Un gobierno que no puede resolver los problemas cotidianos de sus ciudadanos no merece llamarse gobierno. El axioma –que podría atribuirse perfectamente a cualquier clásico del pensamiento político– parece haberse borrado de la memoria política catalana, pero es la clave para entender todo lo que nos pasa. Porque el espectáculo organizado en Cercanías demuestra claramente y una vez más que en Cataluña la autonomía constitucional española, el estatuto, en realidad no sirve ni para que un tren llegue a la hora a la estación.
Después del 155 –y tras el retroceso general en la ambición de los partidos independentistas–, creo que la Generalitat de Cataluña se ha convertido definitivamente en una estructura administrativa vacía y sin alma, en un simulacro de poder que tan sólo quiere esconder su incapacidad bajo una montaña de papeles oficiales y discursos vacíos, de escenografía y apariencias. Pero que no es capaz de prestar el servicio que el país le reclama: ser el gobierno.
No podemos cometer el error de entender la pintoresca polémica con Cercanías –esta manera en que un acuerdo político se ha convertido en nada por cuestiones aparentemente técnicas– únicamente como el debate sobre un servicio de transporte y sus circunstancias: es la metáfora perfecta de la inutilidad de nuestro autogobierno y, por tanto, de la necesidad imperiosa de sustituirlo.
Porque es tan indignante como revelador contemplar que el autogobierno catalán no puede ni siquiera responder a una de las necesidades más básicas del país: moverse por el territorio. Que la movilidad diaria de cientos de miles de catalanes dependa de una administración lejana y absolutamente indiferente a lo que ocurre y que esto se acepte con una resignación casi fatalista, retrata mejor que nada la inutilidad perfecta de nuestro autogobierno actual.
El Estado español, tal y como hemos visto perfectamente este fin de semana, siempre encuentra y encontrará motivos para perpetuar la dependencia y el maltrato a los ciudadanos. Hoy son los sindicatos, mañana serán los informes técnicos, pasado mañana se inventarán alguna exótica normativa europea o será cualquier otra cosa. Y lo sabemos todos: Cercanías no mejorará ni en dos años ni en cuatro ni en cuarenta, salvo que cambiemos el marco constitucional. ¿Qué otra prueba necesitamos?
Pero lo interesante –y que quiero resaltar hoy– es que ésta era precisamente la razón para desencadenar el proceso de independencia. En estas circunstancias es cuando hay que recordar a todo el mundo que la independencia se puso sobre la mesa porque, vista la sentencia del constitucional español contra el estatuto, todo el mundo entendió que el camino autonomista había terminado y muerto, porque condenaba a Cataluña a la decadencia y al mal gobierno. La respuesta española a la concienciación social fue la violencia y esta violencia ha conseguido que la clase política recule decenios hacia atrás y que una parte de los ciudadanos se haya creído que la independencia no se podrá hacer nunca, que «no nos la dejarán hacer».
Pero resulta que los hechos del día a día –esos trenes que no van, por ejemplo– nos recuerdan que la independencia no es ningún capricho, ni una simple opción ideológica, sino una necesidad absoluta. Y todos podemos constatar, porque es visible, que el precio de la no independencia es una catástrofe social.
De modo que, frente a esta paradoja, es necesario dejar las cosas claras. Primero hay que decir bien alto –y que cada uno piense en la responsabilidad que le toca– que la claudicación, el desencanto y la fatalidad no resuelven nada; al contrario, sólo consolidan un sistema diseñado para mantenernos subordinados. Y segundo, que aceptar esta situación de sumisión crónica no es únicamente un error político convencional, es también un suicidio colectivo a plazos. El suicidio de la nación catalana, de la sociedad catalana, de la economía catalana, de la vida de la gente, de Barcelona incluso.
La elección a hacer, pues, es si como sociedad estamos dispuestos a seguir aturdidos por la violencia española. O no.
VILAWEB
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El sindicato español de los trenes españoles
En el orden de las siglas, el sindicato de los maquinistas de Renfe (SEMAF) es antes español que otra cosa. Y lo aplican con contundencia. Basta con este puñado de trabajadores públicos -con el apoyo activo de CCOO y UGT, por cierto- para tumbar una negociación política y que la famosa empresa mixta Estado-Generalitat pase a ser de propiedad mayoritaria estatal y, además, quede garantizado que en el futuro seguirá dependiendo del Grupo Renfe. En sí, el resultado final no es muy diferente porque este traspaso se ha anunciado tantas veces que poca gente espera nada, pero políticamente es significativo que un grupo de 800 trabajadores de Renfe lo tenga tan fácil para cambiar un acuerdo que se suponía histórico en una infraestructura esencial para este país .
En cualquier caso, lo que sí es importante es la actitud de estos 800 supuestos profesionales ante una crisis en el servicio que lleva durando dos décadas. Cuesta imaginar cualquier otro sector que, ante un desastre de esta magnitud, sea capaz de mantener esta voluntad de pasotismo olímpico de forma indefinida. Y como está claro que desde la cabina de mando, día a día, se les debe ver la cara a los usuarios torturados, sólo queda deducir que, simplemente, les resbala el sufrimiento de los ciudadanos a los que sirven y que les pagan el sueldo.
Esta pachorra descomunal tiene que ver, seguro, con el hecho de que, según cifras de Renfe, cada año se renueva un 40% de los maquinistas que trabajan en Cataluña, por lo que la mayor parte de ellos -un 70%- son gente que viene de otros territorios del Estado. Traducido al catalán, esto significa que con sólo llegar ya quieren irse y que el interés de la mayoría es huir cuanto antes de la red desastrosa que da servicio a los pasajeros catalanes. Es decir, que al trato colonial de las inversiones se le añade la actitud colonial de los funcionarios que nos envían desde la metrópoli. De la Red Nacional de Ferrocarriles Españoles viven los del Sindicato Español de Maquinistas… Es increíble que funcione algún tren de vez en cuando.
EL MÓN