¿Qué memoria histórica?

El pasado sábado se inauguró en Talamanca un monumento a los catalanes que combatieron por las libertades de Cataluña durante la Guerra de Sucesión. En agosto de 1714 este pequeño pueblo del Bagés fue el escenario de la última gran victoria del bando austracista contra las huestes de Felipe V. La hazaña fue memorable y heroica, pero desgraciadamente no cambió el curso de la guerra: Barcelona cayó un mes después y el país perdería definitivamente sus Constituciones con el Decreto de Nueva Planta.

La iniciativa del Ayuntamiento de Talamanca es un acto de justicia histórica. Aquellos hombres lucharon y murieron por nosotros, y por eso no los podemos olvidar. Pero hay otras lecturas. Por un lado, la instalación de monumentos a los héroes nacionales tiene una vertiente pedagógica imprescindible si, como proclaman las administraciones desde hace treinta años, hay que hacer país y construir una sociedad más cívica. De rebote, es un polo de atracción turística indiscutible. Precisamente, el Museo de Historia de Cataluña ha ligado hábilmente el turismo con la historia a través de la Ruta Cataluña 1714, de recentísima publicación. Cabe decir que no hemos descubierto la sopa de ajo: no hace falta más que dar una vuelta por Europa y América para comprobar cómo el turismo histórico es una fuente inagotable de creación de riqueza. En Cataluña, por el contrario, hay un vacío inmenso entre la Edad Media y el Modernismo. Hay cientos de monumentos y edificios románicos, góticos y modernistas, ¿pero sabemos decir el nombre de algún edificio barroco? ¿Qué sabemos de la Guerra del Francés o de la Guerra de Sucesión? ¿Y de las Guerras Carlistas?

Por eso sería bueno que otras instituciones siguieran el ejemplo de Talamanca y de los historiadores que llevan años reclamando una acción decidida en esta línea. Muchos consistorios se han dedicado a crear ciudades vacías, artificiales, sin historia, que no molesten a nadie y donde todos se encuentren cómodos. El caso de Barcelona es paradigmático. Hace sólo unas semanas, el Ayuntamiento de la capital dedicó una placa a la memoria de Mónica Marambio, que fue la primera presidenta de la Asociación de Vecinos y Amigos del Putxet. Me parece perfecto. Pero este homenaje choca con las pegas que el consistorio ha puesto al levantamiento de las cuatro columnas de Puig i Cadafalch o con las reticencias a homenajear a los hechos históricos que tienen un trasfondo patriótico catalán. O con el hecho de que los servicios municipales retiran cada año la pequeña placa que un grupo de patriotas pone en el lugar donde fueron asesinados los hermanos Miquel y Josep Badia, en la calle Muntaner con Diputació. El próximo día 28 de abril hará 75 años exactos del doble homicidio. ¿Tanto cuesta poner una placa?

Precisamente, la Guerra Civil es el único conflicto militar del que nos hablan las administraciones. Durante los últimos años, sin embargo, la Generalitat ha enfocado todos los trabajos de la recuperación de la memoria histórica a reinvindicar a uno de los bandos, obviando todo lo que es políticamente incorrecto. ¿No había catalanes en el bando franquista? ¿No se produjeron hechos espantosos en la retaguardia republicana? ¿Se ha recuperado y musealizado alguna de las checas de Barcelona? No es difícil encontrarlas: entre otros, había en las calles de Sant Elíes, Muntaner, Anglí, Vallmajor, Ganduxer, Saragossa, así como en la plaza de Berenguer el Gran, en el Seminario, en el Círculo Ecuestre, en el hotel Colón, en el Banco de España y el chalet de la Tamarita. Los hechos son los hechos y si no los explicamos nos engañamos a nosotros mismos.

 

Publicado por Avui – El Punt-k argitaratua