Un recién llegado al país quedaría atónito por el panorama: 54 por ciento de adultos pro independencia, pero sólo 14% de diputados de partidos independentistas en el Parlament. La soberanía crece en número de adeptos, pero parece como si la independencia no tuviera nada que ver con la política y que, un día, tuviera que llegar de una forma milagrosa, inesperada, como un regalo de los dioses. La idea no está mal, pero sería el primer caso en la historia que esto sucede. Hasta ahora, sin embargo, el sueño de una Cataluña libre ha aparecido más como utopía irrealizable que como realidad alcanzable, y son muchos los partidarios que no lo creen posible, sobre todo entre los catalanes de origen. El independentismo ha sido más un estado de ánimo, en un momento de reacción desatada ante el último episodio de catalanofobia, que un estado permanente del alma, resultado de una formulación política rigurosa.
Hay un independentismo emocional, instalado en el ámbito de las aspiraciones más íntimas, casi inconfesables, que no en el de las necesidades públicas, como si fuera una cuestión personal y no una causa colectiva que afecta a millones de europeos. A menudo el contencioso Cataluña-España se sitúa al mismo nivel, pero no con tanta intensidad, pasión y convicción, como un Barça-Madrid, en un fin de semana de liga. Agua de borrajas, vaya… Cuando pasa el sofoco de los colores, todo vuelve a la normalidad dócil. Este independentismo, transitorio o estacional, está al margen de todo proyecto sólido de soberanía. Y, lo que es peor, no provoca la conexión lógica entre el objetivo político deseado y el instrumento electoral adecuado para conseguirlo, como si algo fuese la independencia y la otra la política y así no se encuentran nunca. Además, se cobija tras el derrotismo desmovilizador del «no hay nada que hacer, no nos entienden, no nos aman, siempre ha sido así, ya nos gustaría ya, pero no puede ser…». Lamento, resignación, impotencia y envidia sana hacia otros procesos exitosos, generalmente más complicados que el nuestro.
La independencia no ha aparecido como necesaria, ni atractiva, ni posible, de verdad. La insuficiente madurez del independentismo adolescente le ha hecho percibirla como una opción consignista pero no propositiva, de desahogo pero no política, desligada de la cotidianidad y los problemas de la gente, a menudo con prácticas, lenguaje y estética marginales, extremistas, radicales, donde las malas formas terminan perjudicando el buen fondo. La independencia no puede asustar a nadie, porque todo lo que nos aleja de la mayoría, nos aleja también de la soberanía. A veces, el independentismo asusta y aleja la independencia, constituye un obstáculo casi insalvable, de modo que hay muchísima más gente partidaria de la independencia que no se declara, ella misma, independentista.
El independentismo emocional y adolescente deben dejar paso al independentismo político, con vocación de mayorías y voluntad de gobierno, con un proyecto sólido de Estado, contemplando todas las dimensiones: economía, diplomacia, seguridad, defensa, transportes, etc. Todo esto no tiene nada que ver con «declaramos la independencia en la plaza de Sant Jaume o en el Parlament, y a ver qué pasa». Este independentismo serio y homologable internacionalmente debe ser nacional y contar con todas las ideologías democráticas, sabiendo que la independencia no es una ideología, sino un objetivo. Para llegar haremos falta todos: los jóvenes con vaqueros y estrellada en el zurrón, los taxistas nacidos en Sevilla, el ejecutivo con olor a Acqua de Giò, la señora Loewe y la chica con el bocadillo envuelto en papel de plata. Y no todos serán católicos, ni del Barça, ni de la Cataluña Vieja, ni hablarán catalán en casa. Y se llamarán Puigdengoles, Martínez, Pratdesaba, Pérez, Mohamed Sidi, Kingolo y Ferrer. Una nación, que además quiere ser Estado, no puede prescindir de nadie y necesita de todo el mundo.
EL PUNT – AVUI







