Divisoria · Para los habitantes de la Alta y de la Baja Cerdaña, la frontera administrativa no ha existido nunca y sólo ha sido un punto donde sabían que había controles policiales
Obstáculos · Responsables políticos de la Cerdanya norcatalana y la surcatalana recuerdan que desde el punto de vista administrativo ha comportado muchas trabas, que ahora se empiezan a superar gracias a la Eurorregión
Los vecinos del municipio de la Baja Cerdaña Llivia mantienen siempre una estrechísima relación con los del pueblo vecino norcatalán de Estavar, en la Alta Cerdanya. Están tocando, a no dos minutos en coche. Se puede ir perfectamente a pie de uno a otro. A los vecinos de estos dos municipios, cuando la Unión Europea aún no había abolido las fronteras internas y tropezaban un día en que había gendarmes en la carretera, los tocaba desplazarse hasta Puigcerdà y pasar por la aduana que había en la raya entre la capital de la Baja Cerdanya y la Guingueta d’Ix, es decir, por la línea imaginaria que separaba los estados español y francés. De dos minutos se pasaba a una ruta de cerca de veinte minutos. Lo recuerda la alcaldesa de Llívia, Silvia Orriols, que afirma que la buena relación con Estavar es de toda la vida. «Entre los vecinos, por supuesto, y los ayuntamientos nos dejamos material, hacemos cosas conjuntas, organizamos actos juntos, etc.», Dice. Y sentencia, en cuanto a la antigua frontera: «Fue siempre algo exclusivamente administrativo».
El alcalde de Sallagosa y presidente de la comunidad de municipios Pirineos-Cerdaña, Georges Armengol, todavía tiene una opinión más gráfica. «Desde el punto de vista administrativo, la Baja y la Alta Cerdaña estábamos sentados juntos, pero de espaldas. Ahora, lo estamos cara a cara», sentencia. Y añade: «Sabíamos que había frontera, porque había policía.»Armengol recuerda que desde siempre los vecinos, las entidades y los ayuntamientos han hecho cosas conjuntamente. Un buen ejemplo son los partidos de fútbol que juegan los equipos de las dos Cerdanyas.
Así pues, todo el mundo coincide en que la frontera entre el Estado español y el francés que parte la Alta Cerdanya y la Baja Cerdaña, la norcatalana y la surcatalana, nunca ha existido para los habitantes de esta zona. Desde el punto de vista personal y de relaciones sociales. Sí, en cambio, que ha existido en el ámbito administrativo. Es más, el alcalde de La Guingueta d’Ix, Jean Jacques Fortuny, municipio que limita con Puigcerdà y que hasta hace pocos años ha compartido las instalaciones de la aduana, asegura que en este ámbito aún existe. Simbólicamente, pero todavía existe. Esto es especialmente grave tras la desaparición de las fronteras interiores de la Unión Europea fijada en el Tratado de Schengen y que entró en vigor en 1995. Pero aún lo es más la advertencia que hace Fortuny de que las trabas administrativas han sido siempre por parte del gobierno francés, pero últimamente se acentúan las que pone el español.
Georges Armengol, en cambio, considera que en la actualidad no hay ninguna excusa si las administraciones de la Alta y la Baja Cerdaña no trabajan juntas. No obstante, sí reconoce que el principal obstáculo, hoy por hoy, es la diferencia de los distintos niveles de las administraciones y sobre todo sus competencias. En la Alta Cerdaña, casi todo depende del Estado. En la Baja Cerdaña, hay competencias de la Generalitat y otras del gobierno español. «Desde que se borró la raya, sin embargo, es más fácil trabajar juntos», dice, y pone de ejemplos el nuevo hospital transfronterizo de Puigcerdà y el nuevo matadero de Ur. «Son herramientas muy importantes para la identidad del territorio», recalca. Armengol pone de ejemplo la depuradora de Puigcerdà, cuyo proyecto y ejecución fueron liderados por la Generalitat y los municipios de la Alta Cerdaña sólo pagaron la parte que les corresponder. Ahora, con el nuevo Hospital y el nuevo matadero, la gestión de todo ello ha sido conjunta.
Sea como sea, los ceretanos de las dos bandas de la frontera administrativa han hecho siempre vida en común y han ido esquivando todas las trabas administrativas con terquedad, tenacidad y sobre todo aprovechando las oportunidades que les ha ido dando la administración europea, especialmente después de la creación de la Eurorregión, en la que están incluidos. De hecho, este marco administrativo europeo es, según el presidente del Consejo Comarcal de la Cerdanya, Ramón Moliner, el mejor cojín legal para el desarrollo conjunto de ambas Cerdanyas. El alcalde de Puigcerdà, Alber Piñeira, dice que las fronteras administrativas para la unidad de los ceretanos se van superando ahora con las herramientas de la Unión Europea.
Las instituciones de ambos lados han sabido crear espacios de encuentro como la Fiesta de la Cerdanya o, en el ámbito escolar, el Día del Árbol, que han servido para escenificar la unión de los ceretanos y que, además, se han convertido en punto de encuentro y de reivindicación de la unidad de las dos comarcas. Más allá de estas manifestaciones románticas, los ceretanos del norte y los del sur han ido dando forma a servicios comunes mientras la frontera se ha ido diluyendo, algunos de los cuales ya prestaba el lado sur sin ningún tipo de amparo legal. Por poner un ejemplo muy paradigmático, las mujeres de los pueblos de la Alta Cerdaña van a parir en el hospital de Puigcerdà, el comarcal de la Cerdanya, y el mismo centro da cobertura a los habitantes de esta zona que lo necesitan. Puigcerdà, pues, ha sido municipio transfronterizo mucho antes que Schengen y, por extensión, lo han sido también todos los pueblos de la Alta y la Baja Cerdaña, lógicamente más cuanto más próximos a la línea administrativa que divide los dos estados.
Y ha sido a raíz de la potenciación de los programas que fomentan las relaciones entre los espacios fronterizos donde han podido comenzar a montarse servicios con cara y ojos y con la participación y el reconocimiento de las administraciones española, catalana y francesa. El nuevo hospital, que se inaugurará a lo largo del próximo año, es el ejemplo más potente. Son también buenos ejemplos la depuradora de Puigcerdà, que depura las aguas de varios pueblos de la Alta Cerdanya y que se ha hecho con dinero de ambos lados, y, ahora, el matadero de Ur, que se está terminando de construir. Se trata, pues, de dibujar un futuro con más servicios comunes, lo que se articula a través de un consorcio en el que participan Puigcerdà y los pueblos de la Cerdanya norcatalana.
En cuanto a la cuestión política, es decir, a la ley propia para la Cerdanya que se promueve en el Parlamento de Cataluña, los puntos de vista son diferentes. Desde el lado de la Baja Cerdaña ven posibilidades para la coyuntura política. CiU gobierna en el Consejo Comarcal de la Cerdanya y también tiene mayoría en el Parlamento. Esta ley, que en el pasado mandato no llegó ni a debatirse, debería reconocer el carácter especial de la Cerdanya y sobre todo simplificar la burocracia administrativa. Y es que, en la actualidad, los ceretanos deben desplazarse hasta la Seu d’Urgell, Lleida, Barcelona o Girona para hacer según qué trámites. En el lado norcatalán apuntan que la ley será buena si simplifica la administración, pero califican de impensable que la Alta Cerdanya tenga una ley propia. Otra vez por el centralismo francés.








