Gold bugs

Hice la ultima entrega de una serie sobre la nueva fiebre de oro en La Vanguardia desde el restaurante Roof en el último piso de la emblemática torre del profeta mormón Joseph Smith en Salt Lake City con vistas espectaculares al extraño templo de la Iglesia de los Santos de los Últimos Días.

Me había invitado el economista Larry Hilton, cerebro de la legislación aprobada en mayo en el Congreso de Utah de reconocer el oro y la plata como moneda de cambio alternativa al dólar. Participaban en la cena el congresista republicano Brad Gálvez que patrocinó la ley luego ratificada por el gobernador republicano, y David Garrett, gestor de un fondo de inversión de Salt Lake City. Todos eran defensores acérrimos del regreso al patrón oro y del “dinero sólido” frente a la “inflacionista” expansión monetaria realizada por la Reserva Federal y el satánico Ben Bernanke desde el 2008. “Lo extraño es que el oro esté despertando tanto interés pese a que aún no ha llegado la inflación”, dijo Garrett.

Traté de aprovechar la ocasión para comentar las similitudes y diferencias del debate económico en esta crisis y en la crisis después del crash bursátil de 1929 y la Gran depresión. Porque , en los años treinta, al inicio de la gran crisis , aun reinaba una férrea ortodoxia económica que defendía el uso del patrón oro como herramienta de disciplina y orden que forzaría los ajustes necesarios para salir de la recesión. Andrew Mellon,, el secretario del Tesoro del presidente Herbert Hoover , expresó perfectamente la dura lógica de la economía del patrón oro que hacia imposible tanto la depreciación de la divisa como las políticas expansivas monetarias y fiscales. “¡Liquidar a los trabjadores, liquidar a los granjeros, liquidar a los inmoobiliarios!” le aconsejó al presidente. Pero el resultado –paro en el 25%, 6.000 quiebras bancarias en un año, hambrunas en el cinturón del maíz del medio oeste- resultó tan duro que Hoover fue derrotado por Franklin Delano Roosevelt en las elecciones de 1932 y FDR flexibilizó el patrón oro como parte del New Deal.

En esta crisis, ocurre lo mismo solo que al revés. Tras una respuesta keynesiana por parte de Obama que logró paliar el impacto de la crisis del 2008 y evitar (por el momento) una repetición de la Gran depresión, se ha producido un backlash ( reacción) contra el loose money -política monetaria “suelta”- una reacción visceral de las que la derecha republicana siempre organiza con su excelente olfato populista. Gillian Tett lo recoge en el Financial Times este fin de semana al observar que “conforme los republicanos buscan la candidatura para las elecciones presidenciales, gana fuerza la cuestión de si el banco central esta degradando el valor del dólar y si esto esta relacionado con el resurgimiento del oro como una nueva fuerza”.

Diversos candidatos republicanos ya son gold bugs, -bichos de oro-, que defienden el regreso al patrón oro. Herman Cain , el ex ejecutivo de la cadena de pizza Godfathers , dijo el mes pasado que añoraba “el mundo en el que un dólar era un dólar” y “sí, necesitamos el patrón oro para eso”. Newt Gingrich ha dicho algo por el estilo, echando de menos aquellos tiempos en los que todos reconcían su lugar en la jerarquia social y “liquidar y no “liquidez” era la palabra predilecta del secretario del tesoro. Ron Paul y Michelle Bachmann, dos candidatos de diferentes corriente dentro del Tea Party, defienden la adopción del patrón oro. Rick Santorum también. Existe ya una campaña Gold Standard 2012 patrocinada por el Proyecto de Principios Americanos, en favor de restablecer el patrón oro. Y Glenn Beck, el desconcertante presentador de televisión que batió los records de audiencia de Fox con sus monólogos delirantes y teorías de conspiración sobre las Naciones Unidas y los secretos musulmanes de Barack Obama, jamás desaprovecha la oportunidad para proponer la compra de oro y el regreso de los tiempos de orden y estabilidad blanca del patrón oro. Beck es mormón renacido.

El más centrista y pragmático candidato mormón en las primarias republicanas Mitt Romney, no defiende el patron oro. Pero los mormones en el restaurante en Joseph Smith tower coincidían con Tett en que el rechazo a las políticas de expansión cuantitativa realizadas por la Fed están generando un apoyo cada vez mas grande para el patrón oro en los feudos del mormonismo. “Sentí de verdad que dios me estaba guiando cuando defendía la nueva ley (de reconocer el oro y la plata como moneda de cambio) en el Congreso”, llegó a decir el congresista Gálvez durante la cena.

