Después de la embestida de Wert en la enseñanza obligatoria en algún momento el inefable ministro empezará a poner manos a la obra a otro gran proyecto que tiene en la reserva: la enseñanza superior. Es cierto que por mala que sea una situación ésta siempre es susceptible de empeorar, pero en el caso de la universidad parece difícil concebir cómo se puede diezmar aún más un panorama desolador con una reforma legislativa.
Y, desgraciadamente, todavía es posible caer más abajo. La alternativa de la mayoría absoluta del PP seguramente irá siguiendo el rastro de las tendencias que ya se han manifestado en otros ámbitos sociales y económicos: blindar las castas privilegiadas que poco aportan a la innovación (en el caso de la universidad, la de los catedráticos funcionarios), profundizar en la precarización de los jóvenes (y no tan jóvenes) docentes e investigadores y disfrazar con una supuesta liberalización del sistema lo que es una reducción espantosa de la inversión pública que se traducirá en un encarecimiento del servicio y en una transferencia al sector privado ávido de apropiarse de los estudios rentables.
Como digo, nada que no se haya detectado hasta el momento durante los años de la crisis en un sector clave para el desarrollo de una sociedad. Si en los años de una bonanza, fundamentada en pilares económicos débiles, no se destinaron los suficientes recursos a la investigación para plantear un cambio de modelo productivo, ¿qué dotación se puede consignar ahora que seguimos en el fondo de la fractura? El resultado de esta desidia, del mantenimiento de dinámicas de poder que no tienen nada que ver con la ciencia ni con la formación de las personas, provoca, en principio, la expulsión del talento. Una proporción significativa de la emigración que sufre Cataluña está compuesta por graduados para los que el país no genera la demanda tecnológica y cultural que se ajuste a sus capacidades. Sólo encontrarán trabajo en países que, más allá de cerrarse en la retórica de la economía del conocimiento, sostengan su opción con un presupuesto.
Y el escenario es aún más paupérrimo para aquellos que aspiren a hacer carrera universitaria a los que prácticamente no les queda ninguna oportunidad de estabilizarse profesionalmente en algún centro catalán y acabarán poniendo su iniciativa y su creatividad al servicio de una institución extranjera. Los responsables políticos y académicos del diseño de la universidad parece que contemplan esta perspectiva con entusiasmo, incluso vanagloriándose de la «internacionalización» que supone para los jóvenes investigadores ir recorriendo el mundo para conseguir una retribución digna. Es muy probable, sin embargo, que los jóvenes exiliados acaben con un dominio de su especialidad y de lenguas, así como con un impacto en su trabajo, muy superior al que ha tenido y tendrá buena parte de la gerontocracia que hace décadas obtuvo una plaza aquí con un esfuerzo justo y que acaba determinando los destinos de los que deberían venir detrás pero que no vendrán. En efecto, la «internacionalización» de las nuevas hornadas llegará a tal punto de éxito que será permanente mientras se revela con más intensidad la actitud cínica de los que no se han internacionalizado nunca porque el sistema que nos ha conducido a la ruina era el mismo que no les proporcionaba ningún incentivo para hacerlo.
Salvo algunas excepciones en el sector sanitario (ahora también en peligro) y dejando de lado puestas en escena más propias de una operación de marketing que de una apuesta sostenida para impulsar investigación de primer nivel, la circunstancia es similar a la de un país en vías de desarrollo. Una élite intelectual que sólo puede triunfar profesionalmente en una potencia (sea de las tradicionales o de las emergentes) y un mercado laboral autóctono lacerado por la baja cualificación y por el paro. Nos encontramos, pues, ante la «africanización» de Cataluña que vaticinaban algunos, y que comienza por los sectores que deberían representar la vanguardia, si no fuera porque quizás pronto llegará el momento en que algún país africano, como ya está sucediendo en países asiáticos o sudamericanos, consolide un sistema universitario más solvente y con más oportunidades que el nuestro.
EL PUNT – AVUI







