La cruzada albigense del siglo XII instrumentada con el objetivo de destruir los vínculos que unían Occitania con las entidades políticas peninsulares y someterla al poder de Francia se saldó con una tragedia de grandes dimensiones que provocó una gran mortandad y el primer gran éxodo documentado de población occitana. Los agotes, trabajadores artesanos del ramo de la construcción que emigraron a los territorios del reino de Navarra, se convierten en el primer testigo histórico de la diáspora occitana.
La larga cruzada albigense encendió en llamas y redujo a cenizas los territorios del Languedoc y de la Provenza. La riqueza agro-ganadera, el potente aparato gremial y la dinámica actividad comercial quedaron seriamente comprometidas. Y la capacidad demográfica del territorio -que había sido la fuerza del país- se volvió en contra, pasó de ser un activo que garantizaba el crecimiento económico a ser un pasivo que alimentaba la espiral de la miseria. En este contexto aparece un corpus social que había tenido un protagonismo destacado en el mundo gremial urbano y en el desarrollo económico y social de las ciudades de Occitania: los carpinteros, los herreros, los canteros y los maestros de casas.
Simultáneamente, los territorios del reino de Navarra vivían un periodo de gran actividad constructiva. La expansión militar de su oligarquía feudal hacia el valle del Ebro, el vigor económico del camino de Santiago, y la fuerza renovada del estamento eclesiástico a través de las nuevas órdenes monásticas, crearon una conjunción de elementos que convirtieron Navarra en un gran escenario dominado por la fiebre constructiva. Nuevos recintos fortificados, nuevas infraestructuras viarias, nuevos templos religiosos; marcan una etapa decisiva en la historia de Navarra, y de su proceso de consolidación como entidad política propia.
La fuerte demanda de mano de obra motivada por la fiebre constructiva animó a muchos carpinteros, herreros, canteros y maestros de casas a abandonar la Occitania en ocasiones empobrecida y en otros devastada y emprender la aventura navarra. Los pueblos y las villas de la baja Navarra, de Labort, y de Gipuzkoa se llenaron de occitanos que llegaron con sus familias. La documentación coetánea no menciona cifras pero, en cambio, nos detalla los conflictos urbanos que degeneraron en un estado permanente de violencia entre las diversas comunidades culturales -una de las cuales era la occitana- y que condicionaron la vida cotidiana de Pamplona durante los siglos XII y XIII.
La leyenda negra
Durante siglos, el origen de la comunidad agote fue un misterio que generó una leyenda negra cargada de prejuicios:
• Se presuponía que eran descendientes de apestados (sobre todo de la lepra) que habían creado grupos familiares y comunidades relativamente importantes en el ámbito físico de los espacios recluidos destinados a albergar la población enferma.
• Se presuponía que eran descendientes de ladrones, violadores, saqueadores y asesinos que se habían refugiado en los campos de apestados huyendo de la acción de la justicia; y que estando allí habían emparentado con los apestados creando comunidades estables en proceso de crecimiento.
• Se presuponía que eran descendientes de herejes que se habían refugiado en los campos de apestados huyendo de la persecución de la Iglesia; y que estando allí habían hecho difusión y proselitismo de sus ideas creando comunidades heréticas estables en proceso de crecimiento.
• Se presuponía que eran descendientes de visigodos que habían participado en la invasión y sometimiento del pueblo vasco; y que con posterioridad habían quedado aislados en las montañas de Navarra tras las revueltas vascas alto medievales contra los ocupantes germanos.
• Se presuponía que eran descendientes de los vikingos que -en los oscuros siglos alto medievales- habían saqueado y destruido los pueblos y ciudades de las costas atlánticas vascas y de las orillas de los ríos navegables de la Gascuña; y que con posterioridad habían quedado dispersos sobre el territorio asolado.
En definitiva, se les presuponía un origen y una condición inciertas con el único propósito de justificar la acción de discriminación y dar carta de naturaleza a la situación de marginación. En este sentido, resulta muy elocuente el tratado «Derecho de Naturaleza» -en cuanto al capítulo «agotes»-; obra del erudito bajo-navarro Martín de Vizcay publicado en 1621. En este tratado se justificaba esta situación sobre el principio de los derechos y privilegios que históricamente había ostentado -y coetáneamente conservaba- la población de origen autóctono.
