El pasado miércoles por la mañana, el petróleo Brent alcanzaba su cotización máxima en seis meses, situándose ligeramente por encima de los 117 dólares por barril, mientras que el West Texas Intermediate subía hasta los 112,24 dólares, su nivel más alto desde mayo del 2011. Está claro que los mercados han decidido incorporar al precio del barril un plus en concepto del riesgo asociado a la acción de castigo que se perfila sobre Siria.
Un riesgo que, sin duda, se superpone sobre otros factores, tales como la caída de las exportaciones desde Irán (muy afectadas por el embargo internacional decretado en el marco del contencioso por el programa nuclear), el descenso de la producción en Libia (fruto de la desastrosa y compleja situación interna que vive el país) y la tensa situación que atraviesa Egipto tras el reciente golpe militar (con las sombras que ello arroja sobre el flujo de petróleo en el canal de Suez). Una complicada coyuntura geopolítica, en suma, que, para empeorar aún más las cosas, ha coincidido en el tiempo con una marcada bajada de los inventarios de crudo en muchas regiones, resultado de una intensa actividad de refino.
En el momento de escribir estas líneas, en la tensa calma que precede a la tempestad, las cotizaciones máximas comentadas con anterioridad se han relajado. Sin embargo, el inicio de las operaciones militares sobre Siria podría enviar, momentáneamente, los precios del Brent a una horquilla comprendida entre los 120 y los 125 dólares. Algo que tal vez pueda considerarse exagerado, especialmente si tienen en cuenta que la producción de petróleo en dicho país resulta prácticamente insignificante en el contexto global, desplomándose desde cerca de 350.000 a menos de 100.000 barriles diarios desde el comienzo de la guerra civil (recuerden que la producción mundial se sitúa en unos 92 millones de barriles diarios, o mbd).
En realidad, la preocupación de los mercados no se centra en la producción de petróleo de Siria, sino en las consecuencias que el ataque a dicho país podría tener sobre algunos de los principales productores de petróleo en Oriente Medio.
En este sentido, las repercusiones sobre Iraq resultan particularmente preocupantes. Este país, limítrofe con Siria, está viviendo, desde principios de año, un fuerte resurgimiento de la violencia sectaria entre suníes y chiíes, y existen temores fundados de que estas se acentúen tras la intervención militar, lo que finalmente podría afectar a la producción petrolera. A fin de cuentas, el conflicto sirio puede leerse, al menos en parte, en clave de un enfrentamiento entre la mayoría suní, firmemente apoyada por las monarquías del Golfo, y la minoría alauí, aliada de los chiíes de Irán y Hizbulah y aglutinada en torno al presidente Bashar el Asad.
A medio y largo plazo, las expectativas son que Iraq se convierta en un actor fundamental en el mercado internacional del petróleo. Según la Agencia Internacional de la Energía (AIE), Iraq –el séptimo exportador mundial en el 2011 con cerca de 2 millones de barriles diarios (mbd)– podría exportar unos 4,4 mbd en el 2020, para alcanzar los 6,3 mbd en el 2035. Y eso en el caso menos optimista, porque la AIE considera otro escenario en el que las exportaciones podrían llegar a 7 mbd en el 2020, para posteriormente acercarse a los 8 mbd en el 2035. Estas proyecciones convertirían a Iraq en el mayor contribuyente al crecimiento mundial de las exportaciones, de forma que a partir del 2030 desplazaría a Rusia del segundo puesto del ranking global, siendo únicamente superado por Arabia Saudí.
Ciertamente, al mundo no le interesa que las expectativas de Iraq terminen como el cuento de la lechera. El aumento de la producción de petróleo previsto en este país entre el 2012 y el 2035 podría cubrir, dependiendo del escenario considerado, alrededor del 40%-57% del crecimiento de la demanda mundial durante el mismo periodo. Sin tal aportación, el mercado global del petróleo atravesaría una situación muy complicada, con restricciones en el suministro, precios altos y volatilidad extrema.
Y no solo se trata de Iraq. Un aumento de la tensión entre las comunidades chiíes y suníes podría también afectar la estabilidad de otros grandes productores de petróleo de la península Arábiga. No en vano, Irán, Iraq, Kuwait, Omán, Qatar, Arabia Saudí y la Unión de Emiratos Árabes albergan conjuntamente cerca de 81 millones de chiíes que representan el 61% de la población del Golfo. Más concretamente, los chiíes totalizan el 62% de la población de Irán, Iraq, Kuwait, Arabia Saudí y la Unión de Emiratos Árabes, cinco estados que suman el 58% de las reservas probadas de petróleo del mundo. Y eso sin olvidar que en algunos países, como Arabia Saudí y Kuwait, en los que la comunidad chií tan sólo representa el 10% y el 35% de la población, respectivamente, la mayoría de los campos y las instalaciones petrolíferas se encuentran, precisamente, en las zonas habitadas por dicha minoría.
http://www.lavanguardia.com/20130830/54380831942/arde-el-golfo-mariano-marzo.html








