Sábado, 14 de abril. Voy a la plaza, como todos los sábados del año, y aún me atrevo a pedir las cosas como si fuera una abuela: «Póngame media libra de jamón en dulce» (muchas dependientas jóvenes del mercado ya empiezan a poner caras raras cuando se utiliza esta medida medieval). Veo banderas de la República (Española) en las calles y me doy cuenta que, efectivamente, estamos a 14 de abril. Nada más llegar a casa guardo las cosas en la nevera -es el instinto de conservación- y miro un par de ediciones digitales de periódicos. Resulta que el rey de España se ha roto la cadera no resbalándose en la bañera, como suelen hacer los viejos, sino cazando elefantes. Ahí es nada. Y resulta que eso ha pasado apenas un 14 de abril. He aquí todo un presagio, que incluye el pie roto del pobre Froilán. Posible conversación entre el rey y su nieto: «Niño, ¿pero qué has hecho?» «Es que quería ser como el tío Iñaki». «¡Pero hombre, yo te dije que el tío estaba imputado, no amputado!» Todo ello empieza a ser grotesco, como aquella corte de Alfonso XIII y su banda de amantes y aduladores profesionales: los presagios parecen tan funestos como en los años treinta. Por si todo esto fuera poco, me entero también de la muerte del periodista madrileño Pedro Macía, verdadera voz de la Transición -incluida la coronación de Juan Carlos I- durante el monoteísmo televisivo de finales de los años setenta. Parece otro presagio, también.
El pasado 14 de abril, sin embargo, observé otra cosa que siempre me ha llamado mucho la atención: la presencia de la bandera tricolor española al borde de una estelada. El otro día vi unas cuantas, y todo ello me hizo retroceder a finales de los setenta, cuando esta conjunción simbólica era bastante frecuente. Es cierto que entonces no había sucedido aún la performance de Tejero, la Loapa del PSOE, el posterior intento del PP de Aznar de llevar a cabo el » cierre del Proceso Autonómico «, el sainete del Estatuto, la actual asfixia de la autonomía catalana por la vía fiscal, etc. Entonces reinaba la inocencia y es normal que el Himno de Riego y Los segadores se cantaran casi al unísono. Que esto se haga ahora, en el año 2012, me parece directamente alucinante sin embargo. Parece que hay gente que no escarmienta de ninguna manera. Se trata de la República imaginaria que da título a este artículo. ¡La República! Cuántas inmensas tonterías se han dicho, sobre aquellos años idealizados. Se han dicho tantas, que a menudo algunos no recuerdan que la humillación más profunda que sufrieron las instituciones políticas catalanas durante el siglo XX se produjo en octubre de 1934, en plena República (Española).
La amnesia, o la ignorancia, o quizás las dos cosas a la vez, también hacen olvidar los comentarios anticatalanes que hace Azaña en sus memorias, de una acritud atroz. Cito a Azaña porque este personaje, con su cinismo abúlico y su actitud displicente, es venerado tanto por la derecha como por la izquierda españolas. La lista de líderes republicanos que pensaban como él no cabría en esta página. Es probable que, a fuerza de criticar con toda la razón del mundo los 45.000 euros que nos ha costado la cacería de elefantes de Juan Carlos I, los acabamos reivindicando. Podríamos terminar haciendo el pardillo -de hecho, estoy convencido de que lo haremos- exigiendo pasar del fuego a las brasas con la absurda idea de que Catalunya daría un paso adelante con este posible cambio.
Hay una República imaginada, sobre la que podríamos construir racionalmente nuestro futuro, y una República (Española) imaginaria que sabemos, o deberíamos saber, qué papel hizo desde la perspectiva nacional catalana. Los que cuelgan la bandera tricolor al borde de la estelada se adhieren a este pasado falsificado, construido con una cucharadita de revisionismo, una taza de simple indocumentación y un kilo largo de inocencia en relación a la verdadera naturaleza del nacionalismo español. La República imaginada, el proyecto que aún no se ha llevado a cabo, puede ser objeto de una deliberación desenfocada, sin duda, pero en ningún caso de una simple tergiversación como la que a menudo se ha llevado a cabo en relación a la Segunda República (Española). Puestos a imaginar repúblicas, sin embargo, yo creo que conviene recordar algunas cosas, como la situación de la lengua catalana en el Rosellón, en la republicaníssima Francia. En cualquier caso, es improbable que un debate que tenía un sentido muy claro en la década de 1930 pueda ser replanteado en los mismos términos a comienzos del siglo XXI. La monarquía y la república ya no son una forma de gobierno, sino la mera visualización de éste. Que no nos pierda la estética, pues.
http://www.ara.cat/premium/debat/Republica-imaginaria_0_684531554.html