En conjunto, siete siglos. Hasta la Revolución de 1789, que liquida las instituciones y las constituciones de la baja Navarra francesa, y en consecuencia el derecho foral que contenía las leyes discriminatorias que sufrían los agotes. En cambio, en España, la situación legal -y social- de discriminación y marginación se mantuvo durante treinta años más. Los agotes de Navarra y de Gipuzkoa deberían esperar hasta 1819 -en un contexto marcado por el ascenso de las clases burguesas de ideología liberal- el inicio de una profunda revisión de los regímenes forales que conduciría a la abolición de las leyes discriminatorias.
El cordón sanitario
A los agotes, se les marginó y discriminar social, económica y jurídicamente. Las sucesivas leyes promulgadas por las instituciones que representaban las entidades políticas locales y las del conjunto del reino, perfilaron un cordón sanitario asfixiante alrededor de esta comunidad que tenía el objetivo de dar carta de naturaleza a la discriminación social previamente instituida.
No se les permitía disponer ni del uso ni de la propiedad de la tierra. Ni la de los rebaños de ganado. Y en un contexto histórico en el que la riqueza se medía por el dominio del aparato agrario, esta interdicción equivalía a una condena perpetua a la pobreza económica y la marginación social.
Se les obligaba a residir en barrios separados del núcleo poblacional principal, alejados del perímetro amurallado o de las corrientes de agua que señalaban el límite entre los espacios urbanos protegidos por los privilegios jurídicos y los espacios rurales sometidos a la violencia señorial de los «Ahaide Nagusiak», los «parientes mayores» que ejercían sobre el territorio una particular forma de micro-feudalismo.
En consecuencia, los agotes quedaban desclasados, perpetuamente reducidos y emplazados en la base de la pirámide económica; sin la posibilidad de constituir una comunidad de intereses -similar a los gremios artesanos o a las hermandades de campesinos- y articular una voz representativa, y naturalmente reivindicativa, en el seno de las instituciones de gobierno locales de los valles.
Quedaban al margen de los privilegios jurídicos que regulaban -y equilibraban- las relaciones entre los poderes señoriales locales y el conjunto de la sociedad; y quedaban absolutamente desamparados ante las prácticas abusivas del régimen señorial.
También, quedaban al margen de los circuitos de producción que alimentaban los mercados generales. Eliminados como competidores de los artesanos autóctonos, quedaban absolutamente vinculados a la voluntad del poder señorial, que fijaba unilateralmente volúmenes, condiciones y precios en el ejercicio de las actividades profesionales de los agotes.
Se les vigilaba y se les limitaba los movimientos. Se les obligaba a circular con un distintivo cosido al vestido, que era una pieza de color amarillo que prefiguraba la pata de un pato. También se les obligaba a circular con una campanilla, para advertir su presencia. No se les permitía pernoctar intramuros, ni pernoctar en hostales de camino. Y se les obligaba a ceder el paso a cualquier persona o animal. A los agotes no se les permitía caminar descalzos, porque se afirmaba que el contacto de la planta de sus pies con la hierba infectaba y enfermaba los pastos.
Obviamente, no se les permitía mantener amistad ni relaciones de vecindad con el resto de la población. Y por supuesto, no se les permitía emparentarse con los autóctonos. Los matrimonios entre agotes y autóctonos estaban por completo prohibidos.
En consecuencia, los agotes mantuvieron una conducta endogámica durante siglos, que reforzó sus rasgos físicos más característicos. Se destacaba el hecho de que tenían los lóbulos de las orejas pegados a la cabeza, y que tenían los colmillos puntiagudos y afilados. Contemporáneamente la ciencia genética ha demostrado que estos rasgos -como la braquicefalia o la distancia entre las cuencas de los ojos- son característicos de las poblaciones con un índice bajo de mestizaje. Rasgos físicos que coetáneamente fueron estigmatizados y elevados culturalmente a la categoría de condena divina, la cual debía ser redimida con la penitencia que representaba la discriminación.
