‘La extraña derrota’: este fue el título del testimonio dejado por el historiador Marc Bloch para analizar la facilidad con que Francia se derrumbó ante el ataque alemán, en mayo de 1940. Redactado clandestinamente meses después de la increíble derrota, Bloch, que por su condición de resistente y judío cayó asesinado por la Gestapo cuatro años después, quiso denunciar las responsabilidades compartidas de la destrucción de su país, entre la abulia y la incompetencia de las élites y la suicida complacencia popular. Una Francia impotente, bipolar, dividida, indolente y atemorizada que cayó por el peso de las propias contradicciones, más que por el empuje de la Wehrmacht.
Francia disponía de unas élites incompetentes y reaccionarias, antisemitas, con pánico ante las perspectivas revolucionarias, escandalizadas ante las primeras vacaciones pagadas que el socialista judío e izquierdista Léon Blum había concedido a los trabajadores franceses poco antes. La ocupación alemana y el gobierno títere de Vichy sirvieron, pues, como perfecta excusa para llevar a cabo la agenda política largamente anhelada por unas clases dirigentes profundamente autoritarias, jerárquicas y tradicionalistas en el peor sentido del término, en una especie de franquismo menos sangriento en guerra abierta contra la disidencia.
Resulta tentador hacer una comparación de la España actual con la Francia de hace setenta y dos años. Con la diferencia de que ningún De Gaulle nos ha hundido el régimen. Al contrario, la Transición permitió acomodar el franquismo a la Constitución, sin que las élites consolidadas en 1939 vieran mermada su posición. De hecho, la España reaccionaria, autoritaria, monopolizadora de todos los resortes del poder, mantiene intactos los privilegios y, como nos muestra la FAES, exhibe impúdicamente su ideología. Y, si fuéramos más atrás, veríamos las líneas de continuidad con las mentalidades y las maneras de hacer de un viejo imperio que no ha dejado de retroceder desde el siglo XVII y es incapaz de aceptar que los tiempos han cambiado y que ya no se puede vivir de actividades extractivas, mientras aún buscan la plata de Potosí en los bolsillos de los catalanes.
La contradicción entre el mundo moderno y las estructuras carcomidas y anacrónicas del viejo imperio hispánico parecen metaforizarse en la caída de la monarquía en el cementerio de elefantes en Botswana. Una institución anacrónica, símbolo de la permanencia del Estado en el viejo orden imperial, donde la tramontana de la crisis económica ha puesto en evidencia una débil fachada democrática, ha dejado al descubierto sus miserias. Una fachada que se cae a pedazos y muestra las viejas estructuras de la aristocracia dominante, compuesta de una conferencia episcopal retrógrada, un alto funcionariado incapaz de comprender el mundo, un empresariado dominante de vocación rentista y especulativa y una clase política de formas y contenidos inquisitoriales, que atribuyen las culpas de todos los males al infiel nacionalista.
La crisis ha hecho caer la fachada democrática, porque en pocos meses los herederos ideológicos (a menudo también biológicos) del franquismo y las estirpes imperiales han dinamitado los precarios pactos de la Transición. Se ha roto el pacto social, porque la reforma laboral ha destrozado la concertación social y los recortes han hundido el insuficiente estado del bienestar. Se ha roto el pacto político, porque el estado profundo ha impedido investigar las violaciones de los derechos humanos durante la dictadura y ha perseguido a los sectores que buscaban la verdad (el caso Garzón y los obstáculos judiciales ante el caso de los niños robados son una buena muestra). Se ha roto el pacto económico, porque las élites, como la nobleza durante el antiguo régimen, se negaron a pagar impuestos mediante el fraude, el paraíso fiscal o su versión legalizada, unas SICAV con gran presencia de grandes de España. Y, finalmente, la costura más desgastada, donde se prevé más quebradiza: se ha quebrado el pacto nacional, donde a la aspiración de una España plural se interpuso el café para todos, y ahora los herederos de un imperio de estética que se acerca a la de Darth Vader imponen la vieja aspiración conde-duque-olivariana de la recentralización hostil.
Como en la Francia de 1940, la intervención alemana ha sido la excusa perfecta para llevar a cabo la agenda oculta, largamente anhelada por el corazón de las tinieblas del obsoleto imperio: un retorno desacomplejado al antiguo régimen, una sociedad del privilegio, el retorno de los estamentos, el autoritarismo despiadado, la desigualdad extrema, el privilegio feudal de grandes empresarios y legionarios de Cristo. Es por ello que buscan poner fin a la sanidad, la enseñanza, las pensiones, la universidad, los medios públicos, el catalán o cualquier ensayo de igualitarismo y pluralidad. Todo ello entre la suicida incompetencia de las élites y la indolente pasividad social. El Partido Popular ha decidido, pues, apagar los motores y dirigir el avión contra las montañas, confirmó la autodestrucción a cámara lenta de un Estado condenado a la insignificancia. Y, en este contexto, los catalanes no nos queda otra salida que pulsar el botón de la independencia y eyectarnos de la condenada nave imperial, única opción realista de supervivencia colectiva. Claro que también tenemos aquí nuestro propio Vichy, que utiliza los recortes Merkel-Guindos como una justificación de su reaccionaria agenda política, y que hace todo lo posible para escamotearnos los paracaídas.






