Kundera y la pequeña nación

Iluminar, sin querer, lo que nadie quiere ver. De una guerra que ya muchos quieren olvidar. Esa es la virtud –no buscada– del largo artículo del filósofo Jürgen Habermas sobre cómo salir de un conflicto como el que ha provocado la invasión rusa de Ucrania. Son los sintagmas no escritos los que describen las trampas. En medio de consideraciones de gran sentido común, ensayando un equilibrio imposible entre perspectivas distintas, el prestigioso pensador alemán suelta la pregunta del millón de dólares: “¿La finalidad de nuestras entregas de armas a Ucrania es que esta ‘no pierda’ la guerra, o más bien lograr la ‘victoria’ sobre Rusia?”.

Así planteada la disyuntiva, se hace invisible lo único real para los ucranianos: si son derrotados por Putin, dejarán de existir como nación. Sometido a un gobierno-títere de Moscú, el pueblo ucraniano volverá a desaparecer, tal vez para siempre. Eso es lo que Habermas no pone sobre la mesa, aunque se refiere a “la dolorosa suerte de una población que, tras muchos siglos de dominación extranjera polaca, rusa y austriaca, no obtuvo su independencia como Estado hasta la caída de la Unión Soviética”.

Los ucranianos luchan para no ser borrados del mapa y de la historia. El colega Mas de Xaxàs lo ha resumido muy bien: “Si resisten y arriesgan su vida es para ser lo que son”, porque “ellos no quieren formar parte del nuevo imperio ruso y Putin no quiere otra cosa que devolver a Rusia toda la tierra que cree que le pertenece”. ¿Podemos empatizar con esta circunstancia? Depende del lugar del observador. Milan Kundera –checo que se exilió en París– empatiza más que Habermas. No es casual.

Tusquets ha editado (en catalán y castellano) un libro que incluye dos ensayos breves del autor de La insoportable levedad del ser bajo el título de Un Occidente secuestrado. En el texto escrito en 1983, seis años antes de la caída del Muro, Kundera da varias claves para comprender precisamente lo que no está en el radar de Habermas (y de muchos analistas y políticos que escriben desde Berlín, París, Roma o Madrid).

Lo hace a partir de preguntarse qué es una nación pequeña: “Una pequeña nación es aquella cuya existencia puede ser cuestionada en cualquier momento, aquella que puede desaparecer y lo sabe. Un francés un ruso o un inglés no suelen hacerse preguntas sobre la supervivencia de su nación. Sus himnos no hablan más que de grandeza y de eternidad. Ahora bien, el himno polaco empieza con este verso: ‘Polonia aún no ha perecido…’” Todo esto se entiende mejor desde Barcelona, Bilbao, Edimburgo, Dublín o Gante.

Obviamente, desde el punto de vista geográfico y demográfico, ni Polonia ni Ucrania (la más extensa del Viejo Continente, si exceptuamos Rusia) son naciones pequeñas, pero aparecen como tales, porque apenas han podido realizarse, amenazadas, ocupadas y desfiguradas por potencias imperiales vecinas. El mismo Habermas califica a Ucrania de “nación en ciernes”, al ser la más reciente de las que acceden de forma tardía a la estatalidad en Europa.

Kundera ve el mapa a través del cristal de su Chequia natal y eso nos ayuda a entender el dilema trágico de la Ucrania de hoy. Se trata de un discurso de 1967, ante el Congreso de Escritores Checos. Poco después tendría lugar la Primavera de Praga y, para acabar con ella, la invasión soviética de 1968: “La existencia de la nación checa nunca se ha sentido como una evidencia, y es justamente esa no evidencia uno de sus mayores atributos”. La cultura como razón de ser de las naciones pequeñas, la cultura como forma de poder frente al invasor, que trata de borrar la diferencia y congelar la historia. Las culturas checa, húngara, polaca, ucraniana como forma de cultura europea frente a “la asimilación a una nación más grande”.

Marta Rebón nos ha explicado que, en el XIX, se prohibieron las publicaciones en ucraniano y se decretó que esa lengua “no existió, no existe ni puede existir”. Y, en la década de 1930, la práctica totalidad de los intelectuales ucranianos fue eliminada.

Habermas afirma que “la alternativa necesaria –frente a una continuación de la guerra cada vez con más víctimas– es la búsqueda de compromisos tolerables”. ¿Cómo hay que entender eso desde Kyiv? ¿Qué compromiso es posible con alguien como Putin? No pretenden ser héroes. Los ucranianos sólo quieren existir. Y haciéndolo, nos recuerdan qué es la Europa que nos define y la que debemos reforzar y ensanchar.

