El sábado día 19 de julio. Ordu, ciudad situada en la costa turca del Mar Negro. Mitin del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP, por sus siglas en turco), el partido mayoritario, el que presentaba el primer ministro, Recep T. Erdogan, como candidato a la jefatura del Estado en las elecciones que ganó en la primera vuelta la semana pasada. Erdogan hacía una de sus declaraciones incendiarias, por las que se ha hecho famoso en todo el mundo: «Los israelíes no tienen conciencia, ni honor, ni orgullo. Los que condenaban a Hitler día y noche le han superado en barbarie». Es cierto que era un acto electoral y que en el mundo islámico cualquier líder tiene casi la obligación de hablar mal de los judíos. Pero aun así, es un buen indicador de cómo es el veterano Erdogan -tiene sesenta años-. Un político sin manías, de carácter poco o nada diplomático.
Este hombre, que unos consideran como un islamista peligroso que lo disimula bajo el disfraz de moderado y los otros ven como un pragmático europeísta conservador con una fuerte carga religiosa -para los cuales es un político equivalente a los de la antigua democracia cristiana italiana, por ejemplo-, se ha convertido en el nuevo presidente del Estado turco. Desde el 2002 el AKP, que él fundó un año antes, ha ganado, normalmente barriendo los adversarios, todas las elecciones celebradas, tanto las municipales como las legislativas. Por lo tanto, ahora que por primera vez el presidente del Estado es elegido directamente por los ciudadanos, todo el mundo estaba seguro de que el candidato que presentaba sería el vencedor. La poderosa maquinaria política del AKP y un gran apoyo popular a la labor realizada por Erdogan al frente del Gobierno han hecho que el primer ministro sea presidente, un cargo que no ha tenido importancia ni capacidad política real, pero que a partir de ahora adquirirá con toda seguridad. Erdogan, el cual, de acuerdo con la ley, no se podía presentar a un nuevo mandato como responsable del ejecutivo, se ha hecho elegir jefe del Estado para continuar protagonizando la política turca.
Erdogan por Gül.
Al principio de julio del AKP confirmaba a Erdogan como candidato a las elecciones presidenciales. Sustituirá a Abdullah Gül, el cual ha sido su hombre de confianza en el máximo cargo institucional durante los últimos años. El cambio en la jefatura del Estado permitirá que Erdogan culmine veinte años, por lo menos, en la primera línea del poder, lo que no ha conseguido nadie más que el fundador de la Turquía moderna, Mustafá Kemal, Atatürk. Es importante tener presente que la jefatura del Estado ha sido, con Gül, meramente representativa. Pero esto no debe seguir siendo igual, necesariamente.
Algunas misiones constitucionales del presidente -nombrar el primer ministro, pero no destituirlo, lo que no puede hacer; ejercer el mando general de las fuerzas armadas; sancionar las leyes y, potencialmente, hacerlas volver al Parlamento, si cree que no se corresponden con la normativa superior; interpretar «los valores inmanentes» en la República, esto es: el laicismo…- tienen un enorme potencial político e ideológico. Pasa, sin embargo, que tradicionalmente el jefe del Estado no las ha llevadas a la práctica desde de Atatürk. No es de extrañar que se considere la presidencia un cargo casi simbólico o meramente representativo. Gul no ha sido una excepción. Erdogan -nadie no lo dudaba- sí lo será. Y tendrá muy fácil reactivar el papel presidencial para dotarlo de todo el contenido ejecutivo que la constitución fija. Bastará su voluntad, a la que se añadirá, eso sí, el enorme poder político que tiene su partido, que controla la Asamblea Nacional, el Gobierno y buena parte de los ayuntamientos. Todo ello lo convierte en un político extremadamente poderoso, en el que ha tenido más poder en Turquía desde Atatürk.
Las intenciones concretas que tiene Erdogan para cuando asuma la presidencia de la república son un misterio. Pero las palabras que pronunció tras ser nombrado candidato para el máximo cargo institucional del país dan una idea de cómo se ve a sí mismo como jefe del Estado. Fueron reproducidas por el diario español El País en julio: «Los que quieren un presidente neutral dicen, en realidad, que quieren un presidente que apoye al Estado y esté contra el pueblo». Y añadía: «Pues esta época ya se ha acabado». Aunque era más claro cuando decía: «Dijeron que no éramos lo suficientemente buenos [el AKP] para ser líderes de nuestros pueblos [municipios], ni para ser primeros ministros ni para ser elegidos presidentes», y sin embargo -lo dejaba entender-, habían logrado las victorias en las municipales y en legislativas, y obviamente, daba por hecho el mismo destino en las presidenciales. Y concluía: «Nosotros somos la nación. ¿Quién sois vosotros?», refiriéndose a la oposición. Así pues, es evidente: según él, el AKP es la nación, es el pueblo; los otros son nada o, quizá peor, el Estado. El Estado que fundó Atatürk. El que defiende el ejército.
Erdogan contra Atatürk.
