Donald Trump ya tiene lo que quería. Hacía tiempo que amenazaba a Maduro, que le imputaba delitos de narcotráfico y al que había convertido en uno de los ogros de su particular cruzada política. Es difícil saber hasta qué punto tiene razón en sus acusaciones. Evidentemente, el mandatario venezolano no sería un presidente de pulcritud escandinava. También resulta evidente que los métodos de Washington para secuestrarlo no han sido limpios. De hecho, han constituido una violación en toda regla de las normas de derecho internacional. Las docenas de personas que han fallecido en la incursión, por mucho que sean militares o asesores cubanos, son víctimas de asesinato de estado. La majadería de Trump resulta inaceptable a todas luces, y establece un precedente muy peligroso a la hora de planificar y justificar cualquier intervención prepotente en el mundo por parte de quienes tienen la fuerza para hacerlo.
Todo esto me parece flagrante, y por tanto veo las condenas y descalificaciones como necesarias. Ya sé que no se trata de la primera vez que EEUU hace de gendarme y de ‘bully’ planetario, ni será la última. Pero pienso que es necesario denunciarlo y, si fuera factible, emprender acciones contra Trump en las más altas instancias de justicia internacional. Dicho esto, sería bueno volver la mirada hacia Venezuela y tratar de entender lo que ha pasado, por qué y cómo los hechos apuntan hacia uno u otro escenario de futuro. ¿Qué pasará con el país? ¿La salida de Maduro presenta una oportunidad para mejorar la situación social y económica? ¿Llevará caos y devastación? ¿Quién se hará con el liderazgo de esta nación que durante tantos años ha contado con sistemas pretendidamente revolucionarios y militaristas?
Lo primero que hay que entender es que si Trump se comporta de forma inteligente -presunción por demostrar-, apostará por una transición hacia un régimen títere y más o menos democrático. Otro hecho meridianamente claro es que el presidente estadounidense no apuesta de entrada por María Corina Machado y su movimiento; simplemente se limita a anunciar que la señora podría presentarse a unas elecciones y ganarlas (como cualquier otro candidato, de hecho). Hubiera resultado muy fácil acompañar a Machado, equipada con un premio Nobel, una granítica doctrina conservadora y muchos años de persecución política desde la oposición, e instalarla en el palacio presidencial. Quizás esto habría generado un conflicto civil en el país, quizá el ejército y la administración actual habrían reaccionado, no lo sabemos. Lo que sí sabemos es que rara vez una candidata tenía tantas credenciales, y Trump la ha desestimado. Quizás el líder republicano aún no se ha quitado la espina por el premio de la paz que quería para sí mismo. Todo puede ser.
Por otra parte, nos consta que los grupos especiales del ejército estadounidense han gozado de ayudas en Caracas. Alguien, o probablemente algunos, les han suministrado información esencial para llevar a cabo una injerencia con tanta precisión y garantizar su éxito. Esto significa que el régimen tenía topos, y que los tenía muy cerca de Nicolás Maduro. Las grietas en el bunker chavista existían, y es gracias a ellas como EEUU ha salido adelante. ¿Es muy alocado sospechar que los estadounidenses se estaban relacionando desde hacía tiempo con gente de peso dentro del poder bolivariano? Hacía meses, sino algún año, que el enviado Richard Grenell intentaba negociar una salida pactada a la crisis con miembros destacados del gobierno venezolano. Con el visto bueno de Maduro. No es ningún secreto, pues, que ha habido conversaciones, que el régimen tenía canales de diálogo abiertos, y que ahora mismo los teléfonos rojos deben estar vivos.
Temir Porras, un político que había sido mano derecha de Maduro hasta hace diez años, ha declarado justo después del secuestro de su antiguo jefe que “el futuro de Venezuela está en manos de quienes ejercen el poder sobre el terreno, y de Estados Unidos, con los que deben ponerse de acuerdo para garantizar la estabilidad”. El propio Porras recalcó que la oposición de Machado no pinta nada, ni tampoco Nicolás Maduro, que está encerrado fuera del país y a la espera de juicio. El hombre ha asegurado de forma significativa que la legitimidad o no de Maduro es ahora una cuestión irrelevante, dado que el presidente ya no está allí. Da toda la sensación de que en el país latinoamericano existe una opción madura, surgida del chavismo, que en los últimos años podía formar parte de un ala crítica interna, y que ahora se ve capacitada para tomar el relevo.
En este sentido, es muy interesante el papel de la vicepresidenta Delcy Rodríguez, ahora ya flamante presidenta. No ha intentado encender los ánimos, ni mover al ejército a ocupar posiciones claves… ni siquiera ha exigido la retirada de los contingentes de EEUU. Desde el primer momento ha hecho llamamientos muy prudentes, como pedir pruebas de vida de Maduro y su esposa, una preocupación más propia de una organización humanitaria que de la número dos del régimen bolivariano. Sus fórmulas verbales han combinado un mensaje de fidelidad al socialismo y a la revolución, de la que tiene un carnet de militante impecable; no ha sido necesario recordar que en sus años jóvenes, perdió al padre que fue liquidado por revolucionario. Pero se ha mostrado a la vez dialogante, instando a Trump a construir una relación respetuosa.
¿Respetuosa? ¿Después de que unos comandos armados hayan violado tu soberanía y te hayan secuestrado al presidente? Aquí hay algo que no conocemos del todo bien. ¿Por qué los grupos paramilitares de Maduro están callados? ¿Cómo es que la acción más decidida de la actual presidenta sea formar una comisión para el regreso de su exjefe? ¿Una comisión? Llámenme desconfiado, pero si recordamos que Delcy Rodríguez fue la principal interlocutora del enviado de EEUU, y fue la que llevó el peso de las conversaciones, es obvio que ha habido canales de comunicación inmejorables con el entorno de Trump -desde hace tiempo. Y, por tanto, al menos durante una fase de transición, ella aparece como la apuesta ganadora. ¿Cuánto tiempo hacía que se cocinaba la agenda actual? No lo sabemos, pero sí podemos entender, aunque sea a posteriori, que cuando se ha caído Maduro es porque la cosa ya estaba suficientemente madura.
El MÓN







