¿Cómo hacer frente a la complejidad cada vez más grande del mundo que nos rodea? ¿Cómo encontrar, en la avalancha de información que siempre amenaza naufragio, las claves que pueden ayudarnos a hacer comprensibles los acontecimientos heterogéneos y a menudo contradictorios del tiempo en que vivimos? ¿Cómo vincular el presente, con la novedad que siempre aporta su irrupción, con el pasado del que deberíamos extraer lecciones memorables y que, por tanto, no deberíamos olvidar? ¿Cómo evitar la simplificación y preservar el matiz, ¿cómo protegerse de los eslóganes, de las opiniones exprés ya empaquetadas por los profesionales del estereotipo?
Walter Benjamin fue el primero en adivinar que el pasado se parece a «una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina», sugiriendo, con esta imagen poderosa, que los acontecimientos del pasado y del presente no son una cadena ordenada y racional de datos, sino más bien un cúmulo caótico en espera de ser leído. Y también fue el primero en llamar la atención en lo que llamaba «los desechos de la historia», los materiales marginales y a menudo despreciados por su aparente irrelevancia, que sin embargo podían contener destilaciones cristalizadas de episodios anónimos y, aún así, altamente significativos de su época, como una fulguración. Con ello puso las bases de lo que después llamaríamos microhistoria: relatos que permiten «levantar grandes construcciones con los elementos constructivos más pequeños, confeccionados con un perfil limpio y cortante». Una actitud que permitiría «descubrir entonces, en el análisis del pequeño momento singular, el cristal del devenir total».
Desde que descubrió fascinado, en el Museo de las Termas de Cluny en París, dos granos de trigo minúsculos, en los que alguien había inscrito, íntegra, la oración ‘Shema Israel’, se acostumbró a coleccionar estos momentos vividos que llevaban con ellos el testimonio de una convicción o el rastro de un terremoto de época. Así, se entretuvo en buscar de cuántos adoquines fue hecha una barricada estratégica de la Comuna de París, para descubrir la fuerza de la resistencia a los planes policiales del nuevo urbanismo de Haussmann que estaba marcando, con sangre y pólvora, el trazado de la ciudad moderna que aún habitamos. O a rastrear en los matasellos, cuando revisaba legajos de correspondencia vieja, historias que aspiraban en silencio a la revancha por los largos días de sufrimiento. Así encontró trozos de historia cargados de elocuencia, como aquel testigo, de la Revolución de Julio de 1830, que hablaba de cómo, al atardecer del primer día de lucha, en diversos lugares de París, de manera sorprendentemente independiente y simultánea, los rebeldes dispararon contra los relojes de las torres.
El escritor Ferdinando Camon, en el maravilloso relato ‘Un altar para la madre’ (Minúscula), describió, en un aldeano apenas conocido por sus vecinos, un gesto tan grandioso como la actitud de historiador que reclamaba Benjamin: «Mi padre siempre lo quiere saber todo. Por la calle recoge los trozos de papel que encuentra y se los lleva a casa. Si están mojados los seca en el hogar, los plancha con la palma de la mano y los lee uno tras otro. Todos le interesan: recortes de periódico, cartas tiradas, cuentas de gastos. Con dos palabras es capaz de reconstruir una noticia, a partir de una ilustración imagina la trama de una película, sabe de quién puede ser una cuenta de gastos».
Así deberíamos avanzar: a tientas, entre fragmentos de ruinas y testigos descartados, pero con la convicción de que la luz más fulgurante y esclarecedora menudo puede resplandecer allí donde menos esperaríamos encontrarla.
ARA