El enfrentamiento entre, por una parte, Erdogan y el AKP y, por la otra, el ejército es el elemento de máximo riesgo potencial inmediato para Turquía, aunque no el único.
La institución armada es la garante de que el legado de Atatürk se mantenga vivo, o sea, la laicidad del Estado. El hecho de que el nuevo presidente interprete restrictivamente lo que la constitución llama los valores inmanentes a la República, el carácter laico del Estado, sería ‘casus belli’ para los generales, que ya hace tiempo que ven con muy malos ojos al presidente del Gobierno y futuro máximo cargo del país. En 2007 el choque entre Erdogan y los militares puso Turquía muy cerca del precipicio. Hay que tener en cuenta que es un país donde ha habido golpes de estado de los generales cada vez que han interpretado que el Ejecutivo se desviaba de los principios fundadores de Atatürk, lo que con el AKP ya ha pasado, y todo indica que puede volver a pasar. Cuando aquel año Erdogan decidió que Gül sería candidato para la presidencia de la República, la alta dirección armada reaccionó con virulencia contra de su voluntad. Consideró que era un intento de islamizar el país mediante el empleo de todo el poder institucional más relevante. Un partido minoritario que apoyaba al Gobierno, el Popular Republicano, retiró sus votos al partido de Erdogan, y el candidato no obtuvo el cargo en la primera votación por sólo 10 votos -consiguió 357-. La tensión fue enorme durante varios días. En ese interregno, el Estado Mayor del Ejército publicó un comunicado oficial en el que acusaba al Gobierno de «no defender los principios laicos de la República Turca» y se ponía «a disposición [de la legalidad] para garantizar, en caso de necesidad, estos principios» esenciales de la República, es decir, venía a anunciar un golpe de Estado. En medio de la crisis, los partidos laicistas sacaron a la calle más de un millón de personas que se manifestaron en Estambul «contra la islamización de Turquía», que a su entender el AKP «impone». El Gobierno respondió al intento de rebelión militar con un comunicado en el que recordaba a la institución armada que «está a las órdenes del primer ministro». Durante varios días nadie estuvo nada seguro de qué podía pasar. Para evitar que las circunstancias evolucionaran hacia una situación más grave y lamentable, tanto la OTAN como la Unión Europa negociaron discretamente con las partes.
El episodio se recondujo, y Gul fue investido presidente. Quien ahora lo sustituirá es, justamente, la persona a quien el ejército acusó en aquella ocasión de conculcar los principios del Estado fundado por Atatürk. Esta imputación contra Erdogan es, de hecho, recurrente entre la mayoría de integrantes de las élites sociales y económicas del país, incluyendo a los jefes del ejército, la armada y las fuerzas aéreas, los cuales están muy occidentalizados desde siempre y aún más, si es necesario, desde la entrada del país en la OTAN (1952). Es cierto, sin embargo, que una parte de la intelectualidad no ve ningún peligro serio y que desconfía del papel de los militares. En El País, un profesor de sociología de la Universidad de Mármara, en Estambul, Ahmet Uysal, aseguraba, en julio, que Erdogan «ganará fácilmente las elecciones y continuará habiendo en Turquía el Gobierno más democrático que haya habido nunca», salvo, claro está, que los uniformados lo impidan.
Otros medios europeos de comunicación, como la BBC, a menudo alertan, sin embargo, del giro preocupante que el primer ministro y futuro presidente ha hecho en los últimos años, que lo alejan del concepto de democracia que es habitual en Europa, tanto por mor del proceso de islamización que impulsa como por la represión sin ningún tipo de miramientos que ordena contra las protestas en la calle, cada vez más intensas y masivas, las cuales, empiecen por el motivo que sea, acaban por ser manifestaciones contra la islamización progresiva que el Gobierno impone. El temor de los círculos laicistas tiene razón de ser. La penetración del pensamiento y de la actitud religiosos en la escuela ya es un hecho: en muchas no se explica la teoría evolucionista de Darwin o se abren continuamente escuelas islámicas como alternativa a las oficiales -más de sesenta sólo en Estambul durante el 2013-, sin que la autoridad educativa reaccione. La televisión pública cada vez emite menos programas con un contenido occidental; por ejemplo, ya ha sacado de la programación el Festival de la Canción de Eurovisión, y no por malo, lo que puede ser comprensible, sino por los excesos inconvenientes contra la religión islámica. El AKP ha instado al Gobierno a prohibir toda publicidad de bebidas alcohólicas, no porque sean drogas, lo que se puede entender, sino porque el Islam prohíbe su consumo. El Gobierno ha prohibido la convivencia entre hombres y mujeres en las residencias de estudiantes, ya sean públicas o privadas… Estos detalles, entre muchos más, provocan angustia entre los laicistas.
