La ANC ayer llamó a evitar que el rey de los españoles se paseara “con normalidad” por Montserrat. Y la frase elegida por la Asamblea ya incluía una verdad esencial sobre el comportamiento de los regímenes autoritarios: su obsesión patológica por la normalidad, entendida como la aceptación tácita de su poder.
La protesta, finalmente, obligó a alterar el protocolo previsto –el forastero tuvo que entrar a escondidas por la puerta trasera– y eso hace que esta acción de la Asamblea no pueda considerarse en modo alguno como una anécdota política más.
Los regímenes autoritarios –sean duras dictaduras o democracias iliberales– siempre han comprendido intuitivamente que el poder no se sustenta tan sólo en la fuerza que ejercen sobre la población, sino que sobre todo se hace fuerte en la naturalización de su presencia. La normalidad es siempre el mejor aliado del tirano: cuando una sociedad acepta como algo “normal” la presencia de una autoridad en los espacios más simbólicos, cuando asume como inevitable que participe en las celebraciones más íntimas, esta autoridad ha conseguido la mayor victoria y ha afianzado su poder de manera notable.
Ésta era, precisamente, la estrategia del Borbón: la búsqueda de una presencia discreta pero inequívoca, que pudiera ocurrir como algo natural e inevitable, normalísimo, indiscutible. La cosa no era suscitar ninguna adhesión entusiasta –que él ya sabe sobradamente que no puede suscitar–, sino algo más sutil y peligroso: demostrar que Cataluña está en una fase de aceptación resignada del régimen.
Así pues, la elección de Montserrat era de todo menos casual. Montserrat es uno de los símbolos más sagrados y queridos del catalanismo y representa un espacio único que ha protegido durante siglos la cultura, lengua y dignidad de los catalanes. Precisamente por eso, la presencia del monarca español en este espacio era un claro intento de colonización simbólica, de normalización de la presencia del poder español incluso en los reductos más íntimos de la identidad catalana.
Era una visita que no buscaba visibilidad pública, sino sobre todo legitimidad simbólica, la legitimidad que habría conseguido si hubiera podido subir tranquilamente a pie y hubiera sido recibido con todos los honores en la plaza, en la puerta principal del monasterio.
De ahí la enorme importancia de la protesta de la ANC, precisamente por la capacidad de interrumpir y hacer imposible el discurso de normalidad que el poder español pretendía erigir. Era muy importante no permitir que esta visita transcurriera sin fricciones, sin contradicciones, sin un recordatorio de la ilegitimidad de la monarquía española en Cataluña y más en concreto de este monarca actual.
Y sinceramente: si hay quien no entiende esto y pretende, dentro del catalanismo, hacer befa de la gente que allí acudió, ¿qué podemos hacer? No voy a ser yo quien pierda el tiempo, discutiéndolo, ahora. Este país ya está tan contaminado de odio y de rencor y tan decepcionado que incluso puedes permitirte hacer este tipo de befa y, al mismo tiempo, pasar por el más puro y patriota, tú que no has movido ni un dedo para impedir el gesto que el Borbón pretendía hacer.
Pero resulta que uno de los errores más comunes en el análisis político es precisamente desdeñar la eficacia de los gestos simbólicos. Y por eso ayer era tan importante que hubiera gente que plantara cara. Y por eso es necesario dar las gracias a la Asamblea. Los regímenes autoritarios no menosprecian nunca los gestos simbólicos: comprenden que la batalla por el sentido común, por la normalidad, se disputa en gran medida en el terreno simbólico. Y por eso emplean tantos recursos en el espectáculo del poder, en la solemnidad de los actos, en la pompa que rodea las apariciones públicas de los dirigentes. Y si ellos no menosprecian este terreno, ¿por qué caramba no deberíamos reaccionar nosotros?
Cuando el poder pretende aparentar normalidad, pero se encuentra obligado a mostrar el rostro menos amable –con una presencia desproporcionada de policías, medidas de seguridad excesivas, tensión palpable y ruptura de las normas protocolarias–, cuando ocurre todo esto y la normalidad se resquebraja, en esta fractura se hace visible la violencia que esconde la apariencia social de cotidianidad.
Por tanto, lo que ocurrió ayer en Montserrat debería servir para recordar a todo el mundo, para recordar al país, que la normalidad nunca es neutral. Que la normalidad es un terreno de lucha política, seguramente el más importante, en el que se dirimen cuestiones fundamentales sobre quién tiene el derecho de ocupar qué espacios, quién puede aparecer como legítimo y quién es excluido de la representación pública. Y que luchar para que no nos impongan su normalidad es y será siempre una batalla imprescindible, un combate a librar.
VILAWEB