El estamento eclesiástico jugó un papel destacado en la articulación de la cultura discriminatoria. En aras de una pretendida política asimilacionista, ejercía sobre este colectivo prácticas represivas que reforzaban la marginación del grupo. No se les permitía formar parte del estamento eclesiástico. Ni se les permitía tener representación de la institución eclesiástica en su ámbito de residencia: les estaba prohibido construir cualquier tipo de edificio religioso (iglesia, ermita). La ley les obligaba a asistir a los oficios religiosos en los templos de los pueblos y de las villas. De esta forma se pretendía mantener sobre el colectivo agote el control social (con la obligada presencia regular y periódica en los oficios religiosos); el control ideológico (adoctrinándoles en la fe dominante con la administración forzada de los sacramentos); y el control cultural (con las demostraciones de fuerza que imponía la celebración de la liturgia).
Pero cuando asistían a los oficios religiosos, se les prohibía hacerlo por la puerta principal y se les obligaba a acceder al templo por una puerta pequeña lateral. No se podían persignar en la pila de agua bendita (tenían la suya propia) y se les obligaba a situarse en la parte trasera de la nave (separados y alejados del resto de feligreses). Y cuando se celebraban los sacramentos, se los administraban al margen. Sus matrimonios no podían coincidir con los oficios ordinarios. Sus hijos eran bautizados en una pila propia. Se les obligaba a confesar y a comulgar al margen, terminado el oficio religioso, y se les dejaba la paz en sus bancadas para evitar el contacto físico con el resto de la feligresía.
El contexto
Para entender esta situación hay que contextualizar los escenarios geográficos e históricos. Navarra, en el transcurso de la Edad Media, se convirtió en una entidad política de régimen feudal que mantenía vigorosamente ciertas instituciones sociales y políticas ancestrales de raíz tribal directamente relacionadas con el sistema de organización tradicional del pueblo vasco. Sobre todo en las zonas montañosas del Pirineo. Lisa y llanamente, esto significa que la relación entre los estamentos del poder y el común de la sociedad estaba muy condicionada por las instituciones que se inspiraban en una tradición comunitarista y matriarcalista; es decir, la antítesis ideológica de los regímenes señorial y feudal. Así, los vecinos de las villas de Baztan, de Zaraitzu, o de Erronkari; a menudo se debatían en conflictos con el poder señorial para conservar y mantener prerrogativas jurídicas que impedían la plena feudalización de sus sociedades.
En este contexto el poder feudal reaccionó fundando una gran cantidad de establecimientos y poblaciones de nueva creación siguiendo el hilo del camino de Santiago y les dotó de privilegios y franquicias muy ventajosas; con el propósito de atraer a los excedentes demográficos de los territorios vecinos y alterar la composición étnica y cultural del reino. Pronto Pamplona, Puente la Reina o Lizarra se llenaron de franceses procedentes de las regiones del norte. Y también de occitanos; básicamente gascones que tenían en común con los autóctonos un mismo origen étnico pero que diferían en la lengua, en la cultura y en la organización social. Y en menor medida lenguadocianos que procedían del país de Tolosa del Languedoc y que no tenían ningún elemento en común con la población vasca.
No hay que hacer un gran esfuerzo para imaginar que esta entrada masiva, que se inició el siglo XI y se prolongó hasta el siglo XIV, fue un factor de tensión, de desestabilización y de conflictos. La población autóctona se refugió en sus tradiciones y en sus instituciones, y durante este período de desencuentro, las dos comunidades -autóctonos- «euskaras» y forasteros «erdaras» – hicieron la vida y la historia por separado: barrios y actividades exclusivamente de «nabarros», y calles y profesiones exclusivamente de «francos». Con el estallido de las guerras urbanas de Pamplona, y la masacre de población vasca en la Navarreria (1276) -a manos de las armas señoriales y de sus mercenarios franceses-; el grado de conflicto mermó progresivamente en las ciudades y el conjunto de la sociedad inició el camino del mestizaje.
