En 1918 toda Irlanda era parte del Reino Unido. Mientras que los partidos específicamente británicos eran el liberal y el conservador, desde el último tercio del siglo XIX el nacionalismo irlandés se había ido haciendo un lugar en el espacio político de la isla, hasta convertirse en uno de los actores importantes. Tanto es así que de los 105 miembros del Parlamento británico procedentes de Irlanda la mayoría eran miembros del Partido Parlamentario Irlandés (IPP), que defendía la ‘home rule’ o autonomía de la isla respecto de la Corona británica. El gran rival del IPP era el Partido Unionista irlandés, que recibía el apoyo explícito del Partido Conservador británico. Por otra parte, la ‘home rule’ o autonomía recibía un apoyo más o menos tibio de los liberales, un soporte que variaba en función del momento político de Londres.
Antes de seguir adelante quiero hacer notar la similitud del escenario irlandés con el caso catalán actual. No hay que olvidar que el nacionalismo político había mirado con mucha atención lo que pasaba en Irlanda, un país de tradición católica como el nuestro. También el nacionalismo irlandés se había fijado en los primeros balbuceos del nacionalismo catalán. El nombre de la organización radical ‘Nosotros Solos’ no era más que una importación del ‘Sinn Fein’, el partido nacionalista radical irlandés que está a punto de entrar en escena en nuestra historia.
Vale la pena recordar que el Sinn Féin fue fundado por Arthur Griffith en 1905. Griffith pensaba que el nacionalismo irlandés debía emular el nacionalismo húngaro, que, con la Ausgleich, había boicoteado el Parlamento imperial de Viena y había creado su propia legislatura en Budapest mediante un Parlamento que no reconocía el anterior.
Después del ‘Levantamiento de Pascua’ de 1916, y con la crisis de la Primera Guerra Mundial, el electorado irlandés pasó de las posiciones tibias respecto a la continuidad de Irlanda dentro de la Corona a defender una separación total de las dos naciones. Las elecciones de 1918 se convertían, pues, unas elecciones diferentes, por las condiciones sociales, económicas e incluso culturales, debido al impacto de la guerra. Mientras que los partidos de obediencia británica trataban de atacar la situación mediante los argumentos típicamente sociopolíticos, el Sinn Fein decidió desplegar la estrategia de convertir las elecciones al Parlamento británico en un verdadero referéndum sobre la continuidad de Irlanda en el seno de la corona. El resultado fue abrumadoramente favorable al Sinn Fein, que obtuvo un 46,9% de los votos en el conjunto de la isla, y un 65% de los votos en la parte de la isla que se convirtió en el ‘Irish Free State’. De los 105 escaños irlandeses en el Parlamento, 73 correspondieron al Sinn Féin.
Como me señalaban no hace muchos días el profesor Paul Preston y el abogado irlandés Frank MacGabhann, esta elección se convirtió en el verdadero acto fundacional de Irlanda moderna y parlamentaria. Los irlandeses convirtieron unas elecciones legislativas en un plebiscito sobre su independencia, más allá de la voluntad de los partidos británicos y unionistas. La legitimación fue tan grande que hoy nadie duda de que aquellas elecciones constituyen la fundación del Parlamento irlandés, ‘the First Dáil’.
Huelga decir que los británicos no consintieron, de entrada, a dar tal reconocimiento ni tal lectura al resultado. Hoy, sin embargo, en el Reino Unido nadie duda de que aquellas elecciones marcaron el punto de no retorno de Irlanda, porque las urnas legalmente constituidas dieron apoyo absolutamente mayoritario a la separación. Hoy en día, de facto y de jure, el Reino Unido reconoce sus efectos. Esta es la lección más importante.
Es evidente que las situaciones irlandesa y catalana de 1918 y de 2015 son diferentes. El contexto de violencia entonces ha sido erradicado de Europa, y las condiciones sociales y económicas son indiscutiblemente mejores hoy, a pesar de la crisis, de entonces. Pues bien: más a nuestro favor. Votar en paz y sin coacciones, tal como haremos el 27 de septiembre, da una fuerza definitiva a la opción catalana por la independencia del país. Como los irlandeses el 14 de diciembre de 1918, si los catalanes decidimos por mayoría abrumadora apoyar la lista que defiende la separación definitiva y pacífica de España, por el bien de ambas naciones, nada ni nadie nos podrá detener. El resultado de una elección democrática será democráticamente utilizado para un propósito tan democrático como es el del ejercicio de la autodeterminación. Los catalanes pedimos votar legalmente para decidir nuestro futuro, y se nos negó. Es absolutamente legítimo que ahora utilicemos los instrumentos democráticos que tenemos al alcance para ejercer ese derecho. Si el resultado es similar al de Irlanda en 1918, podemos llegar a ser independientes.








