El hecho de que, en los combates de estos últimos meses en el este de Ucrania, el bando pro-ruso haya utilizado lanzacohetes Grad, que son una versión modernizada de los famosos Katyusha o «órganos de Stalin» de la Segunda Guerra Mundial, no es el único ni el principal elemento que asocia el actual conflicto ucraniano con la figura del sanguinario dictador soviético.
En 1918 la salida de Rusia de la Primera Guerra Mundial -imprescindible para salvar el naciente poder bolchevique- se produjo a cambio de un precio territorial altísimo: Lenin y los suyos renunciaban a las posesiones más occidentales del antiguo imperio (países bálticos, Polonia, Ucrania, Besarabia…), unas tierras que los zares habían acumulado con celo desde el siglo XVIII como prenda del peso europeo de Rusia.
Para el régimen soviético, se trataba de una renuncia puramente circunstancial, táctica, que habría que revertir así que hubiera la ocasión. La primera se presentó ya en 1920, con un balance desigual: éxito en la reconquista de Ucrania, fracaso en la de Polonia. Cuando, unos años después, Stalin se erigió en señor del Kremlin, la recuperación de las fronteras occidentales existentes en 1914 era un punto fundamental de su programa. Pues bien, en 1940 el objetivo estaba logrado, aunque fuera a cambio de un pacto inconfesable con la bestia nazi y de pisotear de arriba abajo la legalidad internacional: Estonia, Letonia y Lituania volvían a estar bajo la férula rusa, al igual que una buena porción de Polonia y la Besarabia y la Bucovina rumanas, arrancadas de Bucarest con métodos de gángster.
Después del sismo de la Segunda Guerra Mundial, Stalin exigió y obtuvo que las anexiones del 1939-40 -convenidas con Hitler- fueran validadas por Roosevelt y Churchill. Pero el apetito viene comiendo, y el zar rojo consiguió aún nuevas y simbólicas conquistas (por ejemplo, Königsberg, la ciudad de Kant), además de un enorme glacis defensivo de protectorados que llegaba hasta los confines de Baviera.
¿Esta brutal expansión de la URSS hacia el centro de Europa era legítima en términos democráticos o morales? Creo rotundamente que no, pero la realpolitik y el temor al apocalipsis nuclear llevaron a Occidente a resignarse. Hasta que, en 1989-91, el colapso interno de la Unión Soviética hizo posible la descolonización del único imperio que todavía no lo había hecho. Primero fueron los protectorados centroeuropeos, de la Alemania del Este a Bulgaria, y a continuación las colonias formalmente incluidas dentro de la metrópoli, desde Estonia hasta el Cáucaso y Asia central.
Ciertamente, no todas las independencias surgidas de la implosión de la URSS tenían la misma consistencia ni el mismo apoyo social. Pero, en la medida en que (casi) todas abolían la dictadura de partido único y se instauraba la democracia parlamentaria, era lógico que, en un futuro, sus gobiernos pudieran tomar opciones o suscribir alianzas mal vistas por Moscú. ¿No se había terminado ya la época de las esferas de influencia y las soberanías limitadas?
Quizá por debilidad, la Rusia postsoviética pareció aceptarlo durante unos años, hasta el ascenso al poder de Putin en 2000 y el revival de los métodos estalinistas. No me refiero ahora a la instauración de una semidictadura de partido casi único, al monopolio informativo o los expeditivos procedimientos de eliminación de críticos y opositores, que también. Putin parece, además, haber restaurado la filosofía de Stalin en materia de política exterior: Rusia está acosada por un Occidente hostil y agresivo, por lo tanto, debe fortalecer y exhibir su músculo militar; y, como Stalin en 1939-40 o en 1945, ha de emplear la fuerza y la amenaza, el engaño y la manipulación, para recuperar lo que le pertenece por historia o por geopolítica. Es decir, Crimea, las provincias orientales de Ucrania … y quizás más.
Así, el discurso Stalino-putinista presentó el cambio político de hace un año en Kiev (la caída del Yanukovich títere de Moscú) no como una revuelta democrática triunfante, sino como un golpe de estado fascista que justificaba la injerencia rusa en el Donbass como un gesto defensivo (recordemos que la guerra contra el fascismo fue el gran mito legitimador del poder absoluto de Stalin). Y lo más extraordinario de todo es que en Occidente, en nuestra prensa diaria mismo, hay quien ha comprado esta patraña del ex-oficial de la KGB.
Hace meses que es frecuente leer en ciertas crónicas de La Vanguardia que el cambio de régimen ucraniano fue «apadrinado por el Euroatlàntida» [sic], y que la OTAN ya se estaba repartiendo las bases de Sebastopol… ¡que Putin salvó a tiempo de la garra imperialista! Pero, curiosamente, ni la Euroatlàntida ni la OTAN tuvieron la elemental precaución de fortalecer y armar el ejército de Kiev ante la más que previsible reacción rusa. En rigor, aún no lo han hecho hoy. ¡Pues qué conspiradores y qué imperialistas más tarugos!
Por suerte, uno de los jóvenes españoles arrestados por haber combatido junto a los rebeldes pro-rusos lo explicó mejor: «Luchábamos comunistas y nazis juntos». Vamos, como Ribbentrop y Molotov en agosto de 1939.
ARA







