Ikastola. 50 años

Hace cuarenta años y más, nuestro primer hijo estaba en la edad preescolar y lo llevamos a la ikastola Euskadi Venezuela que funcionaba en el Centro Vasco de Caracas, legalizada, y en la que concurrían la enseñanza de la lengua vernácula de los expatriados de 1937, llegados a Venezuela en 1940. En un hermoso edificio al estilo de un caserío vasco -tal como habían hecho las aduanas de las factorías de La Guaira y Puerto Cabello los gipuzkoanos del S.XVIII-, se alzaba, se alza, sobre un cerro de tierra rojiza, en la mejor urbanización de la Caracas de entonces: El Paraíso. Se construyó con el soporte económico de todos los vascos, a fondo perdido, y la mayoría de ellos carecían de vivienda propia.

Se construyó el centro, se organizó la Sociedad de Socorros Mutuos y se compró una parcela en el viejo cementerio del sur. Faltaba por crear una ikastola para ligar a los niños que crecían en Venezuela con la vieja matriz vasca que sus abuelos se habían visto obligados, por la fuerza de las armas y del imperante fascismo de su tiempo, a abandonar. No fue la primera ikastola del exilio vasco. Hubo antes otra, la del Instituto de Enseñanza Euskal Erria de Montevideo, 1925, derivada del exilio vasco a causa de la 2ª guerra carlista. Que somos un pueblo cargado de éxodos.

La ikastola Euskadi Venezuela se situó en los grandes salones sociales del edificio, dirigida por emakumes profesionales, las hermanas Mugika, entre otras. Los niños gozaban además de los jardines de la instalación y solían visitar la pequeña lápida que recordaba los 48 kms que al insurgente Mola le costó casi nueve meses para tomar Bilbao. Era un recordatorio a la terquedad vasca de mantenerse libre y perdurar.

Cuando llegamos a Iruña en 1972, nuestro hijo, de ser alumno legal en la Ikastola de Venezuela, con reconocimiento pleno de su Ministerio de Educación, se convirtió en alumno alegal hasta 1976 y, tan sólo a partir de 1981 fueron considerandos, él y sus hermanos, legales. Mi primer recuerdo personal de la ikastola San Fermín, centro ilegal, fue óptimo: había espacio para jugar y aulas amplias donde aprender, derivados de la compra del seminario del Verbo Divino. A más, podían estudiar juntos ambos sexos, aplicar el sistema y se aplicaba el novedoso sistema Montesori cuyo lema, por decir así, es el de ayúdame a hacerlo por mí mismo y aprendo haciendo, a más de recuperar la esencia cultural propia que nos parecía el mejor de los dones a ofrecer a nuestra descendencia. Una novedad en el espectro vasco histórico.

Atxa jauna, a quien le sobraba además de talento, amabilidad y humor, me recibió aquella mañana de enero en la que lucía un pálido sol, en nada semejante al cálido caraqueño que acabábamos de dejar. Empezó a hablar euskara con el niño que, turbado por tanta novedad, bajó la cabeza y apenas pudo balbucir palabra. Atxa jauna me miro, por encima de la cabeza del chico, con la risa brillando en sus ojos azules y comentó que él trajinó Colombia y Venezuela, y que entendía nuestra falta de zetas y jotas que, por otra parte, señalo, mirando al niño, no eran imprescindibles para el euskara.

Añadió que lo que podía ser en Venezuela, entonces con una trayectoria democrática pujante, debía ser en Euskadi. En Nabarra. Nos dimos la mano y fuimos guiando al niño en el camino hasta su aula…, debía integrarse, él y sus hermanos después, en una sociedad que desconocían pero que era la suya, establecer vínculos con niños que se extrañaban de su castellano diferente pero que en euskara no percibían la diferencia, y establecer su proyecto al futuro desde las raíces ancestrales.

Se trataba, entonces y ahora, de asegurar la vivencia del más viejo idioma de Europa, el sobreviviente a las invasiones celtas, romanas, godas, francas, castellanas…, el que dio nombre original a los habitantes, casas y pueblos, animales, ríos, a las fuentes de agua y al cielo antes que ninguno de los que integraban esos imperios. Y que junto a su propia pervivencia, unía conceptos de solidaridad social y libre comportamiento. Todo eso estaba en peligro inmediato de perderse tras la flagelación impuesta por la dictadura franquista, pero pudo salvarse por la acción de muchos hombres y mujeres que incluso pusieron en juego la escolaridad de sus hijos, y que largo sería nombrarlos, y que actuaron con arrojo, valentía y buen hacer. Evitaron el aluvión de la catástrofe social y cultural. Y de aquella acción ha resultado la creación, puesta en marcha y éxito educativo de 15 ikastolas, 6.400 profesores, 4.200 familias implicadas en la tarea y más de 600 profesionales. Es un éxito que se ha conseguido contra viento y marea y del que podemos estar bien orgullosos.

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