El pintor Augusto Ferrer-Dalmau, especializado en glorificaciones militares del pasado, y a quien no discutiré su habilidad técnica, acaba de «rendir homenaje» al fundador de los Jesuitas con este cuadro y este pie de foto:
«San Ignacio de Loyola, poco antes de ser herido en la defensa de Pamplona contra el ejército francés (1521)»
Lo cual demuestra que su famosa y publicitadamente minuciosa labor de documentación será sólo para los detalles estéticos, porque lo que es para los históricos…
En primer lugar, Iñigo de Loyola no era santo en 1521, vaya que no… Sobrevivía como mercenario de señores más poderosos, y como tal intervino en la guerra de los comuneros y luego en la de Navarra. Sobre su actitud vital, si visitáis por ejemplo la iglesia de Navarrete, podréis ver unas cartas en su archivo donde queda bien claro que tuvo al menos una hija, sin promesa de casamiento a la madre, naturalmente. Cosas de soldados, claro…
En segundo lugar, Iñigo de Loyola, capitán castellano, no estaba en ningún modo «defendiendo» Pamplona, sino ocupándola, por ser la capital de un reino conquistado en 1512. En su calidad (no sé si de santo o de soldado, juzgad vosotr@s mism@s) ordenó disparar los cañones del castillo de Santiago (en la actual plaza del Castillo) contra la propia ciudad que Ferrer-Dalmau dice que «defendía». Estrategia de defensa novedosísima, que quizás nosotr@s (por no ser santos como él) no podamos comprender.
En tercer lugar, el ejército que liberó Pamplona era taaaaaan francés, que cuando el ocupante Iñigo de Loyola resultó herido por una bala de cañón que le destrozó la pierna, quien se encargó de protegerle para que los ciudadanos (que habían sufrido el bombardeo) no le lincharan, y de llevarle luego sano y salvo hasta la muga de Navarra con Gipuzkoa fue el caballero Esteban de Zuasti, que según Ferrer-Dalmau, y con ese apellido tan poco hispano, debió de ser de los Zuasti de toda la vida de la douce France, claro.
No y mil veces no: el ejército liberador, el que consiguió el último mes de independencia para Navarra y mantuvo su puesto de igual a igual entre el resto de las naciones aquel mes de junio de 1521 no era solo francés. Pero si se cuenta así, se obvía intencionalmente la resistencia navarra a la conquista, a la que es mejor mantener bajo las siete llaves del olvido para que Ferrer-Dalmau y los que siguen contando la historia como él, puedan seguir manipulando la verdadera memoria. Esa misma memoria oculta que hace que el «Santo» (Iñigo de Loyola, no Roger Moore, que quedaría bastante mejor) mantenga increiblemente a día de hoy una estatua en el centro de la ciudad que ordenó bombardear.
Por cierto: Esteban de Zuasti participó en la Batalla de Noain, y tras la derrota del bando franco-navarro tuvo que exiliarse, yendo a morir en la campaña de Hondarribi, el último lugar a este lado de los Pirineos donde ondeó libremente la bandera del carbunclo y las flores de lis.
Por supuesto, y como Dios manda, él no tiene ninguna estatua dedicada, ni en Pamplona ni en ningún otro lugar de Navarra. Afortunadamente, Ferrer-Dalmau tampoco le dedicará jamás uno de sus cuadros.