Junto a la ola de calor de esta semana, ya hace días que se ha anticipado otra tanto o más bochornosa: la ola españolista. Un primer golpe de españolismo tuvo su punto caliente con la visita del Papa. Y después le ha seguido el del mundial de fútbol. Todo, además, sobre las brasas de las batallas judiciales españolas, que si bien pretenden derribar a su gobierno, la base ideológica es siempre la salvaguarda del orgullo nacional. Como dijo aquel insigne nacionalista español, “el que pueda hacer, que haga”. ¡Y a fe de dios que lo hacen!
En relación con la visita papal no diré nada del contenido espiritual porque creo que León XIV supo flotar bastante bien sobre las estrategias políticas de la Conferencia Episcopal Española. (Sí, esta Conferencia a la que, según el arzobispo Planellas, se tiene la suerte de pertenecer y que nos ahorra ser una mediocre, sólo catalana). Pero sí hablaré de los hechos políticos más ostensibles, visto que no tengo información sobre los tira y afloja que con tanta discreción han escondido los colaboradores catalanes y en los que pocos periodistas han rascado.
En primer lugar, cabe observar que, a pesar de ser una visita centrada en la inauguración de la torre de Jesús de la Sagrada Familia de Gaudí, primero el Papa tuvo que pasar por Madrid, como un tren de alta velocidad. Después tenemos el acto en el estadio de Montjuïc, que se llenó mayoritariamente de un tipo de público –los gritos, las banderas…– poco representativo de la comunidad católica catalana. Alguien debería investigar cómo se distribuyeron las invitaciones, sobre todo a todos aquellos migrantes latinoamericanos conversos, no tanto al catolicismo como al españolismo más recalcitrante.
Finalmente, uno de los episodios de mayor efusión y tensión nacionalista española fue la misa en la Sagrada Familia y la bendición posterior. La presencia de los reyes de España –símbolo supremo de la unidad de su nación–, la del presidente de su gobierno y de hasta catorce ministros –a pesar de que a la mayoría la doctrina papal les produce urticaria–, junto con todo el resto de representación institucional española, fue una clara muestra de hasta qué punto no querían que la catalanidad del acto hiciera sombra a la calculada apropiación española. Una vigilancia que culminó con la expulsión del coro de 600 miembros, espiado y delatado por su “violenta” intención de mostrar unas pequeñas esteladas y cantar ‘Els Segadors’ ya fuera del templo y al final del acto formal. Sí: había que tapar cualquier rendija que incomodara al dueño.
Puede aducirse, con razón, que dadas las circunstancias la lengua catalana no quedó tan malparada como se temía. Y hay que agradecer los esfuerzos para hacer entender a León XIV en qué leonera lingüística –perdonen el chiste– se metía, y que se hiciera cargo. Sin embargo, desde un punto de vista estructural, la presencia de la lengua catalana –al margen de la voluntad papal– se ajustaba al efecto autoritario que produce la condescendencia del Estado con el que, mostrando proximidad, logra que el súbdito le sea dócil y agradecido.
En el caso del Mundial de fútbol, el nacionalismo español que le acompaña es tan obvio, tan descarado, que no hace falta hacer tanto análisis. ¡Suerte que deporte y política no tienen nada que ver! En todo caso, presten atención a los comentaristas deportivos cuando un empate se narra como la derrota en la batalla de Trafalgar, o una victoria como la de la batalla de Lepanto. Y en cuanto a los procesos judiciales, mortifíquense unos minutos escuchando la «tertulianidad» mediática que los comenta: «Madrid se quema…»
Ante esta ola veraniega de nacionalismo español, propongo reaccionar con unos consejos similares a los que da el Procicat para la de calor. El Pronacat (Plan de Protección Nacional Catalana) recomienda hidratarnos, incluso cuando no se tenga sed patriótica, con lectura y música catalanas y con algunas canciones y recitados de Celdoni Fonoll. También nos dice que es mejor no salir de casa siempre que la tengamos ventilada, evitando las programaciones de marco mental forastero. Y finalmente, si es necesario salir, es recomendable buscar refugios nacionales, como los museos de arte catalán, particularmente los que ya han sido expoliados, como el Diocesano y Comarcal de Lleida, o los que lo serán pronto, como el MNAC. Y, sobre todo, hagan caso de las banderas ‘rojigualdas’ que, colocadas estratégicamente a golpe de sentencia de tribunales superiores, advierten del peligro de la presencia de quienes nos querrían ahogados.
EL PUNT-AVUI










