Galicia, la nación olvidada

El 18 de mayo, miércoles, se cumple el primer centenario de las Irmandades da Fala, germen multiplicador del nacionalismo gallego. Pero llegar a ese 18 de mayo de 1916 en la ciudad de La Coruña no fue una casualidad, sino la consecuencia de una larga y poco conocida historia.

Una historia que nos lleva desde la Galicia romana y el primer reino europeo hereditario (el suevo, en el siglo V, aplastado por los unionistas visigodos) hasta ver el idioma gallego en la corte de Alfonso X el Sabio (que escribió en nuestra lengua sus Cantigas de Santa María) y a vivir, en el siglo XV, la Revolución Irmandiña, la primera revuelta social europea.

Galicia no ha sabido apostar o no ha tenido suerte cuando lo ha hecho. Le pasó cuando su nobleza se puso al lado de la Beltraneja en su enfrentamiento con Isabel (la futura Reina Católica) por la corona de Castilla, lo que motivó la «doma y castración del reino de Galicia» decidida por los Reyes católicos, que trajeron a la esquina verde peninsular nobles castellanos que no conocían nada del país mientras los turbulentos nobles gallegos eran condenados al destierro.

Durante cuatro siglos (y salvo honrosas excepciones, como las de los ilustrados Feijóo y Sarmiento) Galicia no existió, y su idioma quedó confinado a las aldeas, donde la gente corriente supo conservarlo, a pesar de que la inmensa mayoría no tenían ni siquiera acceso a la escritura. Hubo que esperar al siglo XIX para que Galicia resurgiera.

Si ya en la guerra contra los franceses hubo protagonismo gallego (batallas de Elviña y Pontesampaio), es a partir de mitad del siglo XIX cuando Galicia da un salto adelante. En 1846 se constituyó en Compostela la Xunta Superior del Reino de Galicia, tras el levantamiento del coronel Solís en Lugo, reclamando libertades y un trato más justo para Galicia, tratada como «verdadera colonia de la Corte». Los líderes de aquella revuelta fueron fusilados en Carral (A Coruña), donde un monumento perpetúa su memoria.

Pero la semilla fructificaba. El 2 de marzo de 1856 el Banquete de Conxo fue un acto de confraternización social en el que los estudiantes de Compostela sirvieron como camareros a obreros y artesanos, en señal de respeto e igualdad. Un acto «socialista» sin igual en aquella Galicia de caciques que pronto vería, asustada, cómo una mujer, Rosalía de Castro, ponía las bases del ‘Rexurdimento’ publicando, el 17 de mayo de 1863, ‘Cantares gallegos’… ¡y en gallego! En el centenario de la obra y en homenaje a Rosalía, la Real Academia Galega instauró en 1963 (en la semiclandestinidad obligada por la dictadura franquista) el 17 de mayo como ‘Día das Letras Galegas’.

El galleguismo crecía sin tregua. Manuel Murguía, marido de Rosalía y defensor del origen celta de Galicia, comenzó a publicar en 1865 su ‘Historia de Galicia’. Alfredo Brañas, conservador y filocarlista, editó en 1880, en Barcelona, ‘El Regionalisme’, obra que impulsó el galleguismo y tuvo amplia repercusión en el catalanismo político. Eduardo Pondal escribió en 1890 el poema ‘Os pinos’, que Pascual Veiga musicó y que fue estrenado como himno Galicia en 1907, en el Centro Gallego de La Habana.

En una Galicia que hervía de fervor galleguista aparece el hombre decisivo, Antón Vilar Ponte. El 5 de enero de 1916 escribió un artículo en La Voz de Galicia, «El cimiento la afirmación gallega», y poco después un folleto, ‘Nacionalismo gallego. Nuestra afirmación regional’. Lo más difícil estaba hecho. Y el 18 de mayo de 1916, Antón Vilar Ponte, su hermano Ramón y una veintena de galleguistes acordaron en A Coruña la creación de la Irmandade de Amigos da Fala, cuyo nombre homenajeaba a los ‘irmandiños’. El objetivo inicial y primordial de las Irmandades era la exaltación y el fomento del uso del gallego. El nacimiento de la primera Irmandade fue seguido del de 28 más en toda Galicia, además de las creadas en Madrid, La Habana y Buenos Aires.

El 17 y 18 de noviembre de 1918 (después de haber colaborado con la Liga catalana en las elecciones parlamentarias), las Irmandades celebraron la primera Asemblea Nacionalista en Lugo, de donde salió el ‘Manifesto Nazionalista’, que definía Galicia como nación y reclamaba la autonomía integral y la cooficialidad del idioma gallego. El nacionalismo era ya una realidad en Galicia y ni siquiera la persecución del franquismo y los numerosos asesinatos perpetrados por los fascistas pudieron con la fuerza de una nación que tiene ‘Sempre en Galiza’, de Castelao, como su biblia particular.

Al galleguismo actual, vivo y muy presente, le falta ese líder que sepa agrupar todos sus corrientes. Pudo ser Xosé Manuel Beiras (la mente más preclara del nacionalismo actual) pero ya es demasiado mayor. También Anxo Quintana, pero decidió apartarse de la primera línea política. Es igual, Galicia sabrá encontrar su camino, y lo hará, como siempre, sola.

ARA