1. LOS CONFLICTOS.
La política es una espacio complejo en el que las diferentes líneas de confrontación, -es decir, de lucha por el poder- se entrecruzan. Difícilmente hay un solo eje de conflicto. Y más en sociedades tan heterogéneas como las actuales. El discurso político entra lentamente en la fase postnacional. Como el propio nombre indica, esta etapa todavía es muy deudora de los esquemas del pasado, de estos dos siglos en los que la figura del Estado nación lo ha articulado todo. Incluso en los ejemplos más exitosos de esta forma de Estado, los construidos sobre naciones que lograron una unidad incuestionada, hace tiempo que afloran líneas de confrontación diferentes del tradicional eje derecha / izquierda, fundamentado originariamente en el conflicto capital-trabajo, que, más allá de las proclamas internacionalistas, no cuestionaba el marco nacional. Ahora mismo, en la política catalana, la disputa por la soberanía, las cuestiones identitarias y los conflictos ideológicos se mezclan y afloran, pese a los esfuerzos de aquellos que piensan que las diferencias en la manera de concebir la sociedad y la redistribución interna del poder pueden quedar en suspenso en nombre del gran objetivo supremo: la independencia. Los partidarios de la independencia también tienen sus contradicciones. Y no es lo mismo el independentismo esencialista -el Estado como destino de la nación, para el que el objetivo tiene valor de absoluto- que el independentismo laico, que quiere un Estado no como acto de realización sino como lo que es: instrumento de poder. Los primeros siempre ven traidores e infiltrados en todas partes, los segundos saben que cuanto más seamos, mejor y que los objetivos de los ciudadanos son demasiado diversos como para quererlos meter todos en un camino estrecho en el que todo se deba supeditar a un solo destino.
No es osado decir que la duración del gobierno Puigdemont no dependerá tanto de la CUP o del calendario de la hoja de ruta como de las fricciones que puedan surgir en la soterrada lucha entre Convergencia, en fase de reconstrucción (veremos si real o lampedusiana), y Esquerra por la hegemonía dentro del soberanismo. Y, como era previsible, aprovechando que Esquerra está atrapada en el conglomerado de Juntos por el Sí, Ada Colau y Barcelona en Común, liberados de la presión de las elecciones anticipadas, se han lanzado a la creación de un partido con la idea de robar al partido de Junqueras el papel de referente de la izquierda nacional catalana. Obviamente los soberanistas más convencionales lo presentarán como la enésima maniobra del enemigo para descabalgar el proceso; y los sectores más laicos del independentismo verán una posibilidad de ampliar su campo, a partir de un espacio común en el derecho a decidir. El éxito del político -su capacidad para captar la ocasión- depende de la sensibilidad para captar los signos de los tiempos, como recordaba Giacomo Marramao en conversación con Carles Capdevila (*). Y en las sociedades multiformes en que vivimos, una sola sábana difícilmente puede tapar toda la cama.
2. LAS EXCLUSIONES.
¿Quién teme a Podemos? A medida que la crisis postelectoral española se prolonga, se pone en evidencia la peculiar idea de la democracia que predomina tanto en España como en Europa. Rajoy sabe que no suma y gana tiempo para pensárselo, conforme a su conocido estilo. (Un colaborador suyo me contó que el 11 de septiembre su primera reacción fue: «No nos precipitemos, esperemos a ver en qué queda todo esto»). Rajoy no quiere presentarse a la investidura porque la derrota segura la invalidaría para ser candidato. Sánchez tiembla entre la oportunidad de ser presidente -ahora o nunca- y la presión de los barones de su partido. Para los poderes locales e internacionales la democracia es un campo de juego restringido donde sólo pueden jugar los que reciben su habilitación. La consigna es clara: sólo es posible una combinación de gobierno con estos tres partidos, PP, PSOE y Ciudadanos. Los demás no están homologados; ni Podemos ni nacionalistas periféricos. Y un sector del PSOE se apunta: más vale sestear como oposición domesticada al PP que arriesgar presidiendo un gobierno de izquierdas. Por lo que sólo quedan dos opciones: o se repiten las elecciones o nos hacen un Mario Monti. Si continuamos por este camino, ¿qué sentido tendrá ir a votar?
ARA









