El sábado, Juan Marín Martos publicó en Cartas de los lectores una que empezaba con estas palabras: “Estoy de acuerdo con Quim Monzó sobre lo que dice de los ateos (‘Los descreídos’, 12/VII/2013). ¿Y los apátridas? Hace tiempo me definí como apátrida y mediterráneo, y después supe que coincidía con la definición propia de Moustaki”. La carta sigue con una reivindicación del derecho a no querer ser de ningún país ni que te fuercen a optar por uno.
Es una carta muy interesante, pero parte de un error de base. Quizá me equivoco, pero mucho me temo que el señor Marín tiene tanto de apátrida como yo de jugador de rugby a 7. Un apátrida es una persona que no tiene ninguna nacionalidad. Uno puede, por reflexión, decidir que es ateo, y nadie se lo impedirá. Pero ser apátrida es diferente. Uno no puede, cómo dice el señor Marín, “definirse” como apátrida y listos. Según la ONU, un apátrida es “una persona a la que ningún Estado considera destinatario de la aplicación de su legislación”. ¿De verdad ningún Estado puede aplicar su legislación al señor Marín? Lo dudo. Es apátrida quien tiene la nacionalidad de un Estado que de golpe desaparece, quien pierde la nacionalidad por decisión de un gobierno (los rusos blancos, por ejemplo, por el decreto soviético de 1922), quien nace en territorios disputados por más de un Estado: los beduinos, pongamos por caso.
El gran ejemplo de apátrida que todo el mundo pone como modelo es Albert Einstein, que lo fue desde 1896, cuando renunció a tener la nacionalidad del reino de Württemberg (ahora, parte de Alemania). Pero, cuidado, porque fue un apátrida peculiar. Aquel mismo año que renunciaba a la ciudadanía wurttemberguesa inició los trámites para conseguir la suiza, que alcanzó años después. Ciudadanía suiza a la que siguieron la austrohúngara, la alemana, la de la república de Weimar y, finalmente, la estadounidense. No está mal. No es fácil ser apátrida. Ni siquiera fue apátrida Nasseri, el hombre que se pasó dieciocho años en un aeropuerto de París, sin poder salir. La prensa se hartó de vendérnoslo como apátrida, pero de hecho no lo era: era simplemente un iraní al que le habían robado los documentos y, por lo tanto, no tenía los papeles necesarios para tomar un avión.
Si el señor Marín quiere realmente ser apátrida, tendría que empezar por renunciar a la nacionalidad que ahora tenga y no adoptar ninguna otra. Quizá le ayudaría leer la biografía de Garry Davis, el pacifista que se ha pasado media vida luchando por el Pasaporte del Mundo. Mientras, yo diría que, lejos de ser un apátrida, el señor Marín es un ciudadano del mundo, concepto actualmente de moda y que incluso promociona la cerveza San Miguel con una canción muy mona que interpretan Mika & Los Ciudadanos de un Lugar Llamado Mundo. Ninguno de ellos apátrida, por cierto.
http://www.lavanguardia.com/encatala/20130717/54377594715/evr-body-wanna-hold-your-hand.html








