¿Cuando seamos independientes, a qué dedicaremos el tiempo libre, por decirlo como Perales en su canción? ¿Cómo llenaremos las noches y los fines de semana sin tener que conspirar, ni redactar la enésima hoja de ruta ni tener que movilizarnos contra la última provocación? ¿Iremos más al teatro, a conciertos y leeremos más? No lo sé. Pero de este escenario sin el peso del combate por la liberación nacional, tengo la certeza de que lo que no desaparecerá serán los debates cíclicos -y ciclotímicos- sobre la salud, el futuro y las relaciones de vecindad de la lengua catalana. La independencia nos ahorrará la molestia de los tribunales extranjeros, que ahí es nada, pero la complejidad de la realidad sociolingüística y la vocación de polemistas de la lengua todavía serán mayores.
Ahora mismo, en plena envestida judicial contra la inmersión, se ha reabierto el debate sobre nuestra relación con el español. Ciertamente, ¡nadie podrá decir que las dificultades nos arrugan! La idea es incorporar el bilingüismo como valor identificador del proyecto nacional y, como dice Voltas, «abrazar la lengua castellana». Para Voltas y los que le han seguido -o los que ya hace tiempo que lo proponen-, ésta sería la manera de incorporar a los castellanohablantes al catalanismo, más allá de apelar a la fenicia razón fiscal. Aceptaría que el español ya es un elemento «estructural» del país, y habría que superar el estadio en el que se ha percibido la lengua del Estado como una amenaza. Y todo ello, además, hecho en nombre de la asunción de la diversidad y convertido en «rasgo identitario», como ha añadido Tubella.
No habría espacio suficiente en todo el diario de hoy para tratar la cuestión con la profundidad que se merece. Pero, a pesar del riesgo de malentendido, no quiero dejar de añadir unas observaciones más a las que ya han hecho oportunamente Resina en el ARA o Graupera en La Vanguardia. Una: Voltas y compañía sitúan la acción en el cambio de relato del catalanismo. Pero nadie puede asegurar que la realidad cambie a golpes de relato, y menos si no se cuenta con la capacidad de coacción y con las garantías que proporciona un Estado. Dos: partimos de una percepción errónea de la realidad. Ni la inmersión tiene los resultados exitosos que proclaman unos, ni existe un mundo hispanohablante de identidad irreductible, a tratar con condescendencia. Tres: se olvida que la gente resolvemos nuestras acomodaciones lingüísticas -y nacionales- gracias a las ambigüedades y ambivalencias personales, al margen tanto de los relatos oficiales como los alternativos que se nos quieren imponer. Cuatro: no se puede obviar el marco de conflicto en que nos encontramos. Ninguna lengua es una amenaza para ella misma, claro, pero el estado español utiliza el castellano como arma de asimilación, y no nos podemos chupar el dedo. Branchadell siempre encuentra todas las debilidades en el establishment catalanista, pero hay que ver las intransigencias del españolismo. Cinco: no entiendo qué quiere decir «la gente tiene identidad» (Voltas), como si la identidad fuera intocable y no fuera susceptible e incluso esperable que cambiara en función del tiempo y la sociedad donde se vive. La identidad no está determinada por de dónde venimos, sino por el horizonte hacia dónde vamos, y allí nos podemos encontrar todos. En cambio, ¿ciertas inmovilidades -a ambos lados- no deberían atribuirse, simplemente, a la ignorancia, la desidia o la mala fe?
Mi impresión es que en esto de las lenguas hacemos de aprendices de brujo y queremos intervenir en un terreno que es de mal gobernar, con Estado propio o sin él. Yo me apunto a la idea de Gregorio Luri: lo que hay que exigir es que tengamos un conocimiento de catalán y castellano -e inglés- propio de un país con futuro. El día que se consiga, no sólo se habrá acabado la Transición, como dice mi amigo, sino que entonces seremos verdaderamente libres de decidir qué atributos simbólicos damos a cada lengua. Por ejemplo, aquel día, yo preferiría no tener ninguna como oficial y sólo una como propia del país. Entretanto, todo es un hablar por hablar.
ARA








