Hace apenas un año, y parece que hace un siglo, o que pertenece a una historia olvidada y remota. Era cuando el coronel Gadafi, señor personal de Tripolitania y Cirenaica, dueño del desierto y de sus lagos subterráneos de petróleo y de agua fósil, se permitía el lujo (como yo recordaba aquí mismo en septiembre de 2010), de presentarse en cualquier capital europea con todo el séquito suntuoso de rey tribal y de monarca árabe y africano. Poco antes, en una ceremonia bárbara y grotesca, se había proclamado rey de reyes de África, con profusión de subsidios y de petrodólares a los jefes de los estados del continente y los dirigentes de la Unión Africana. Y con desfiles folclóricos y paradas militares, en honor propio y presididas por él mismo vestido de uniforme de opereta vienesa, cubierto de galones dorados y medallas relucientes, y acompañado, entre otros más, por su amigo y admirador el teniente coronel Hugo Chávez, y por el ministro Miguel Ángel Moratinos (único entre sus colegas europeos, si no me falla la memoria), insigne cerebro de la diplomacia española, inventor de la Alianza nonata de Civilizaciones Occidentales y Orientales. Hace un año, pues, el coronel, llegaba a la ciudad de Roma, madre real o simbólica de esta civilización nuestra, rodeado de su batallón de guerreras armadas, poco islámicas de indumentaria, instalaba la tienda real no recuerdo en qué jardines históricos, recibía los cumplidos y los abrazos de su gran amigo el caballero Silvio Berlusconi, y empezaba la función. Treinta caballos llegaron también en avión especial, el gobierno italiano le ofreció una cena de homenaje con 800 invitados, y después el coronel alquilar -discretamente pagadas y más discretamente vestidas- 500 señoritas de físico atractivo, para dedicarles una lección magistral sobre el islam, el Corán y las maravillas de Libia. Demostró, textos en mano, que, vista la preeminencia de Mahoma sobre Jesucristo, Europa debería convertirse rápidamente al islam. De momento, tres de las asistentes alquiladas dijeron que de acuerdo, y se convirtieron al instante y se pusieron un velo. Yo escribí entonces que el espectáculo del coronel en Roma, con la acogida, los abrazos y las genuflexiones, quién sabe si no era una muestra de lo que se suele decir «la decadencia de occidente», nuestra propia miseria, la humillación ante el poder del petróleo, el obsequio permanente a autócratas a condición de que tengan cofres llenos de dólares.
Nadie esperaba, obviamente, que pocos meses más tarde en el país ejemplar del coronel comenzarían a pasar las cosas que han pasado: ni una revuelta popular, ni los miles de jóvenes desordenados y armados, ni el apoyo militar europeo, ni la entrada en Trípoli y lo que aún vendrá. No lo esperaba Berlusconi, que (a diferencia de Cameron y de Sarkozy) tardó demasiado tiempo en mostrar ningún apoyo a los rebeldes, y sobre todo no lo esperaban los amigos y colegas más sólidos de Gadafi, empezando por buena parte de líderes africanos, receptores de regalos abundantes, de dinero, de ayuda militar y de subsidios que les permitían simplemente ir tirando e incluso llegar a fin de mes y pagar los soldados y los funcionarios. Al menos, sin embargo, estos líderes africanos han tenido la discreción de callar, incluyendo aquellos que, como los de Sudáfrica, recordaban viejas imágenes heroicas del anticolonialismo. Ni que decir (bueno, sí hay que decirlo) que entre los mejores amigos africanos del coronel estaba Charles Taylor (juzgado por crímenes horribles en La Haya), Obiang de Guinea Ecuatorial, o Robert Mugabe de Zimbabwe, entre otros ejemplos de líderes democráticos y preocupados por el progreso de sus pueblos. Ni que decir tampoco que, al otro lado del Atlántico, el comandante Hugo Chávez, su maestro y comandante supremo Fidel Castro, y su acólito (alquilado y bien pagado) Ortega de Nicaragua no se han cansado de proclamar, hasta el último momento (cuando escribo esto parece que ya han cerrado la boca), que Gadafi es un líder ejemplar y revolucionario y que sus enemigos son agentes del capitalismo, que se trata de una «guerra fascista», y que todo es un complot de los imperialistas. Tal cual, literalmente. Mis reflexiones y conclusiones sobre estas amistades y amores, las pueden adivinar ustedes mismos.








