La paradoja de Ceuta

Saliendo de Castillejos, hacia el norte, la carretera termina en una curiosa rotonda en medio de la nada, donde siempre encuentras taxis. De allí a la primera playa de Ceuta hay una distancia tan corta a nado que incluso yo me atrevería a hacerla. No hace falta barca, ni pasador, ni pagar nada a nadie. Basta con entrar en el agua de madrugada –cuando el mar del estrecho está plano y tranquilo– y nadar hacia las luces. Cuando llegas, incluso hay una cafetería en la playa –creo recordar que se llama Europa, precisamente– que cierra muy tarde.

Esta semana han realizado el viaje entre doscientas cincuenta y trescientas personas cada día. Unas mil quinientas o dos mil en total, que representan aproximadamente el equivalente al 2% de la población de la ciudad. Y esto se ha convertido en un escándalo enorme. De repente, los españoles han vuelto a temer que lo de Ceuta y Melilla se les complicara y no lo pudieran soportar. Por una vez les doy la razón: su temor es algo más que razonable.

La noticia, el hecho, pasa tan sólo por una razón que, entre tantas explicaciones que se dan, parece mentira que sea la menos apuntada: ocurre porque hay una frontera –que separa al Estado español y la Unión Europea del reino de Marruecos. Pero una frontera que no ha estado siempre allí ni mucho menos.

Está ahí porque el 21 de agosto de 1415 una flota portuguesa –no española– desembarcó ante la ciudad y la tomó en un día. Aquella jornada, que los manuales suelen presentar como el comienzo de la expansión europea en ultramar, es el acta de nacimiento de todo ello: Ceuta fue el primer pedazo de África ocupado por una potencia europea, setenta y siete años antes de que Colón viera tierra en América. Después, Ceuta pasó a la monarquía hispánica en 1580, con la unión ibérica, y quedó española cuando Portugal se lo pensó, en 1668. Curiosamente, la bandera de Ceuta sigue siendo hoy la bandera de Lisboa y todavía ahora la ciudad celebra su fiesta grande el 2 de septiembre, aniversario del día en el que un conde portugués tomó posesión de ella. Pocas ciudades “españolas” deben conmemorar con tanta alegría una conquista hecha por un monarca “extranjero”.

Digo todo esto sin ánimo polémico alguno, puramente de forma descriptiva. Ceuta es, si uno mira las cosas con los ojos y no con el diccionario patriótico, una ciudad colonial de manual. Diecinueve kilómetros cuadrados aislados. Una valla monumental. Una guarnición militar monumental. Una población de ochenta mil personas que, en altísima proporción, vive de la administración, del ejército y de un régimen fiscal de excepción: allí no hay IVA sino un impuesto propio, hay bonificaciones en el impuesto sobre la renta y descuentos en la seguridad social. Es territorio de la Unión Europea, pero permanece fuera de la unión aduanera. Es territorio de un Estado miembro de la OTAN, pero el artículo 6 del tratado no lo cubre, porque ya está en África y, por tanto, todo el mundo sabe que en caso de ataque no será defendida por la alianza. Es parte de España, pero para embarcar hacia la península debes enseñar la documentación –por lo que en realidad es una “frontera” encubierta. Casi el 90% de los contratos son servicios. En definitiva, es una economía que no produce nada que no esté relacionado con su propia condición fronteriza.

Y sigue siendo, por tanto, un enclave estratégico sin ‘hinterland’, sostenido por transferencias y por la tropa, adquirido por conquista en el siglo XV y conservado por razones estrictamente militares. Si esto no es una colonia, será necesario que alguien me explique qué es. Marruecos –Estado hacia el que no tengo la más mínima simpatía– lo recuerda desde que existe como tal, es decir, desde 1956, y lo repite cada vez que le conviene. Y España responde que no, que Ceuta es tan española como Madrid, porque lo que cuenta, dicen, es la voluntad de los ceutíes.

Y es ahí donde llega la paradoja. Porque la voluntad de los habitantes es exactamente el argumento que Londres utiliza para Gibraltar y que Madrid rechaza con indignación desde hace tres siglos. En Gibraltar, dicen los españoles, la población no tiene derecho a decidir porque es una población implantada por una potencia colonial. ¿Y entonces? Ah, no. En Ceuta, dicen, la voluntad de los vecinos es sagrada e inapelable. Ay caramba, qué difícil es mantener la coherencia cuando te toca defender algo indefendible.

Ahora la ciudad pide que se desplieguen los soldados, más soldados todavía. Y el presidente Vivas reclama la emergencia nacional, el mando único y el cierre estricto de la frontera. Mientras, en Madrid, Abascal ha dicho que estaban ante «una invasión de hombres en edad militar» convocados -se entiende que personalmente- por Pedro Sánchez. Una aclaración técnica por si acaso: la edad militar de los “invasores” suele rondar los dieciséis años y el armamento consiste en unos pantalones de baño y unas chancletas que muchos han perdido por el mar. La extrema derecha es así: todo lo exagera de forma grotesca.

Pero a mí me parece que en el incidente actual, más que la cuestión de la inmigración, lo que en realidad asusta al nacionalismo español y explica la histeria de estas últimas horas es la impotencia frente a la realidad. Porque Ceuta demuestra –con indiscutible claridad– que la soberanía no es una esencia metafísica, perenne, sino un acuerdo precario entre vecinos, sostenido por la geografía, por el dinero y por la conveniencia de terceros. Que las fronteras tienen fecha de nacimiento y, por tanto, pueden tener fecha de defunción. Que un territorio puede cambiar de manos, como Ceuta ha cambiado de manos tres veces en seis siglos, sin que el cielo se hundiera. Lo saben los españoles. Lo saben muy bien. Y saben que, tarde o temprano, esto volverá a ocurrir, esta vez a favor de Marruecos, que se comerá la españolísima ciudad el día que quiera. O cuando le convenga a él o a quien corresponda decidirlo.

Nada de esto es nuevo, es verdad. Y no hace falta montar ningún escándalo, claro. O yo no pienso hacerlo. Pero me parece que está bien recordarlo –recordárselo– un jueves caluroso de julio, víspera del último día del mes, mientras las televisiones nos enseñan repetidamente cómo unos cuantos niños de dieciséis años entran nadando todo contentos por la puerta de Europa y un ministro español aún tiene el humor de dar las gracias al rey de Marruecos por ponérselo difícil, cuando todos sabemos que ha sido exactamente al revés.

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