Pero en el medio rural, más concretamente en las zonas más aisladas, la tensión no derivó en conflicto armado, sino que se transformó en una discriminación brutal instituida socialmente y amparada jurídicamente. Contribuyó decisivamente el hecho de que los forasteros «erdaras» no fueron nunca un contingente de población significativo -a diferencia de lo que ocurría en las ciudades-. Y también contribuyó, de una forma rotunda, la percepción de amenaza que representaban para el mantenimiento del equilibrio social, político, económico y demográfico que consagraba un sistema jurídico que amparaba al común de la población autóctona ante las continuas embestidas feudalizantes de los poderosos.
Las tensiones
En pleno siglo XVI, con posterioridad a la conquista castellana de Navarra, los agotes tuvieron éxito y consiguieron solicitar y obtener de las autoridades pontificias la derogación de las leyes hostiles que los reducían. Pero los tribunales navarros no aplicaron nunca estas disposiciones. Navarra vivía instalada en una situación de tensión permanente, fruto de las maniobras políticas y militares de los Albret depuestos reyes de Navarra (impulsores de la Reforma calvinista en sus dominios bearneses y muy populares entre los vascos ultra-pirenaicos), que codiciaban restaurar la independencia del reino y recuperar la corona perdida. El gran pacto entre la oligarquía local pro-castellana y católica, y los Habsburgo herederos de los invasores -que se tradujo en la creación de un régimen foral- impidió la derogación de las leyes antiagotes.
Durante el siglo XVII, en plena ofensiva contra la herejía y la brujería en las Españas, las instituciones guipuzcoanas contagiadas del espíritu contra-reformista e inquisitorial que invadía todos los ámbitos de la sociedad, dictaron varias leyes de persecución y expulsión de los grupos minoritarios.
En Tolosa de Guipúzcoa, entonces capital de su territorio foral, se declaró la guerra a la mendicidad, a la hechicería, los gitanos y los agotes. Fueron expulsados y se dictó una providencia prohibiéndoles residir en cualquier lugar bajo la jurisdicción foral. Y simultáneamente en el valle de Baztan, los Ursua -señores feudales del territorio-, renovaron el patrocinio que ejercían sobre los agotes aplicando unas condiciones más duras en la relación, de tal manera que se reproducían esquemas significativamente similares en la época tardo-romana de formación del feudalismo.
Todo esto acontecía en un contexto ideológico marcado por la particular interpretación hispánica de la razón de Estado. Mientras que en las zonas urbanas se procedía a la uniformización de la sociedad (eliminación de los elementos diferentes) con el propósito de implementar los nuevos mecanismos de control y los nuevos modelos de poder; en las zonas rurales se vivía un proceso involutivo de refeudalización (progresiva privatización de los bienes comunales) que abundaba en la distancia -y en la dependencia- cada vez más acusada entre las minoritarias clases poderosas y la inmensa mayoría empobrecida de la sociedad. Más concretamente, los agotes del valle de Baztan estuvieron en una situación de indefensión absoluta que vive su punto culminante con la construcción de la ciudad de nueva planta de Nuevo Baztán, cercana a Madrid, que se impulsó siguiendo las tesis ideológicas de la razón de Estado y los cánones estéticos de la Ilustración.
Nuevo Baztán es un reflejo del triunfo de la apuesta formulada por la oligarquía vasca y navarra en el conflicto de Sucesión (1705-1714) en favor del Borbón. La ciudad fue creada de nuevo, y en el marco de sus palacios y edificios se empleó -en buena parte- la mano de obra agote que malvivía subordinada a Ursua de Baztan. Y concluida la obra, se les emplazó a la fuerza, ejerciendo sus oficios ancestrales, aquellas profesiones en que, por las circunstancias anteriormente expuestas, habían sobresalido y los habían convertido en artesanos bien considerados entre los estamentos señoriales. Con el transcurso del tiempo, sin embargo, se produjo un goteo de fugas y la documentación coetánea los sitúa -sólo en parte- nuevamente en Euskal Herria. Del resto, se pierde la pista.
La disolución de las comunidades agotes
El impulso de los puertos vascos durante el siglo XVIII, sobre todo en el intercambio con las colonias americanas, abrió un periodo expansivo económicamente que es tradujo en la implantación de muchas compañías mercantiles -sobre guipuzcoanas- en el nuevo continente. La corriente migratoria hacia América se convirtió en una institución social. Y los agotes navarros y guipuzcoanos participaron activamente de este mundo de oportunidades que las nuevas circunstancias les ofrecían.
