Más sobre la Inquisición. Libros prohibidos

Cuando tengo algo de tiempo libre y consigo sumergirme en las profundidades de la red internauta las conclusiones a las que llego se repiten cíclicamente. Me maravillo de lo que hay por los agujeros de gusano de la información, de tantas y tantas posibilidades que se abren a quienes disfrutamos investigando y aprendiendo de cualquier detalle que incita y prende la curiosidad. El último fisgoneo, alentado por el descubrimiento que un tal Martínez de Bujanda, de Canadá, era uno de los máximos expertos en la materia, ha sido el del “Index Librorum Prohibitorum” o lo que es lo mismo, esa lista de libros de lectura prohibida que la Iglesia Católica ha impuesto desde el año 1559 hasta hace, como quien dice, dos días.

La Iglesia católica, ejerciendo ese papel de padre de todos los sapiens, impidió, con todos sus medios, la difusión de la cultura y, en esa medida, llegó a prohibir libros, ejecutar escritores y ahorcar a impresores. Entre los libros prohibidos que aparecen en ese índice, encontré un tal Arcellus del siglo XVI que me alteró el sueño y me embargó en el nerviosismo propio de un adolescente que acaba de hacer el descubrimiento de su vida. El apellido, vasco sin duda, inducía a pensar la existencia de un contemporáneo de Bernart Etxepare y quien sabe si de un libro en euskara anterior al “Linguae Vasconum Primitiae”. Durante varias semanas traté con discreción el tema y llamé a varias puertas de colegas y sabios de la literatura. La sorpresa era mayúscula hasta que un día alguien me sugirió la verdad: al nombre se le había caído la “m”. No era Arcellus sino Marcellus. Las cosas son, por lo general, muy simples.

En cambio, descubrí que Miguel Avendaño, jesuita y natural de Idiazabal, había escrito un devocionario para los fieles cristianos con un nombre un tanto redondo: “De Divina Scientia et Predestinatione”, impresa en Donostia en 1674. Confirmé el dato, que resultó cierto, y desmontó la afirmación de Juan Allende Salazar quien afirmó que el primer libro impreso en la capital guipuzcoana era de un año después y correspondía a la edición de un libro del portugués Antonio Mariz Carneiro. Así pues, los guipuzcoanos tienen el orgullo de haber tenido profetas en su propia tierra.

A pesar de ser un libro religioso en línea con la crónica oficial, “De la Divina Ciencia y Predestinación” fue prohibido por la Inquisición once años después de su edición. La razón no fue, ni mucho menos, relacionada con cuestiones ideológicas sino mucho más materiales. Avendaño había sostenido hasta su muerte acaecida en 1684, que los bienes de los obispos a su fallecimiento debían ser repartidos entre los pobres, mientras que el Nuncio de Su Santidad los reclamaba para la Cámara Apostólica. Avendaño fue detenido y recluido por sus posiciones a favor de los pobres. Fue encerrado en una celda del Convento de los Mercedarios Calzados de Madrid en calidad de prisionero. En unas condiciones lamentables, Avendaño enfermó y murió seis meses más tarde. Al año siguiente su libro fue prohibido hasta que en 1966, hace apenas unos días, como apuntaba al prinicipio, la Iglesia Católica decidió olvidarse del Index después de condenar a Moravia y Sartre. Poco antes, en 1948, el Index lo componían 4.000 títulos, entre ellos el del inofensivo Avendaño.