DEMOGRAFÍA La mayoría de los que dudan son habitantes de Glasgow y su periferia industrial
MODELO SOCIAL Muchos escoceses no sienten hostilidad hacia Inglaterra, pero sí hacia los ‘tories’
MÁS RED SOCIAL En Escocia hay una tradición colectivista que no se da en Inglaterra
POBREZA La esperanza de vida en los peores barrios de Glasgow es de tan sólo 63 años
En Catalunya hay votantes que hasta hace poco no eran independentistas, pero que se han convertido por el revolcón al Estatut y el desequilibrio de la balanza fiscal, porque se sienten ignorados, ninguneados o faltados al respeto por todos los estamentos del poder central: el ejecutivo, el legislativo y el judicial. Porque no ven posible una relación equilibrada con Madrid. Porque han perdido la fe en España.
En Escocia hay votantes que no son aún independentistas, pero que dudan en convertirse a la causa después de cuatro años de Gobierno conservador en Londres, frustrados y hartos por la destrucción sistemática del Estado del bienestar, la privatización de la medicina y la sanidad públicas, la devaluación interna, las reducciones salariales y de pensiones para que las empresas vuelvan a tener beneficios y bajen los números del paro, la sustitución de los trabajos seguros y bien pagados por otros precarios y mileuristas, el empequeñecimiento del Estado y su renuncia a toda pretensión distributiva, la desaparición del concepto de solidaridad.
Son, en su mayor parte, tradicionales votantes laboristas desilusionados por el giro a la derecha de su partido desde los tiempos de Tony Blair, y su transformación en una especie de conservadores descafeinados que matizan algunas de sus propuestas más radicales pero no cuestionan en absoluto los valores del sistema capitalista. Y que, sin tener una inclinación natural al soberanismo, se sienten más próximos a los postulados socialdemócratas del Partido Nacional Escocés (de centroizquierda) y se preguntan si deben sacrificar la unidad del país con tal de desligarse del Gobierno Cameron y de los futuros gobiernos de Londres.
Estos electores se encuentran mayoritariamente en el East End industrial de Glasgow y en las barriadas periféricas como Clyde, East Kilbride o Dunbarton. En Govan, el barrio de los astilleros donde creció sir Alex Ferguson (exentrenador del Manchester United). En capitales de la revolución industrial como Paisley, donde los cascarones de las antiguas fábricas textiles rodean el estadio del Saint Mirren. En Parkhead, alrededor del campo del Celtic. En Ferguslie, Possil y Keppochhill, tres de las áreas más deprimidas de todo el Reino Unido. En la Red Road, donde el año pasado fueron demolidos ocho rascacielos conocidos como las torres rojas que albergaban gran número de inmigrantes, pero no por ello ha disminuido la miseria. Simplemente se ha ido con la música a otra parte.
“Toda mi vida he creído en la solidaridad de las clases trabajadoras y en que los obreros y los parados de Glasgow hemos de hacer piña con los de Newcastle, Manchester y Liverpool, en vez de abrir una brecha con ellos, por eso me oponía a la independencia de Escocia –explica Magnus Auld, un dirigente sindical de Paisley–. Pero estoy cambiando de idea, e igual que yo mucha gente que conozco. El Partido Laborista ya no nos representa, y los tories son tan sólo la voz de la City, de la patronal y de las clases acomodadas del sudeste del país (Kent, East Sussex, Surrey…). Nos hemos quedado huérfanos. El SNP tal vez no sea la panacea, pero propugna una Escocia socialdemócrata más justa con la que nos resulta más fácil identificarnos”.
Las últimas encuestas de opinión apuntan a un 53% de apoyo a que Escocia siga siendo parte del Reino Unido, un 35% a favor de la independencia, y un 12% de indecisos. La mayor parte de esos indecisos están en Glasgow y su periferia, en barrios populares tradicionalmente controlados por el Labour, pero que ya en las últimas elecciones escocesas dieron la campanada y eligieron a políticos del SNP como sus representantes tanto en Westminster como en el Parlamento autónomo de Holyrood. Y que fueron decisivos para convertir a Alex Salmond en primer ministro del país. ¿Irán ahora un paso más allá y votarán por la secesión?
