La novia navarra de Ricardo Corazón de León

LEYENDO hace algún tiempo una excelente biografía de Leonor de Aquitania, escrita por la escritora francesa Régine Pernoud, me encontré con un pasaje en que relata cómo Leonor concierta la boda de su hijo Ricardo, rey de Inglaterra, y al que las crónicas lo han distinguido con el título caballeresco de Ricardo Corazón de León con Berenguela de Navarra.

Esta mención suscitó mi interés por conocer más del hecho. ¿Quién era esta princesa navarra? ¿Por qué un rey que controlaba no solo Inglaterra, sino una porción substancial de Francia, se unía en matrimonio a una representante de la monarquía navarra y, sobre todo, por qué un personaje tan influyente y poderoso como Leonor, dos veces reina, de Francia primero, y más tarde de Inglaterra y madre y abuela de reyes y reinas de toda Europa, se había fijado en Navarra para una boda que, como todas las de la realeza en aquella época, tenía finalidades estratégicas o razones de Estado?

La historia nos revela que Berenguela, nacida en Pamplona o Tudela aproximadamente en 1166, era hija de Sancho VI el Sabio y de su esposa Sancha de Castilla. El hecho de que una reina tan clarividente y decidida como Leonor de Aquitania hubiera puesto sus ojos en este enlace parece demostrar la importancia del Reino de Navarra, Estado estratégicamente situado en los Pirineos, vecino fronterizo con sus otros estados familiares de Aquitania y con el que era conveniente establecer alianzas y tejer consensos.

Algunos autores, sin embargo, tratan de buscar la veta romántica o caballeresca del evento, en línea con la fama de Ricardo, insinuando que este pudo haber conocido a Berenguela en un torneo en Pamplona, habiendo quedado prendado por la belleza de la joven infanta navarra. Regine Pernoud llega incluso en su libro a decir que Ricardo habría dedicado a Berenguela en el torneo unos encendidos versos, pues no hay que olvidar que Ricardo era, según los relatos, un inspirado poeta. Cita, además, la escritora el testimonio del cronista Ambrosio, quien describe a la joven princesa navarra como «prudente doncella, gentil mujer, valerosa y bella».

Sea como fuere, el hecho es que la boda, que en principio estaba prevista para su celebración en Tierra Santa, pues Ricardo se había embarcado con su ímpetu característico en dirección a los santos lugares, formando parte de la tercera cruzada en la que se mediría con caudillo árabe tan poderoso cual era Saladino, tuvo lugar, por haberse refugiado la nave en que viajaba Berenguela, a causa de tormentas marinas, en la isla de Chipre, en la ciudad chipriota de Limasol.

Buscando las huellas del reino independiente de Navarra y su pasado esplendor en el concierto de estados europeos, he visitado el pasado agosto Limasol, rastreando lo que pudiese quedar de aquel acontecimiento. Según las crónicas Berenguela y Ricardo se casaron en la capilla de San Jorge el 12 de mayo de 1191. Otras fuentes ubican la ceremonia en la Iglesia Catedral. En todo caso hoy no queda de aquel templo más que unas escasas ruinas pegadas a la mezquita principal de la ciudad y protegidas por una barandilla.

Los turcos que conquistaron Chipre en el siglo XVI, arrebatándolo a los venecianos y que, como todos los conquistadores, transformaron las iglesias en mezquitas, dejaron de regir el país en el último tercio del XIX, en que lo cedieron al Imperio británico. No obstante, en 1974 volvieron a ocupar algo más de la tercera parte de la isla, la franja norte, estando por tanto hoy dividido Chipre entre la República de Chipre, miembro de la Unión Europea y en la que está enclavada la ciudad de Limasol, y la zona ocupada desde tal fecha por Turquía, quedando compartida la capital, Nicosia, por ambas entidades.

A pesar de la casi desaparición del lugar de tan fausto acontecimiento pervive la memoria del mismo, pues la ciudad de Limasol, el gran puerto de Chipre, se muestra orgullosa del mismo, informando prolijamente de la boda real en todas sus publicaciones turísticas.

Me impresionó el descubrir cerca del castillo medieval, enclavado en el barrio antiguo de Limasol, no lejos de la gran mezquita en la que se aprecian las ruinas ya citadas, una calle importante que lleva el nombre de Ricardo y Berengaria, en recuerdo de este acontecimiento. Por lo que observamos en la mayoría de las referencias históricas, se denomina a nuestra princesa no como Berenguela, sino como Berengaria.

La boda se celebró, según las crónicas, con gran pompa y alardes reales, pues, no en balde, el impetuoso Ricardo, ofendido por la conducta indigna para con su prometida y su propia hermana que viajaba también en la expedición, del déspota bizantino Isaac Conmenus, que gobernaba entonces Chipre, había tomado la isla por asalto, deponiendo al tirano y asegurándose así un apoyo estratégico para su empresa de conquistar Jerusalén.

Celebrada la boda, la comitiva real abandonó la isla en dirección a Palestina. Poco después Ricardo, quizás necesitado de dinero para sus andanzas guerreras como cruzado, vendió la isla a los caballeros templarios, yendo a parar la isla poco después a poder de uno de sus vasallos más conocidos, Guy de Lusignan, que se autotitulaba Rey Latino de Jerusalén. Berenguela, una vez llegados a Tierra Santa, residió durante los años 1191 y 1192 en San Juan de Acre, hasta que, cansada de esperar el regreso de Ricardo, que no cesaba de emprender acciones militares contra los musulmanes, se volvió a Europa, residiendo varios años en Poitiers, en el ducado de Aquitania.

Ricardo y Berenguela apenas convivieron durante los 8 años de su matrimonio, puesto que Ricardo, a su regreso de Palestina fue hecho prisionero por su enemigo, el duque de Austria, en aquel país, permaneciendo en cautividad hasta 1194. Nunca Berenguela viajó a Inglaterra y, salvo un corto periodo de apenas dos años, entre 1195 y 1196, en que aparentemente hicieron vida matrimonial, se mantuvieron alejados hasta la muerte de Ricardo en el sitio de Chalus, en Francia, en 1199.

Las crónicas son parcas respecto al carácter y virtudes de nuestra princesa. Por el tipo de vida que llevó Ricardo, alejado casi siempre de su esposa, empeñado en mil contiendas, por sus inclinaciones homosexuales, por su carencia de descendencia reconocida, no parece que fuese el amor el móvil de su alianza matrimonial, sino más bien los designios de su madre, Leonor de Aquitania, de emparentar con un reino vecino, Navarra, que le garantizase un apoyo estratégico en el tablero de la alta política europea.

Ni siquiera tuvo fácil su futuro como viuda, a la muerte de Ricardo, pues su sucesor, Juan sin Tierra, se negó a respetar las disposiciones testamentarias de aquel. Por fin, gracias a la intervención papal y al acuerdo con el Rey de Francia, a cambio de cesión de importantes territorios, se pudo retirar al señorio de Le Mans, en Normandía, donde permaneció, en relativo olvido, hasta su muerte en 1230. Su memoria, sin embargo, pervive a través de los siglos.