El problema último de Cataluña no es la composición de la sociedad sino quien tiene el poder y quien no
El pasado día critiqué que una parte del independentismo, por efecto contagio de Aliança, haya puesto el factor demográfico en el corazón de su discurso político. Aquí quisiera responder a unas cuantas críticas que recibió el artículo. La aclaración más elemental, por más que parezca evidente, es que ni pienso ni dije que la demografía deba tenerse en cuenta en los análisis o en la definición de las políticas públicas, ni que no se pueda discutir. Sería absurdo. Sólo un ciego negaría que la inmigración tiene mucho impacto o que es necesario tener en cuenta la demografía para hablar de las pensiones. Lo que digo es que la demografía no puede ser el eje sobre el que giren el discurso, las emociones y la propuesta, porque el problema último de Cataluña, en mi opinión, no es la composición de la sociedad sino quien tiene el poder.
Esta tesis no es fruto de tabú alguno sobre la cuestión demográfica, ni de que un grupo de cándidos atemorizados quieran mantenerlo para no hacerse daño. La razón de exponerla es que, tras la derrota, el debate sobre el objetivo del independentismo está abierto. Hay quien cree que con la correlación de fuerzas del proceso era posible disputar el poder al Estado español, por más errática que fuera la estrategia, pero que ahora, en fase de repliegue, sin una clase dirigente digna y sin una cultura política sólida, debemos centrarnos en la supervivencia de la nación por si alguna vez queremos volver a estar en condiciones de disputar nada. Según los partidarios de esta visión, la cuestión más urgente es cómo reequilibramos el peso de la inmigración en Cataluña. La discrepancia es esa. No si la demografía es importante.
Puedo entender las razones de quienes creen que la supervivencia ha adquirido rango de prioridad. No me parecen lunáticos ni radicales. El propio govern del president Salvador Illa reconoce en el diagnóstico del Pacto Nacional por la Lengua (1) –un texto magnífico , todo sea dicho, que debería leer todo el mundo– que la excepcionalidad catalana es indiscutible. El uso habitual del catalán es inferior al 33% por primera vez, la población nacida en el extranjero ha crecido un 184% desde 2003 y la hostilidad españolista y las dinámicas de minorización dificultan el aprendizaje de la lengua. Todos estos elementos nos sitúan en una posición casi única en Europa. Ahora: me parece un error pensar que saldremos adelante con ingeniería demográfica y no con la lucha política y el cambio cultural.
Es verdad: la particularidad catalana requiere una mirada política específica, pragmática y la progresía española hace presión para negarla. Existe un intento de estigmatizar cualquier reflexión que el independentismo haga sobre la demografía. Hay un hábito frívolo de comparar Cataluña con cualquier Estado poderoso, como si la conversación sobre inmigración pudiera producirse aquí en los mismos términos. Pero la trampa de esa progresía española se ha convertido hoy en un hombre de paja que sirve de escudo a una parte del independentismo para justificar el endurecimiento de sus posiciones migratorias. Hay un independentismo de soñadores que, sin atreverse a decirlo, cree que si Cataluña ayuda al Estado español a cerrar el grifo de los flujos migratorios –como si fuera un grifo– no tendremos tantos quebraderos de cabeza. Y se equivoca, porque la naturaleza de los quebraderos de cabeza que tenemos no cambiará con algo menos de inmigración.
Quizás el ejemplo más iluminador de todos sea la crisis ferroviaria, que perjudica igualmente a trabajadores autóctonos y trabajadores inmigrantes, porque en este caso quienes recurren a la excusa demografista no son los independentistas, sino el PSC. Los problemas de Cercanías no pueden ser más claros. España, mediante RENFE y de ADIF, lleva décadas controlando la red de trenes de Cataluña, y la ha tenido cautiva de la política radial, fanáticamente centralista. La han infrafinanciado, no han ejecutado la inversión prometida, la han subordinada a la gran velocidad para los pueblecitos desérticos de la Meseta, e incluso ahora que se cae a pedazos se afanan por retener a la nueva empresa dentro de RENFE y no perder su mando. ¿Y qué dice la consejera Silvia Paneque, cada vez que tiene la ocasión? Que tenemos un servicio pensado para seis millones y que somos ocho.
No es mentira lo que dice Paneque, y la Generalitat es en parte responsable por dejadez y falta de planificación. Pero cualquier usuario de Cercanías ha podido darse cuenta de que el problema no es el crecimiento de población, sino la precariedad de las infraestructuras que ADIF ha dejado pudrirse, o las líneas que los ministros españoles, también socialistas, no han querido desdoblar, y que impiden aumentar la frecuencia. En Cercanías, como en casi todo, la variable demográfica es un recurso a disposición de todos para poner excusas, porque enmascara los problemas políticos que no quieren atenderse. En Cataluña, los más beneficiados por esta máscara son los partidos que no quieren que los antagonistas de ninguna disputa sean España o poder económico.
Todos los estados son violentos con la inmigración, todos los estados son excluyentes por naturaleza y la izquierda española es profundamente cínica porque gobierna con el PSOE a pesar de la matanza de Melilla. ¿Y qué? Cataluña no es un Estado, y la idea de que tenemos derecho a actuar como si lo fuéramos, y que por tanto debemos ser más duros con la inmigración, es fantasiosa y contraproducente. Entre otras razones, porque parte del españolismo trabaja para que buena parte de los inmigrantes rechacen la catalanidad de entrada. La posición de apertura que ha tenido históricamente el catalanismo no es consecuencia de una mentalidad ‘naíf’, sino del hecho de que, al no poder integrarse a la fuerza, hemos tenido que encontrar otros métodos para hacerlo. Y esto no ha cambiado, aunque la forma en que Europa habla hoy de inmigración haga crecer el deseo de hacerlo tan desacomplejadamente como lo hacen los estados.
El independentismo demografista se disfraza de realista y desacomplejado, como si finalmente hubiera perdido el miedo a hablar de lo que hablan los mayores, pero, en el fondo, da por perdida la batalla. Es más fácil dejarlo ir: renunciar al proyecto de ser un solo pueblo algún día y reconocerse como una minoría nacional, irreversiblemente arrinconada en su casa, y así complacerse en hacer más fuertes y severas las posiciones individuales. El independentismo aspiraba a impulsar una lucha sobre el poder y eso implica la posibilidad de tomarlo, o de perderlo, y el demografismo parece que, cansado de no tenerlo, y de las consecuencias de no tenerlo, aspire a encontrar un nuevo problema, no tan frustrante, con unos culpables más débiles. Es un error.
(1) https://imatges.vilaweb.cat/nacional/wp-content/uploads/2025/05/PNL-1.pdf
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