Los 18 puntos a favor del no en ese último sondeo hacen parecer bastante improbable que Escocia se pronuncie por la independencia a mediados de septiembre. El vuelco tendría que ser enorme. Pero si la mayoría de indecisos optase por la opción soberanista, el sí podría incluso superar el 40%. “Para el SNP no se trata de una carrera de cien metros sino de un maratón –señala el analista Stephen McCurran–, de ir conquistando poco a poco a quienes dudan. Sus líderes saben perfectamente que el referéndum probablemente van a perderlo, pero la cuestión de la soberanía no quedará por ello aparcada durante generaciones como ocurrió en Quebec. La autonomía ya ha favorecido el independentismo, porque ha creado un gusto por la gestión de los asuntos propios desde la proximidad de Edimburgo en vez de desde la lejanía de Londres. La plena soberanía fiscal propiciará aún más la sensación de que el país puede gestionar perfectamente su economía, sin que pase nada, y disipará los miedos que ahora estimula Londres. Lo importante es que haya una progresión, aunque sea lenta”.
Las clases trabajadoras de Glasgow son la pieza esencial de ese puzle. “La independencia –opina Ewen MacAskill, un periodista de The Guardian que ha regresado a Escocia después de siete años en EE.UU.– no se va a decidir en Aberdeen (donde está la industria del petróleo), ni en los remotos pueblos de las Tierras Altas, ni entre los intelectuales de Edimburgo, sino en Glasgow y sus barrios obreros. He encontrado la ciudad muy cambiada, y entre mis amigos y familiares hay independentistas que antes no lo eran. Y muchos indecisos”.
El paisaje de Govan, Parkeaed, Dunbarton o East Kilbride no es particularmente edificante para el espíritu, y ayuda a explicar por qué sus estadísticas en materia de mortalidad infantil, pobreza, esperanza de vida (63 años para los hombres, cinco menos que en el conjunto de Escocia), obesidad, consumo de drogas, delincuencia, inseguridad y alcoholismo figuran entre las peores de toda Europa Occidental. Locales vacíos que llevan meses sin alquilarse. Tiendas de todo a cien. Pubs con las puertas y ventanas cubiertos de cartón piedra. Colas en los centros para cobrar el subsidio del paro.
Hay barrios de las afueras (los siniestros bloques de apartamentos se ven desde el cinturón de ronda) a los que no llega ningún tipo de transporte público, sin tiendas ni supermercados, y cuyo abastecimiento depende de camionetas que acuden una vez a la semana y cargan precios desorbitados por la carne, el pescado y las verduras frescos. Ciudades sin ley, paraíso de los narcotraficantes, donde ni la policía entra.
“Ya no es una cuestión de independencia o no independencia, es una cuestión del modelo de sociedad que queremos –dice Martin Strachan, un estudiante de Ciencias Políticas de la Universidad de Glasgow–. En Escocia hay una tradición colectivista de la que carece Inglaterra, por eso Thatcher fue detestada desde el primer momento, a Blair le vimos el plumero antes que nadie, y los conservadores carecen prácticamente de representación. Salmond y el SNP no son perfectos, pero entienden el país de una manera que resulta completamente ajena al primer ministro Cameron o al líder laborista Ed Miliband. Conozco mucha gente que se siente cómoda con la idea del Reino Unido, con la reina y toda la parafernalia, que apoya a equipos de fútbol de Londres o Manchester. Pero detesta a los actuales políticos ingleses y se plantea desvincularse de ellos como sea”.
Así piensa Joshua Hamilton, un escocés negro de origen caribeño, y lo explica en el pub The Louden de la Kent Road, una de las principales arterias del deprimido East End de Glasgow: “Vine a este país como inmigrante, y mi naturaleza es universalista, quiere un mundo más amplio en vez de un mundo más estrecho. Pero Cameron y su Gobierno de coalición me están empujando a votar por la ruptura, porque sólo defienden los intereses de las élites, la aristocracia, la banca, la City, los empresarios y los poderes establecidos. Lo que pretenden es minimizar el Estado. Y tal vez sea mejor un país más pequeño con un Estado más grande que un país más grande con un Estado más pequeño”.
La Vanguardia







