Este curso que ha terminado 2024-2025 ha sido el primero en que el ruso ha dejado de ser lengua de enseñanza en Estonia. Cuando estuve allí el pasado verano, me lo anunciaron. De hecho, ya hablaba la periodista Anna Solé Sans en el interesante artículo “Estonia y el problema del bilingüismo: ¿qué pasa con el ruso?” (1), del año 2023, que yo todavía no lo había leído, del que destaco las multas en las escuelas con profesores que no hablan finalmente el idioma estatal, que utilizan el ruso, que allí pasa, obviamente, a obtener la consideración de lengua extranjera. Una decisión legítima acertada, una acción coercitiva resolutiva: por muy diestra que sea una disposición, ¿de qué sirve un marco legal razonable si no se sanciona a quien lo vulnera? Andorra, por fin, ha empezado a hacerlo también. Hobbes tenía razón.
Viajar sirve, entre otras cosas, para comparar la realidad de otros países con la nuestra. Y el contraste es evidente. Empezando por el hecho de que Estonia es un Estado independiente (porque en 1991 supo aprovechar la ocasión de la crisis de la URSS) que aplica las leyes propias sin interferencias del Estado vecino por muy poderoso e imperialista que sea. Por lo que discrepo de quienes pretenden normalizar plenamente la lengua catalana sin tener un Estado propio, es decir, sin la independencia política plena, como parece que defienda el 57º Premio de Honor de las Letras Catalanas, el filósofo, teólogo y traductor Pere Lluís Font, a quien no complace el modelo irlandés: «Los irlandeses tienen independencia política pero perdiendo la lengua. A mí si me quitan la lengua, ya se lo doy todo», ha declarado en una entrevista. Claro, a mí tampoco me gusta lo más mínimo lo que ocurre con la amortiguada lengua propia de Irlanda, porque quiero una lengua viva, hegemónica y potente en un país independiente, fuerte y poderoso. Ambas cosas. No vale escudarse en la defensa de la lengua y obviar la referencia a la liberación nacional. Hoy, en medio de la ofensiva española contra la inmersión lingüística en nuestro sistema educativo, sabemos que, si antes queríamos salvar las palabras para salvar al país, ahora debemos salvar al país para salvar las palabras. Lo diré sin una brizna de derrotismo, sino de activismo: con mucha probabilidad, una nación como Cataluña sin Estado propio será, si no aplicamos el remedio de la secesión, un pueblo sin lengua propia en un futuro no muy lejano.
Sobre todo, si se esconde su conflicto lingüístico y se da por bueno el bilingüismo, es decir, el supuesto contacto inocuo entre el catalán y el castellano (y el francés) mediante una idílica convivencia pacífica eterna sin consecuencias para la lengua amenazada. Como si no significara nada y sólo fuera sexo, haciendo uso de la sabia procacidad característica de Vinaixa de Abel Cutillas. Contra la estafa de la Cataluña bilingüe, se estrenó el 29 de mayo de 2025, en los cines Girona de Barcelona, un documental con el mismo título que este artículo, codirigido por el filólogo Jordi Bilbeny y por el cineasta Ignasi P. Ferré, financiado mediante micromecenazgo, es decir, sin haber sido subvencionado, lo que le garantiza la independencia intelectual y política imprescindible. El preestreno se había realizado en la Universidad ‘Nueva Historia’ del año pasado. Este año, en la XII edición de esta universidad, que tendrá lugar en el convento de San Francisco de Montblanc, de los días primero al quinto de agosto, con un interesante programa (https://www.inh.cat/universitat), se realizará, entre otras ponencias sobre aspectos censurados de la Historia de Cataluña, un homenaje a los alcaldes de la Cataluña Norte por la Lengua, a cargo de Àstrid Bierge, periodista, y Ferran Suay, Doctor en Psicología, para aprender a mantener la lengua catalana en situaciones comunicativas adversas por la presión del castellano, deshaciendo otro engaño: que uno no es más cortés si cambia del catalán al castellano en una conversación con un forastero recién llegado que debería aprender la lengua del país que la acoge, esclavo de la norma de convergencia lingüística interiorizada en castellano. En el interesante programa del canal de YouTube de Víctor Puig, para superar el sometimiento lingüístico, Bierge propone, con razón, que dejemos de hablar castellano.
Como ya escribí y publiqué un artículo contra la falacia de la diglosia, porque lo que sufre la lengua catalana es sustitución lingüística (versus normalización lingüística), como ya estableció Lluís Vicent Aracil, y no diglosia (el uso complementario de dos lenguas para funciones diferentes sin conflicto), como también demostró Miquel Pueyo (el filólogo, sí; el político, no), hoy comentaré el documental, el contexto y el libro del que parte.
Hay películas dramáticas basadas en novelas y documentales basados en ensayos: éste es el caso de este documental. Los filólogos Francesc Bernat Baltrons, Mireia Galindo Solé y Carles de Rosselló Peralta, miembros del Centro de Investigación en Sociolingüística y Comunicación de la Universidad de Barcelona, publicaron en el número 30 de Trabajos de Sociolingüística Catalana, del año 2020, un estudio sobre «El proceso de bilingüización en Cataluña en el siglo XX» conclusión de que las clases populares catalanas no habían sido completamente bilingüizadas hasta bien entrado el siglo XX. De este estudio, Joan Antoni Guerrero hizo un resumen en el diario digital ‘El Món’, del 23 de agosto de 2020, que llevaba por título «La mitad de los catalanes ni siquiera entendían el castellano a finales del siglo XIX». Los comentarios que generó, sobre todo de testigos que avalaban esta falta de conocimiento de la lengua castellana por parte de padres, abuelos o conocidos cercanos y que, sin embargo, les permitía vivir sanos y salvos con absoluta conciencia de no necesitar ninguna otra, fueron tantos y tan jugosos que Jordi Bilbeny los aprovechó para hacerlo; con el título que daría nombre al documental posterior: «La estafa de la Cataluña bilingüe». Y en el año 2021 los tres filólogos anteriormente citados publicaron el libro ‘El castellano en la Cataluña contemporánea: historia de una bilingüización’, de Onada Edicions.
