembros de su familia son confinados ocho años en prisión, su madre muere en la cárcel y uno de sus hermanos se ve impelido al suicidio-, Shehu consigue la libertad en 1991 y, a partir de ese momento, se entrega por completo a la literatura. Sobresalen entre sus obras las novelas El círculo, El banquete y Confesión junto a una tumba vacía. En Ídolos de humo recopila también buena parte de sus relatos. Su narrativa se ha traducido a un buen número de lenguas, como el francés, el italiano, el alemán, el húngaro, el español y el catalán. El escritor Bashkim Shehu vive en Barcelona desde la primavera de 1997, es representante en esta ciudad del Parlamento Internacional de Escritores, ejerce, además, de traductor y colabora en distintas actividades con el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona.
ARA