Argentina, Uruguay, Chile y Perú, fueron los destinos mayoritarios de la inmigración vasca del XVIII, y los agotes se sumaron como parte integrante del aparato colonial. A menudo los encontramos en las matrículas de embarcados a las Indias; generalmente en calidad de personal doméstico de los altos funcionarios vascos que representaban a la metrópoli; pero también como personal auxiliar de los emprendedores comerciantes de Bilbao, Durango, Tolosa, Irún, Baztan o Baiona (Bayonne); que se instalaban en Buenos Aires, en Montevideo, en Santiago o en Lima. A partir de este hecho, los agotes quedan plenamente integrados en una nueva realidad que no hace distinción por la naturaleza, sino que la hace por los recursos patrimoniales o por la capacidad de generarlos. Algunos posteriormente retornan a Euskal Herria, y los localizamos como prósperos comerciantes bien situados en las principales plazas comerciales del país: en Bilbao, en Donostia o en Baiona (Bayonne). Culturalmente asimilados en su entorno, con la lengua y los patronímico euskaldunizados; se convierten en fundadores de linajes de comerciantes que han persistido en el tiempo; plenamente integrados en el tejido social, económico y político del territorio
A día de hoy, el último testimonio documental que evidencia la -en otra época- existencia de los agotes, es la presencia de ciertos apellidos que dibujan una historia de resistencia y de superación. En el mundo académico actual no hay unidad de criterio a la hora de catalogar los patronímico vascos que son de origen agote. Sin embargo, las pocas hipótesis trabajadas hasta la actualidad apuntan claramente en una dirección. Así pues, por ejemplo, el apellido Lorenz (de una bisabuela materna del autor de este artículo), presente con relativa frecuencia en algunas poblaciones del valle del río Arga durante los siglos XVI y XVII; y desaparecido repentina -e injustificadamente- a mediados del siglo XVIII; se puede considerar -tanto por la singular grafía como por el trazo cronológico- un patrónimo de origen agote.
La investigación
La ciencia historiográfica ha manifestado poco interés por el fenómeno agote. En el transcurso del siglo XIX, en la etapa artística del Romanticismo, algunos invirtieron en ello ciertos esfuerzos. Los historiadores occitanos Michel Francisque y Justin Cenac-Monção publicaban respectivamente «Histoire des razas maudits de la France et de l’Espagne» (1847) e «Histoire des peuples et des Etats Pyrenees» (1873).
En cambio la tradición antropológica vasca ha evitado la cuestión, y cuando la ha abordado lo ha hecho con una cierta dosis de ingenuidad, encuadrándola estrictamente en la categoría de la etnografía. En este sentido, la descripción física que Pio Baroja hace, en «Las horas solitarias» (1918), de los últimos testigos de una comunidad agote es suficientemente elocuente y revelador:
“Cara ancha y juanetuda, esqueleto fuerte, pómulos salientes, distancia bicigomática fuerte, grandes ojos azules o verdes claros, algo oblicuos. Cráneo branquicéfalo, tez blanca, pálida y pelo castaño o rubio; no se parece en nada al vasco clásico. Es un tipo centro-europeo o del norte. Hay viejos (sic) que parecen retratos de Durero, de aire germánico”.
En Bozate, el barrio agote de Arizkun (en el valle de Baztan) por alguna razón el fenómeno agote resistió el proceso de disolución y la comunidad se ha mantenido viva y activa hasta hace escasas décadas. Y aunque Bozate tiene la apariencia de un barrio característico de la montaña del país, aparentemente sin elementos que delaten la existencia de un patrimonio, sus casas ocultan -tras las paredes- la historia y la cultura, ignorada, de una comunidad que es parte sustancial de la historia y la cultura de Euskal Herria.
Cabe decir que, actualmente, el fenómeno agote está despertando un interés creciente entre las sociedades vasca y occitana, que se manifiesta tímidamente a través de disciplinas académicas como la interpretación del patrimonio; o artísticas como la cinematografía. En Bozate, el escultor de origen agote Xabier Santxotena ha creado un espacio museístico (Parque Museo Santxotena) dedicado a la exposición e interpretación de los elementos materiales más representativos de la cultura agote. Lo hace a través de sus oficios ancestrales. Y el cineasta Iñaki Elizalde rodó recientemente -en este mismo escenario geográfico- la película «Baztan» inspirada en los hechos históricos que dibujan los vértices del triángulo formado por el poder local, la comunidad agote y la sociedad autóctona.
