En tiempos de cambios radicales, lo más difícil es dejar de ver el mundo que llega según los marcos de pensamiento antiguos y comenzar a entenderlo según las trazas de lo que llega. Es por ello que el análisis del presente se ajusta mal a la clásica dicotomía derecha-izquierda, y en cambio se divide entre quienes ven amenazado el orden conocido, y los que confían en la promesa del orden que debe venir. Lo que para algunos es anuncio de calamidades, para los demás es esperanza de tiempos mejores. No me atrevo a decir quién tendrá razón. Si los nuevos tiempos no acabaran de llegar, habrán tenido razón los catastrofistas. Si la eclosión del nuevo mundo se confirma, ganaremos los que apostamos sin miedo.
Esto se aplica a todos los órdenes de cosas. Sirve para hablar de los cambios económicos. Las mismas cifras macroeconómicas, consideradas como manifestación del ciclo antiguo, hacen temblar. Vistas desde el punto de vista del ciclo nuevo, tranquilizan. Lo que es un mal final para las expectativas en que habíamos vivido, es un indicio razonable en la construcción de lo que viviremos. Apliquémoslo, por ejemplo, a la austeridad como virtud económica. Sólo en un par de años, para nuestro propio gobierno, ha pasado de objetivo necesario a riesgo no asumible. ¿Es que han cambiado de opinión? Yo diría que, más bien, el primer gobierno Mas analizaba el presente hace dos años y medio desde la perspectiva del pasado de donde se venía. Ahora, en cambio, lo observa desde la perspectiva del futuro que está por llegar. Y seguro que no es lo mismo pensar Cataluña dentro de la España de siempre que imaginar un futuro emancipado.
El mismo razonamiento sirve para hacer pronósticos sobre la cohesión social de los catalanes. En la perspectiva antigua, la que se aferra al modelo político que al cabo de treinta años ha fracasado a la hora de intentar borrar las divisiones sociales creadas por el brutal proceso migratorio de hace sesenta años, se acerca el apocalipsis. En cambio, según la otra perspectiva, sólo la revalidación que hace la independencia de una nueva promesa de prosperidad y justicia social será capaz de superar definitivamente lo que el modelo anterior dejó a medias. O, si se quiere, apliquemos esto al futuro del periodismo. Para algunos, se está acabando, si no ha muerto, el buen periodismo. Y, efectivamente, hay un mundo periodístico que se despide, inventándose un pasado de calidad e independencia que nunca existió. Pero, desde el otro punto de vista, la confusión actual creada por la crisis de un modelo ahora insostenible y los balbuceos de unas formas que aún no han cristalizado del todo, son el anuncio de una nueva era informativa que, no tengo ninguna duda, se sabrá ajustar a las nuevas demandas sociales y políticas.
Y utilice, por favor, este esquema para entender por qué se analizan de manera tan diferente los datos de una encuesta. Los que piensan que el orden político que nos ha llevado hasta aquí debe perdurar más allá de la independencia de Cataluña, se estremecen ante la incertidumbre del nuevo modelo y, miedosos como son, proponen renunciar a toda ambición nacional. Pero para los que damos por hecho que el sistema de partidos en la Cataluña futura no tendrá nada que ver con el de ahora, la actual descomposición de los equilibrios pasados se convierte en una noticia más a favor nuestro. Estos días he oído decir que CDC, por culpa de Artur Mas, acabará como la UCD. No es eso. Lo que pasa es que los instrumentos políticos de la reconstrucción nacional, CDC, ERC, CUP y todos los que participen, darán paso a un nuevo mapa, propio de un país que se quitado de encima la tortura de tener que pensar sobre dos ejes cada vez que iba a votar. Es necesario que el grano de trigo muera para hacer una nueva espiga.