LA VANGUARDIA

Cataluña no existe

Jordi Cabré

ARA

La gran diferencia entre Cataluña y España es que España existe y Cataluña no. Cuando repasas las razones por las que la inferioridad de condiciones es tan clara, llegas a la conclusión de que toda la fuerza de que dispone el Estado recae en que nadie niega su existencia: la “nación española” existe porque existe un Estado que permite que exista jurídicamente. Sin embargo, que exista una comunidad autónoma catalana no comporta que exista jurídicamente una “nación” catalana. El eufemismo “nacionalidad”, tan infértil y desvirtuado, hoy no la diferencia de una región vulgar y común. Por eso es importante que mediante sentencias europeas se vayan introduciendo conceptos como “grupo objetivamente identificable”, o alusiones al respeto a las “minorías nacionales”: no porque Cataluña sea ninguna de las dos cosas, sino porque jurídicamente es lo único que la hace aparecer en el mundo. Ni el Estatut ni la Constitución lo hacen. Y no lo harán en el futuro.

«La naturaleza es lo que olvidamos cuando afirmamos la ley”, afirma Gregorio Luri en su último libro. Y ésta es la buena noticia: España no existe. Sin la ley la nación española no existe, no se sostiene, es una mentira, un ‘nasciturus’. Si el defecto de Cataluña es que no existe jurídicamente, el talón de Aquiles de España es que necesita un texto legal que la afirme como indisoluble, o como democracia “plena”, como el espejito de la reina de la Blancanieves. Si algo bueno ha tenido el proceso es que ha puesto la ley vigente ante el espejo de la naturaleza, y la naturaleza ha sido cruelmente realista. El Proceso ha constatado que la Constitución española es una artificialidad y que, por tanto, España es frágil. Cuidado, esto no quiere decir que el independentismo no sea también frágil: cuando un policía te dice “la República no existe” y tú acabas haciéndole caso, significa que tu movimiento es más débil de lo que pensabas. Tan débil como para destrozarse ante la aplicación de una ley que puede ser dura, que puede ser implacable e incluso herramienta de abuso, pero que al fin y al cabo sólo es una ley. Una convención, un pacto, una ficción. Y cuando este relato ha sido impuesto de mala manera por una de las partes, lo es aún más.

Pero entonces, si la ley es una ficción, ¿cómo puede ser tan poderosa? Pues porque la ficción es necesaria, porque el relato lo es todo, y cuando no hay uno tiene que haber otro. Aquí es donde mis modestos conocimientos jurídicos casan con mi pasión literaria: una ficción se sostiene cuando es creíble, o cuando es inevitable. Tal vez España ya no sea un proyecto creíble, pero se ha hecho inevitable porque el giro de guión que pedía el independentismo era prematuro, o demasiado poco trabajado para ser todavía «inevitable». No estábamos hablando de empezar un nuevo capítulo, sino un Nuevo Testamento, y esto pide (como es conocido) muchísima fe. Lo preocupante de los últimos años no es que el Proceso se haya “acabado”, como reclaman insistentemente sus adversarios, sino la consecuente pérdida de fe. Se puede percibir nítidamente en el minuto 17:14 de un partido del Barça en el Camp Nou, donde la testimonialidad de los gritos es hoy el perfecto termómetro de la tristeza anímica colectiva. Esto es natural cuando se han recibido tantas hostias, tanto de fuego enemigo como de fuego amigo, y cuando muchos de los supuestos creyentes en la idea han acabado pasando de todo y de todos sin dar pie alguno a la esperanza. Lo que ocurre, por tanto, es que, sin fe, gana la fe del otro. Y no, no es la realidad: es la fe. No, no es tener los pies en el suelo: es que te hacen morder el polvo. No, no es (como vuelve a equivocarse Mas-Colell) que sea «imposible en el contexto europeo actual». El contexto europeo actual es inmejorable. Lo que parece imposible es escuchar a alguien como él invocando, en nombre del “pragmatismo”, la pérdida de toda esperanza.

Cataluña se encuentra en el limbo, como el ‘Monumento a Nadie’ que se erige en forma de obelisco en la plaza del Cinc d’Oros. Una tierra que no gana ni pierde, que no existe jurídicamente y que, políticamente, necesita rearmarse. Mientras sólo se recree en la pelea interna y la amargura, no volverá a existir. Ya hace bien poniéndose en manos de abogados: ellos, por lo menos, pueden intentar desmontar la ficción vigente allí donde puede hacer más daño. El Tratado de Lisboa dibuja un “contexto europeo” inmensamente favorable, como podremos demostrar en breve. Ahora mismo, el gran obstáculo sólo somos nosotros. Y por tanto, digan lo que digan los derrotistas, tiene solución.