También en el mundo académico. El antropólogo occitano -bearnés- René Descazeaux y la antropóloga vasca -vizcaina- Carmen Aguirre Delclaux; han publicado respectivamente «Les cagots. Histoire d’un secret» (ediciones Pyremonde. Pau, 2002) y «Los agotes, el final de una maldición» (Editorial Silex. Madrid, 2007); que desmitifican la leyenda negra que pesó sobre los agotes y aportan luz al origen históricamente misterioso de esta comunidad.
Los resultados de las investigaciones más recientes refuerzan la hipótesis planteada por los historiadores del romanticismo, y apuntan decididamente hacia un origen geográfico occitano y una actividad profesional artesana. No obstante en ningún caso, en la constitución y proyección del fenómeno agote, se descarta -casi se afirma- la influencia y la participación sustancial de personas desclasadas (predicadores heréticos, delincuentes fugitivos) y de colectivos marginales (pequeños grupos que practicaban el esoterismo y grupos más numerosos de desplazados y refugiados por efecto de la violencia señorial) de orígenes geográficos relativamente diversos: Aragón, Gascuña, Castilla, Auvernia, Bretaña, etc. En este sentido hay que decir que la existencia de grupos humanos más o menos numerosos, y más o menos incontrolados, que desarrollan su propio sistema y organización; con diferentes estratos de calidad al margen del conjunto de la sociedad y con diferentes niveles de relación y de subordinación al poder; es una constante en la Europa medieval; y son también el objetivo de las políticas de liquidación de la diferencia y de encuadre de la sociedad en la Europa del Antiguo Régimen.
En cambio la asociación entre agote y apestado, que era el nervio argumental que justificaba la discriminación y la marginación de la comunidad, queda en entredicho. No se descarta de manera rotunda la inexistencia de apestados entre los miembros de la comunidad agote, pero la generalización de las patologías pandémicas en el contexto social medieval quita valor al argumento que da forma a la leyenda negra.
En cualquier caso los agotes son presentados como el testigo desaparecido de una comunidad occitana que fija sus orígenes en los oficios artesanos de la construcción en el siglo XII; al menos en el núcleo del fenómeno. Una comunidad que, probablemente, desarrolló un sistema cultural propio (al menos un subsistema) fruto de las circunstancias; a medio camino del origen occitano, de la influencia periférica y del entorno vasco. Una comunidad que sobrevivió en unas condiciones de extrema dureza y que, paradójicamente, se disolvió con el derrumbe del mundo que la había oprimido.
Los agotes: la misteriosa raíz occitana de Euskal Herria
Bibliografía
– Aguirre Delclaux, Maria Carmen. «Los agotes: el final de una maldición». Editorial Sílex. Madrid 2007
– Arrieta, Idoia. «Donostiaren konkistaren agiri ezkutuaren aurkezpena: ikerketaren ibilbidea eta ekarpen historiko-kritikoa”. Txertoa Edizioak. Donostia, 2011
– Asiaín Ansorena, Alfredo. «Símbolos y superposiciones culturales y religiosas sobre los otros excluidos; en la literatura navarra». Eusko Ikaskuntza. Sociedad de Estudios Vascos. Pamplona/Iruñea, 1999.
– Descazeaux, René. «Les cagots. Histoire d’un secret». Editions Pyremonde. Pau, 2002
*Licenciado en Humanidades. Universidad Abierta de Cataluña (UOC). Especialidades Historia y Antropología. Autor de la tesis «La familia, la casa, el obrador y la tierra, en la crisis y la revolución ‘dels Segadors’ (1592-1652)». Accésit Premio Sant Jordi 2013 de la Sociedad de Estudios Históricos. Instituto de Estudios Catalanes (IEC).
http://www.elprincipat.cat/agots-misteriosa-arrel-occitana-deuskal-herria/