Cuando se han producido protestas que han acabado en críticas contra el Gobierno por promover este giro integrista, Erdogan no ha actuado con reservas. Ha ordenado a la policía que actúe sin contemplaciones, incluso con brutalidad. Al final de 2013 dos estudiantes resultaron muertos por la policía en unas concentraciones en Estambul, Ankara y Esmirna que habían comenzado como protesta por la destrucción de un parque llamado Gezi y situado en la primera ciudad mencionada, y que se convirtieron en un movimiento masivo contra la islamización que impulsa el Gobierno. En primavera, la muerte de 301 mineros en una explotación subterránea en el oeste del país sirvió de detonante para una nueva ola de manifestaciones en las principales ciudades turcas que cambiaron el motivo inicial por la queja frecuente contra la merma creciente de la laicidad en la vida cotidiana. La policía intervino con la contundencia habitual. Murieron dos personas. Según la radio y la televisión públicas británicas (BBC), el presidente despachó estas dos últimas víctimas de las fuerzas de seguridad con las siguientes palabras: «No se puede esperar que la policía no haga nada contra los terroristas». Este talante tan duro también lo ha demostrado defendiendo a unos sus compañeros del AKP acusados de corrupción, por el que dimitieron al final de 2013 cuatro ministros. «Hay una conspiración internacional en contra de Turquía», aseveró.
El futuro.
La confrontación entre laicismo-ejército y gobierno-AKP-Erdogan es indudable. Pero también es cierto que hay voces que alertan de que si el partido del primer ministro cayera en desgracia, la alternativa real no serían los laicistas, sino un islamismo mucho más radical. Al respecto, en enero el periodista estadounidense Adrian Mac Liman -especialista en todo lo que ocurre en Oriente Próximo, analista del grupo de estudios mediterráneos de la Universidad de la Sorbona, autor de varios libros sobre los conflictos en esa zona, incluido uno de editado en 2004 titulado ‘Turquía, un país entre dos mundos’, y colaborador de medios de comunicación como TV3 y La Vanguardia- explicaba en su blog ( M’Sur) que el gran enemigo de Erdogan es un teólogo conocido internacionalmente como hombre de diálogo entre religiones. Se llama Fethullah Gülen, tiene setenta y un años y actualmente vive en Pensilvania, en Estados Unidos. Creador de la organización llamada ‘Hizmet’ (‘El Servicio’), recibe donaciones económicas de millones de musulmanes de todo el mundo que se invierten en Turquía en forma de escuelas islámicas (madrasas), centros de ayuda para los más necesitados, empresas diversas y, entre otras más cosas, medios de comunicación con una orientación religiosa. Aunque Gülen siempre se ha presentado como un hombre humilde que quiere el entendimiento universal de las religiones; que se ha fotografiado con el papa romano Juan Pablo II, o que rechaza en público todo tipo de violencia, no faltan los analistas, entre los que se encuentra el periodista mencionado más arriba, que le señalan como el máximo enemigo de Erdogan y como una persona que quiere convertir Turquía en un régimen islamista radical poniendo fin a la democracia.
Otra persona que lo ve igual es el periodista turco de investigación Ahmed Sik, el cual en 2013 declaraba a ‘elconfidencial.com’ que Gülen es «el hombre más poderoso de Turquía, aunque no viva allí». Según él, su movimiento «es muy engañoso, porque no es tan moderado como se muestra, ni lo intenta, sino que practica y propugna la separación estricta por sexos, la segregación de las mujeres, la interpretación religiosa más radical y, lo que es más peligrosa, se infiltra por todas partes (policía, justicia…) con el objetivo de hacer suyo el país». Sik estaba a punto de publicar un libro sobre el creador de ‘El Servicio’ (‘El ejército del imán’) cuando fue detenido por la policía y pasó un año en la cárcel hasta que un juez lo dejó en libertad. Según el periodista, la organización mencionada promovió su encarcelamiento, y asegura que cuando Erdogan se refirió a los peligros derivados de un «Estado dentro del Estado» que amenaza el país, señalaba claramente la sociedad de Gülen, a la que hace responsable de la operación de espionaje descubierta recientemente en dependencias gubernamentales. El objetivo de ‘El Servicio’, explica Sik, es hacer caer el Gobierno del AKP a base de acusaciones de corrupción, entre otras vías, y conseguir que del caos subsiguiente surja una república islámica, a la manera de las otras, es decir, nada democrática.
Aunque son opiniones que pueden sorprender y que incluso pueden parecer de conspiranoicos, lo cierto es que es una idea bastante extendida. Otras voces de mucho prestigio lo ven como una posibilidad real, por lo menos. Es el caso de Kadri Gürsel, periodista y analista de política del diario liberal turco Milliyet, el cual defiende la tesis de que la «democracia islámica» que en Europa y en Estados Unidos se ha comprado como una especie de milagro para explicar los gobiernos del AKP es «una contradicción en sus términos» que no será nunca posible, y que Turquía sólo tiene dos caminos: o profundizar la democracia limitando el islamismo hasta convertirlo en una mera religión, como es el cristianismo en occidente, o profundizar en el islamismo, en el que la palabra democracia no tiene ningún significado.
Esta última posibilidad empieza a ser terroríficamente verosímil.
ElTemps