El documental demuestra con testimonios orales y documentos históricos que el castellano es en los Països Catalans una lengua impuesta por las leyes de censura inquisitorial desde el siglo XVI y por la fuerza de las armas desde el siglo XVIII, y que no se generaliza su conocimiento hasta bien entrado el siglo XX mediante, sobre todo, la facilitación del conocimiento de la lengua castellana por la escolarización obligatoria (entre otros factores más sutiles), muy bien estudiada por Miquel Pueyo en su tesis doctoral, publicada, en parte, en el ensayo ‘Tres escuelas para los catalanes’. Es decir, es científicamente falso que el castellano esté presente en los Països Catalans desde tiempos inmemoriales y de forma cordial y amable.
Sabido esto, estamos en condiciones de afirmar que aprender castellano obligatoriamente en nuestras escuelas y en nuestros institutos es una imposición política, es imperialismo español; que nuestra segunda lengua para ir por el mundo y hacernos entender debe ser el inglés; que la cooficialidad del castellano es también una imposición por derecho de conquista; y que la única lengua propia de los Països Catalans es el catalán. Después de haber analizado la historia de la imposición del castellano en los Países Catalanes, una de las intervenciones más brillantes del documental es la de Roger Mallola, que formula la lúcida tesis política para el salvamento del catalán: precisamente porque hacemos uso del mismo nos proclamamos hombres y mujeres libres, es decir, nuestra firmeza como catalanohablantes está inseparable la nación catalana para que un Estado propio proteja e imponga la lengua catalana en el dominio lingüístico que le es propio.
El documental (que la productora comercializará y distribuirá en breve en salas comerciales y en entidades interesadas) y el libro (del que parte el documental y que se puede encontrar en cualquier librería o biblioteca) deberían formar parte de los fundamentos teóricos científicos para la firme política lingüística nacional que necesita la lengua catalana para alcanzar la plena normalización. Este Pacto Nacional por la Lengua de ahora, ese parche de 138 páginas que con cuatro reales (255M€ sólo representan el 1,1% de los 22.000M€ del expolio fiscal que sufrimos los catalanes cada año), que quiere mejorar vete a saber qué efectivamente, que no pretende ir en detrimento del castellano, es un invento de poca monta de los neofalangistas del PSOE que gobiernan en Cataluña y en España (mediante una leve pátina social y autonomista pero con una profunda españolidad absolutista) con el apoyo de los comparsas traidores de Junts per Catalunya y ERC. Que Junts per Catalunya no se haya añadido forma parte, pues, de la farsa: pura táctica partidista; que lo haya hecho ERC, también. Y que los ilusos cuperos propongan otras curvas legales autonómicas inútiles da risa. Como no milito en ningún partido político, puedo decirlo con absoluta independencia. Que Plataforma por la Lengua y Ómnium hayan dado su apoyo no es extraño dada su decadencia nacional por su dependencia procesista. Pero las hay para alquilar sillas que la Coordinadora de Asociaciones por la Lengua Catalana (CAL) se haya sumado al mismo: es una vergüenza, que desacredita a esta coordinadora y sus acciones, como el Correllengua. En Reus, por ejemplo, en vez de generar un discurso alternativo, las entidades que lo coorganizan incluso invitan a los partidos que han provocado la actual situación de preocupante minorización del catalán: es demencial. Como si esos partidos fueran salvadores de algo en materia sociolingüística. Suscribir este Pacto supone exonerar a los notables locales de cualquier responsabilidad en el proceso de sustitución lingüística. Fijémonos en que la política lingüística de la Generalitat de Catalunya ha ido pasando de una Dirección General de la Consejería de Cultura a una Secretaría General de Presidencia hasta una Consejería: cuanto más arriba, cada vez ha sido más ineficaz. Señal de que el poder autonómico y familia son una tomadura de pelo. El poder necesario es el de Portugal: terrenal, estatal y real.
Resistir, mientras no hagamos la independencia, querido Jaume Marfany, no consiste en pactar con el enemigo, sino en aguantar la posición, en afianzarse en la convicción de una lengua catalana fuerte y hegemónica, en la acción que arrebate al castellano los espacios que ha invadido ilegítimamente. Mientras tanto, mientras luchamos por un país libre, es decir, independiente, con plena soberanía para imponer la lengua propia en todos los ámbitos sociales de la nación, que es lo que hacen los países normalizados porque quieren de veras su lengua, no podemos bendecir la engañifa del invasor ni la colaboración de sus propietarios. Mientras no se provoque que el conocimiento y el uso del catalán tengan un carácter obligatorio y necesario, seguiremos viendo cómo la lengua permanece indefensa y constatando que los estafadores nos quieren convencer de que son honestos, buena gente e incluso patriotas. En Estonia, lo tienen claro y estonio.
(1) https://www.elnacional.cat/es/internacional/estonia-problema-bilingueismo-pasa-ruso_1070517_102.html
RACÓ CATALÀ










