La lógica de los puros

Es muy difícil, por no decir imposible, radicalizar la moderación. De hecho, la expresión no deja de ser semánticamente contradictoria, aunque pueda ser leída como un juego de palabras con cierto sentido. No se puede competir por ser el dueño del centro político como copia de un inimaginable extremismo de centro, sea de sesgo liberal o socialdemócrata, o poner bombas en nombre del diálogo, el pacto y el consenso. En cambio, resulta extraordinariamente sencillo avanzar por la derecha o por la izquierda, y sin poner el intermitente. ¿Que tú dices que hay que frenar la llegada de inmigrantes? Bah, pues yo respondo que hay que expulsarlos (lado derecho). ¿Y tú afirmas que hay que fiscalizar más los bancos? Pues yo voy más lejos que tú, cobarde, y sostengo que hay que expropiarlos a todos y encerrar a sus presidentes en prisión (lado izquierdo). Etcétera. En general, los dos extremos tienen, como se vio con claridad a lo largo del siglo XX, muchas cosas en común, entre otras la convicción de que, en circunstancias normales, no llegarán nunca a gobernar, pero sí a influir y manejar el cotarro. ¿Sin embargo, vivimos -o hemos vivido recientemente- circunstancias normales? La conjunción de una crisis económica sin precedentes, un número escandaloso de casos de corrupción y una preocupante desmemoria respecto de las consecuencias reales de lo que representaron las ideologías totalitarias, especialmente el socialismo real, no permiten utilizar la palabra normalidad sin haber añadir a continuación muchos matices.

 

Hace sólo una década, un gobierno como el de Syriza resultaba sencillamente inconcebible, y unas expectativas electorales como las de Podemos, también. Pero han avanzado por la izquierda, dejando con un palmo de narices a formaciones progresistas con largas y honorables trayectorias, e incluso con experiencia de gobierno. En Francia, el Frente Nacional también superó (por la derecha) al gaullismo de toda la vida. ¿El método? Muy sencillo: sólo se trata de ir repitiendo «¡Pues yo más que tú!» Y hacer análisis autocomplacientes. En tiempos de normalidad, estos discursos tienen un recorrido muy corto. En épocas más duras, sin embargo, pueden llegar a seducir a las clases medias depauperadas y, obviamente, a las efímeras falsas clases medias que surgieron de la cultura ‘low cost’, el cheque bebé y otras golosinas subvencionadas.

 

Pero, ¿se puede avanzar aún más por la derecha o por la izquierda? ¡Por supuesto que se puede! Y también se puede ser más papista que el Papa, más vegetariano que una acelga o más del Barça que nadie. He aquí la lógica de los puros, que va más allá de la política, mucho más allá, y que siempre conduce al malestar. Los tres ejemplos que hemos puesto no son sarcásticos ni imaginarios: existe el integrismo religioso, existen los ataques de grupos animalistas radicales y, por supuesto, existen hechos luctuosos perpetrados en nombre de los colores de un equipo de fútbol. No les mueve una fe religiosa, ni una opción alimentaria, ni un himno deportivo, ni el hecho de ser de derechas o de izquierdas, o de centro, o aquí, o de allí. No: les mueve la lógica de los puros, que es otra cosa muy diferente. Por ello, la inercia de avanzar -por la derecha, por la izquierda, o por donde sea, y sin poner el intermitente- resulta tan peligrosa en determinadas circunstancias históricas.

 

En la década de los 70 o en la de los 30 del siglo pasado, la radicalidad adquirió un cierto prestigio social entre los intelectuales y entre las clases medias, respectivamente. Había puros de ultraderecha que insultaban a Blas Piñar calificándolo de «demócrata» (!) porque Fuerza Nueva tenía un escaño en el Parlamento español, y puros de ultraizquierda que decían que el PSUC se había «aburguesado». Cuando en 1979 Toni Negri fue detenido en relación con el asesinato de Aldo Moro y relacionado con las Brigadas Rojas, muchos intelectuales de izquierdas subrayaron su «coherencia ideológica». Y cuando en 1970 el escritor japonés Yukio Mishima se hizo el ‘harakiri’ o ‘seppuku’, el nacionalismo ultraderechista de su país también alabó la lógica de la acción. Los puros son así. El malestar de la crisis ha transformado a pequeños charlatanes oportunistas en celebridades. No es la primera vez que esto ocurre, y seguramente no será la última. Son puros… pero no del todo. He aquí el problema: siempre habrá alguien que considerará la posibilidad de ir más allá, de ser ideológicamente más puro y más coherente que los puros oficiales que han pasado por el aro de las instituciones y de las aburguesadas reglas del juego de la democracia. Pero, por encima de todo, siempre habrá algún puro que aspire a un futuro perfecto, a un mundo feliz, en vez de un humilde futuro mejor.

ARA