Manifiesto por una cultura incómoda

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Del compromiso de los autores a la responsabilidad de los lectores. De la cultura como un objeto de consumo, uniformizador y seriado, a su empleo como instrumento de creación de consenso. De la ruptura del vínculo de la cultura con la comunicación y la educación a su unión actual con el ocio y el espectáculo. Con No tan incendiario, ensayo breve que recopila diversos textos, Marta Sanz dispara interrogantes en todas las direcciones para provocar el debate sobre la cultura que queremos.

Frente a una cultura entendida como un bálsamo, “que no admite que nadie nos importune ni saque de nuestras casillas”, Sanz apuesta por una cultura que moleste. Y también por una vuelta a lo real que recupere la cultura como una herramienta crítica para pensar y actuar de otra manera. Como la autora avisa en el prólogo, este libro aspira a manchar de tinta de tinta las manos que lo agarren.

A continuación una selección de fragmentos destacados con el propósito de invitar a la lectura de este ensayo combativo:


Toda la cultura implica un posicionamiento ideológico

La cultura es una cristalización de la ideología. De la dominante, de la hegemónica que no se siente como tal ideología, pero como ectoplasma que nos atormenta cada noche nos provoca malos sueños y nos sube la fiebre […]. La cultura es la cristalización de una presencia fantasmagórica y también puede serlo de otros proyectos ideológicos y políticos, que no se ponen por encima sábanas blancas ni atraviesan muros y paredes pero que tienen capacidad para iluminar facetas «poco lustrosas» de lo real.

La cultura como artefacto ideológico, conforma la visión del mundo y el espacio sentimental de los seres humanos que, interactivamente, se convierten en productores de cultura. Las formas culturales con apariencia de neutralidad son las que entrañan mayor peligro […]. La cultura deja un poso que nos mueve a unos procedimientos determinados de acción. O de inacción.


Cultura popular

La cultura popular es aquella capaz de reflejar problemáticas que afectan a las comunidades, las hacen visibles entre las interferencias del escritor y consiguen que un mensaje sea escuchado entre la maraña de mensajes. La cultura popular no es la cultura «fácil». Se trata de encontrar un punto intermedio entre el elitismo y lo populachero, lo cómodo, lo reconocible, lo que resulta confortable y reconfortante en lugar de inquietante y transformador.

No se puede confundir la cultura popular con la cultura más vendida, con la que se consume más o tiene más aceptación. La cultura popular no es lo mismo que la cultura de masas. Asumir eso sería asumir la validez de una economía de mercado donde los conceptos de calidad y de cantidad se solapan y, demagógicamente, el cliente lector siempre tiene la razón porque el que paga, manda.


Cultura espectáculo

La cultura no es sólo un espectáculo lúdico para ocupar los momentos de ocio […]. Lo que quiero decir, a fin de cuentas, es que la cultura no es -o sí, pero no debería- sólo un espectáculo, aunque, precisamente, en las épocas de crisis la cultura de entretenimiento y la cultura espectacular se utilicen como respiradero para aliviar las tensiones que produce una acrecentada alienación cotidiana.

La urgencia de complacer al mercado limita la capacidad de asunción de riesgos -no necesariamente económicos-, de observación, de reflexión, el sentido crítico, los intentos de desvelar una realidad angustiosa, de visibilizar los traumas de una normalidad a veces terrorífica…


Cultura mediática

La posesión, por parte de las grandes multinacionales de la cultura de los medios de comunicación mayoritarios es un potente mecanismo de generación de opinión y de gusto: se legitima como cultura lo que se publicita como tal […]. Llamamos cultura lo que reconocemos como cultura y, para que el reconocimiento sea posible, debe existir un conocimiento previo que se construye, rápida e inexorablemente, con los ladrillos aportados por los medios de comunicación.


Cultura de izquierda

Las luchas culturales de la izquierda no pueden circunscribirse únicamente a los conceptos de memoria, república y solidaridad con los pueblos – «temas estelares», que reciben los vítores en los mítines-. Nuestras propuestas culturales pasan por pensar en el ahora y en el aquí, por ver la viga en el ojo propio, por reconocer el peso y el volumen de nuestras alienaciones cotidianas […].

A veces da la sensación de que la cultura de la izquierda habla de cosas que, afectándonos desde un punto de vista sentimental, son en realidad las que menos nos afectan. De lo que más miedo nos da hablar es de nuestra vida y de nuestra experiencia cotidiana […].

Ahora los artistas buscan complacer al público y, más perversamente todavía, los artistas de izquierda buscan complacer al público de izquierda. Son su grupo meta, su target. Todo el mundo necesita un público: no un interlocutor, no un receptor activo.


Una propuesta

Propongo escribir textos que duelan. Frente a las visiones edulcoradas de la realidad, toda la literatura tendría que doler y alejarse de esas bonitas perspectivas irónicas que no son más que un tupido velo para tomar distancia y para separar «inteligentemente» los labios sin causar muchas molestias practicando el ejercicio de la corrección política.