Para comprender el presente, hay que conocer el pasado. De esta manera, podemos captar mejor el presente, e incluso, predecir con más o menos acierto el futuro. Es lo que intento en este escrito, un pequeño repaso a la historia de Crimea.
La península de Crimea ha sido, a lo largo de su historia, un lugar de paso y tierra de frontera, periferia de diversos poderes estatales e imperiales establecidos alrededor del mar Negro a lo largo de los siglos. Tierra de paso de vikingos, mongoles y turcos y poblada por tártaros de origen asiático desde la baja edad media, Crimea ha sido un auténtico mosaico étnico, lingüístico y cultural.
Su realidad actual bebe directamente de los sucesos y acontecimientos de su larga historia, pero especialmente de su vinculación a Rusia, mucho más reciente en el tiempo de lo que el presidente ruso Vladimir Putin le gustaría para legitimar su anexión a Rusia. De hecho, Crimea no pasó bajo soberanía rusa hasta 1792, cuando el imperio de los zares acabó con el Janato independiente surgido del proceso desmembrador del antiguo imperio otomano. Con todo, la relevancia de Crimea para el imaginario ruso es enorme, ya que representa una especie de baluarte ruso ante las «agresiones imperialistas de occidente», utilizando la propia retórica pro-rusa. Crimea fue el escenario principal de la Guerra de Crimea (1853-56), conflicto donde las potencias europeas impusieron su voluntad sobre Rusia, y también un escenario de la crueldad de la Segunda Guerra Mundial. Por ello, el valor simbólico de Crimea para el imaginario ruso es enorme, ya que supone un símbolo patriótico frente a las agresiones de occidente.
La Guerra de Crimea (1853-56)
La Guerra de Crimea fue un conflicto que enfrentó el imperio de los zares con el imperio del sultán otomano a mediados del siglo XIX. El pretexto de la guerra fueron unos altercados que hubo en la iglesia de la Natividad de Jerusalén, donde una supuesta agresión a miembros de la iglesia ortodoxa sirvieron de pretexto al zar Nicolás II para declarar la guerra al sultán otomano , ya que la administración de Jerusalén, los lugares santos y toda Palestina estaba entonces bajo jurisdicción otomana.
Las tropas del zar Nicolás II derrotaron a los turcos en la batalla de Sinope, en el mes de noviembre de 1853, expulsando a los otomanos de Moldova y Valaquia (territorio de la actual Rumanía), dejando vía libre a los rusos para avanzar en dirección a Serbia, histórica aliada eslava de Rusia.
Las principales potencias europeas vieron un serio peligro de romper el frágil sistema de equilibrio de fuerzas en la zona con una eventual anexión de Serbia y los Balcanes por parte de Rusia, ya que supondría una salida al mar adriático al imperio ruso ( antigua aspiración rusa desde los tiempos de Pedro el Grande) y podría desequilibrar el tablero europeo. La hegemonía rusa en los Balcanes y el Mar Negro podría hacer peligrar los intereses comerciales europeos con oriente, donde Francia e Inglaterra estaban construyendo sus imperios coloniales.
Así pues, una coalición occidental liderada por Francia e Inglaterra y en la que formaban parte del imperio austríaco y el Reino del Piamonte declararon la guerra a Rusia el mes de marzo de 1854.
Los aliados optaron por cortar las líneas de suministro rusas inutilizando por completo la base marítima rusa de Sebastopol y ocupando militarmente la península de Crimea, en la retaguardia del grueso de las tropas del zar, movilizadas en Valaquia.
Las tropas aliadas lograron importantes victorias iniciales, como la batalla de Alma 1854, pero Sebastopol no se rindió a los occidentales y decidió resistir. La batalla de Sebastopol fue la primera vez en la historia donde se utilizó el moderno sistema de trincheras. La ciudad aguantó durante más de un año el asedio de los aliados, antes de caer finalmente en septiembre de 1855. La ciudad había resistido ante un potente ejército invasor muy superior en recursos humanos y materiales, y había inflingido serias bajas a los enemigos: se calcula que unos 118.000 soldados occidentales perdieron la vida durante el sitio de Sabastopol. La batalla fue rápidamente olvidada por Europa, pero la valentía de los ciudadanos y defensores de Sebastopol quedó grabada a fuego en el imaginario popular ruso como un ejemplo de su espíritu combativo frente a las agresiones imperialistas de occidente.