Y lo cierto es que, como explica Chris Lehmann en un reportaje fascinante en el ultimo numero de Harpers, , el oro desempeña un papel clave en el nacimiento real o mítico del mormonismo, la denominación cristiana que mas crece a escala global y que mas dinero ingresa. No es por nada el brillo dorado de las esculturas del ángel Moroni –ángel predilecto de los Santos de los Últimos Días- que adornan las torres blancas de cada templo mormón, desde Utah a Moratalaz. Tanto el ángel como el profeta Joseph Smith –que fundó el mormonismo a principios del siglo XIX- eran auténticos gold bugs, dice Lehmann. Según los textos sagrados de Smith, residente de la aldea de Palmyra en el estado de Nueva York, el ángel Moroni apareció en 1823 y le explicó que debería ir a consultar una serie de planchas de oro en las que estaba grabada la historia de las tribus perdidas de Israel en el nuevo mundo americano.

Consultando las laminas doradas con la ayuda del ángel Moroni, Smith pudo averiguar, entre otras cosas, que el jardín de edén estaba localizado en el desierto de Utah en el extrarradio de lo que ahora es la capital mormona Salt Lake City. Transcribió lo escrito en las planchas doradas para hacer el Libro de Mormon, la Biblia de los fieles Santos de los Ultimos días y de los comensales en el restaurante Roof aquella noche. El oro se convirtió en “la obsesión de Smith” que “como todos los hombres pobres se sentía sobrecogido por el oro; y el oro se coló en su concepto del paraíso”, según su biógrafo Fawn Brodie, citado en el artículo de Lehmann. En 1836, Smith fue informado de una cantidad importante de oro enterrada cerca del pueblo Salem en Massachusetts (famoso por la caza de brujas puritana de 1692). Smith organizó una expedición para buscar el tesoro enterrado y pese a no encontrarlo dedicó un sermón al viaje refiriéndose a si mismo como el dios mormón: “Yo, el señor , no estoy desagradado de que ustedes hayan hecho ese viaje (…) tengo muchos tesoros en esta ciudad para ustedes para el beneficio de Zion”. En el restaurante Roof, con los economistas, políticos y gestores de fondos de inversión de la campaña en favor del patrón oro, pude comprobar esta identificación mormona del oro con su idea del camino recto hacia el paraíso.

Thomas Frank – el autor de What’s the matter with Kansas, un libro que disecciona los delirios del conservadurismo estadounidense- nota que el oro para los conservadores es “el orden natural de las cosas”, un orden subvertido en estos momentos por las “políticas irresponsables” del estado federal que acabarán desatando la madre de todas las hiperinflaciones. El oro es “una inversión moral” que responde a “nuestras convicciones interiores sobre la naturaleza humana y no porque sea útil”, explica Frank. Al mismo tiempo, el oro –sin estado, sin nación, atemporal en su eterna cotización- parece el tesoro hecho a la medida a los conservadores apocalípticos del llamado movimiento “end times” (fin de los tiempos) y las milicias catastrofistas del survivalism que suelen aconsejar llevar unos lingotes junto con el ametrallador en el kit de supervivencia. Al ver que Jose Maria Aznar ha sido nombrado consejero de Barrick Gold, la multinacional minera de oro más grande del mundo, no pude evitar preguntarme si los gold bugs republicanos están empezando a contagiar a la derecha española tras el éxitazo político de los ataques del PP a las “políticas irresponsables” anti recesionarias de Zapatero en 2008 que han subvertido el orden de las cosas pese a que hasta el FMI calcula que la crisis española habría sido mucho peor sin ese efímero ”momento keynesiano”. Aunque quizás, el camisón de fuerzas del euro ya sirve para reforzar el discurso conservador de disciplina, castigo y “¡liquidar todo!” sin necesidad de recurrir al patrón oro.

En el citado artículo, Tett -antropóloga además de columnista financiera- achaca el creciente atractivo del oro como ancla monetario a un deseo atávico de tener seguridad, “un eco del llamado culto , cargo cult – http://en.wikipedia.org/wiki/Cargo_cult- que los antropólogos estudian en las islas del pacifico : algo que ofrece orden y significado en tiempos de caos atemorizante”, escribe. Quizas, como escribe Peter Bernstein en su libro The power of gold, el oro “aniquila la incertidumbre”. O quizás la fascinación conservadora por el metal amarillo tenga que ver con la solidez del oro, el metal mas denso de todos. Freud –como ha recordado Nouriel Roubini en sus ataques a los nuevos gold bugs (Ver sus tweets) – achacaba el fetiche del oro a la neurosis y la fijación anal , dando a entender que el oro que tanto reluce solo es tan sólido como la mierda.

 

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