La materia y los sueños

Tal como está el panorama político del país, que transita entre la tragedia surrealista y la comedia adolescente, prefiero hablarles de un tema que siempre ha interesado algunos sapiens un poco despistados.

Cuando de noche miramos el cielo vemos cosas diferentes de las que se veían hace tan sólo un siglo: de hecho, no miramos con los ojos, miramos con la mente. Los primeros filósofos griegos se plantearon y dieron varias respuestas sobre cuál era la estructura última de la realidad, pero desde Aristóteles se impuso la visión de que los fenómenos terrestres y los de los cielos respondían a lógicas diferentes. Fue Newton, a partir de Galileo y Kepler, quien hizo ver que el mundo era un conjunto de objetos regidos por las mismas leyes físicas. Gravitación universal. Unas mismas ecuaciones explican tanto los movimientos de los cuerpos astronómicos como los terrestres. Fue un avance conceptual espectacular. Kant y los ilustrados quedaron maravillados por el éxito, la potencia y la sencillez de la explicación newtoniana.

Más tarde, Maxwell, a partir de los experimentos de Faraday y de su noción de campo -una especie de líneas de fuerza que llenan el espacio- explicará con nuevas ecuaciones la interacción de las fuerzas eléctricas y magnéticas. El guión de la física se complica, pero sigue siendo más o menos intuitivo. Además de cuerpos ahora hay campos que vibran y ondulan. La luz es una de esas ondulaciones. Ver es percibir luz, la cual es una de las ondulaciones de las líneas de fuerza de Faraday. Maxwell protagoniza otro momento espectacular: con un golpe de genio científico da explicación a la electricidad, al magnetismo y a la luz.

Pero entre las ecuaciones de Newton y las de Maxwell había algo que no funcionaba bien. ¿La velocidad de la luz era velocidad respecto a qué? Einstein sospechó que no pensábamos bien el tiempo. Dábamos por supuesto que el tiempo pasa igual para todos, que si dos eventos son simultáneos lo son para todos los observadores. Error. Einstein da cuenta de que sólo podemos hablar de un ‘ahora’ en cada ‘aquí’. No es cierta la imagen intuitiva de un ‘ahora’ que comprende todo lo que está sucediendo en el Universo en este momento. El espacio y el tiempo conforman un conjunto inseparable. También la masa y la energía. El salto que da Einstein en su segunda teoría de la relatividad (1915) resulta aún más sorprendente: el espacio-tiempo también se ondula como lo hacía el campo electromagnético de Maxwell, y se puede describir con ecuaciones basadas en la matemática de Riemann. Con la gravedad la luz se desvía y el tiempo se dilata. Un reloj en lo alto de una torre marca un tiempo más rápido que otro reloj situado en el suelo. Aparecen nuevos conceptos (agujeros negros, ondas gravitatorias, expansión del Universo, etc.). Es un profundo cambio de perspectiva sobre el mundo. Pero lo más espectacular todavía tenía que venir.

Cuando volvemos la mirada hacia lo más pequeño, hacia los átomos y sus componentes, llegamos a las ideas sorprendentemente magníficas de la teoría cuántica. Ni el espacio es el que enmarca toda la materia y la energía, ni el tiempo enmarca los eventos. En contra de lo que sugieren las limitadas intuiciones de nuestros cerebros macroscópicos, la física actual nos dice que el mundo no existe dentro del espacio ni cambia dentro del tiempo. Más bien se trata de vibraciones de campos cuánticos en interacción que crean la luz, las ondas, la energía e incluso el espacio y el tiempo. Y también a nosotros mismos, naturalmente.

Al igual que la relatividad de Einstein, que se desarrolla en dos etapas (las teorías de 1905 y 1915), la física cuántica comprende la formulada durante la mayor parte del siglo XX y la que se está desarrollando actualmente (gravedad cuántica). Ambas han supuesto una revolución intelectual aún más sorprendente que la relatividad einsteniana.

El mundo, incluida la luz, no es infinitamente divisible sino que tiene una estructura atomizada irreductible, un límite que no se puede traspasar. Los componentes últimos de la realidad (electrones, etc.) sólo pueden tener unos valores concretos, no los intermedios (Bohr), y, sorprendentemente, sólo se materializan cuando interaccionan con otra cosa. No sabemos nada sobre qué pasa entre dos interacciones. Ninguna variable física (energía, velocidad, etc.) queda definida entre estas interrelaciones (Heisenberg, Dirac). La realidad es, así, como un barco que desaparece en la niebla hasta la siguiente interacción. Y hay indeterminismo: las predicciones adquieren un carácter probabilístico. No hay certeza, sólo probabilidades en el comportamiento de los componentes fundamentales del mundo. El azar conforma la realidad. Las partículas y los campos se unifican. No es que los componentes últimos de la realidad se relacionen, sino que son las relaciones las que configuran la realidad. Más que cosas lo que hay son procesos. Heráclito. La física nos dice cómo el mundo acontece

Últimamente los científicos nos dicen que también el espacio es cuántico (átomos de espacio, vacío cuántico) y que el tiempo continuo no existe. Es una imagen difícil de imaginar. De hecho, la caverna en la que vivimos es mucho más profunda que la imaginada por Platón. No es que sólo captamos apariencias de la realidad, sino que toda realidad es aparente. No estamos hechos ni siquiera de la materia de la que están hechos los sueños (La tormenta, IV, I).

La imagen relativista y cuántica de la realidad quizás constituye la conquista intelectual más grande realizada por estos primates extraños que viven en un planeta de una estrella vulgar, la que sólo ha conocido el último tercio de la historia de un Universo formado por cientos de miles de millones de galaxias. La isla del conocimiento de la que hablaba Kant la vamos haciendo más grande. Pero al mismo tiempo los océanos que la rodean y que aún tienen que descubrir se van haciendo más extensos.

Al final parece que quien tenía más razón sobre el mundo era Anaximandro y su apeiron, que ahora incluye al azar, como el elemento conformador de unos átomos y un vacío de los que ya nos hablaron Leucipo y Demócrito hace dos mil quinientos años.

ARA