Los soldados europeos se encontraban al límite cuando la muerte súbita del zar Nicolás I obligó al nuevo zar Alejandro II a firmar la paz con occidente para restablecer el orden interno en el imperio, teniendo que renunciar a los proyectos imperialistas de su padre aprovechando la enorme debilidad del decadente imperio otomano.
Finalmente, la zona de los Balcanes fue anexionada por el imperio austríaco, iniciando un periodo de tensiones internas entre las diversas realidades sociales y culturales que ha llegado hasta nuestros días.
La campaña de Crimea (1941-44)
Crimea volvió a ser el escenario de la pugna entre Rusia y una potencia europea durante la Segunda Guerra Mundial. Las tropas del III Reich ocuparon la península de Crimea en 1941, pero las tropas soviéticas se hicieron fuertes en las plazas de Kerch y, nuevamente, Sebastopol. La ciudad de Sebastopol volvió a ofrecer una resistencia heroica ante las tropas nazis, pero finalmente cayó en julio de 1942.
La ocupación nazi duró dos años, ya que en el mes de mayo de 1944 fue liberada por el IV ejército ucraniano. De nuevo, Sebastopol se había convertido en un icono del espíritu de resistencia ruso frente a las agresiones imperialistas occidentales.
Deportación tártara y repoblación rusa
Una vez terminado el conflicto, el secretario general de la Unión Soviética, Josif Stalin, acusó a los tártaros -comunidad de origen asiático establecidos en Crimea desde la baja edad media- de colaboracionistas con los ocupantes nazis y comenzó a realizar deportaciones masivas de los tártaros hacia Asia Central y Siberia. Muchos tártaros murieron de hambre o enfermedades durante su exilio forzoso.
Para llenar los vacíos poblacionales de Crimea, Stalin inició un proceso repoblador con el envío de colonos rusos que llenaron la península hasta convertirse en el primer grupo étnico y cultural.
Cambio de soberanía
Con todo, la península de Crimea pasó a formar parte de la soberanía ucraniana 1954, cuando el entonces presidente soviético Nikita Krusxev (o Jruschov) decidió que la península de Crimea pasara a formar parte de la República Socialista Soviética de Ucrania como regalo de cumpleaños de los 300 años de la paz de Pereiaslav, que supuso, de facto, la unión de Rusia y Ucrania.
A pesar del cambio de soberanía administrativa, Crimea continuó siendo una península eminentemente rusa, ya que la mayoría de la población de Crimea eran de etnia y habla rusa desde la expulsión forzosa de los tártaros.
Cuando la URSS desapareció, en 1991, la mayoría rusa de Crimea ya intentó restituir a Crimea en la Federación Rusa, o al menos, en convertirla en una república independiente que orbitara alrededor de Moscú. Pero aquellos primeros intentos -con un referéndum abrumador en favor de restituir a Crimea como entidad independiente de Ucrania- no tuvo éxito debido a la debilidad del presidente ruso de entonces, Boris Yeltsin.
Finalmente, se encontró una fórmula acordada por Kiev y Moscú para garantizar la gobernabilidad de Crimea , consistente en una autonomía administrativa por parte de Ucrania a la península, al tiempo que la propia Ucrania permaneciera gravitando alrededor de Rusia y respondiendo a los intereses de Moscú y de las zonas de mayorías étnicas y lingüísticas rusas.
Pero la crisis de 2014 ha hecho saltar por los aires el frágil equilibrio existente en Crimea (y otras zonas del este de Ucrania), provocando que la población rusa de Crimea y la propia opinión pública rusa se posicionen a favor de la reintegración de Crimea bajo soberanía rusa, dado el carácter simbólico de Crimea por el imaginario ruso.








