LA Unión Europea no logró sacar adelante el Tratado para establecer «una Constitución para Europa», por la oposición de Holanda y Francia. A duras penas aprobó el mitigado sucedáneo Tratado de Lisboa. La UE es joven y frágil a sus sesenta años. Al fin y al cabo es la Europa de los Estados y unos pesan mucho más que otros. En vista de todo esto, ahora se han levantado las primeras voces a favor de crear una «identidad europea». Se pretende que esa identidad común mitigue y aglutine los distintos niveles con un sentimiento cálido de condescendencia económica y comunión identitaria.
Se puede decir que en el País Vasco el proceso ha sido inverso. De la identidad vasca, común, diferenciada de su entorno, queda constancia histórica y gráfica, desde el tiempo de los romanos, en múltiples textos y mapas etnográficos y aun políticos hasta el siglo XIX, con el nombre de «vascones», «vascos», «Vasconia», «Euskalherria», «Pays Basque»… La identidad vasca era una realidad reconocida internacionalmente. Es verdad que los límites geográficos que se le asignaban no siempre eran los mismos, y, en la mayoría de los mapas, el espacio entre ellos era mucho mayor que el de las dos autonomías, Navarra y País Vasco, y los tres herrialdes integrados en el departamento francés de Bajos Pirineos.
El siglo XIX resultó crucial en esta importante realidad vital. Fue, entre otros muchos movimientos, el siglo de las nacionalidades y el principio de autodeterminación de las mismas. También el siglo de las Guerras Carlistas y sus funestas consecuencias, pérdida de los Fueros y equiparación del País Vasco a las restantes «provincias» españolas; el comienzo de la industrialización e inmigración de gentes de regiones españolas, etc. Ante la alarmante y progresiva pérdida de las señales de la identidad nacional vasca, entre otros intentos, Sabino Arana inició un movimiento sociopolítico y cultural con el fin de salvar los restos del naufragio y espabilar la conciencia de los vascos de sí mismos, de su propia identidad y personalidad, su izaera, nortasuna. Fue un intenso esfuerzo de concienciación y reconstrucción institucional, con un gran sentido de igualdad, proseguido por el nacionalismo histórico democrático en medio de grandes oposiciones y dificultades.
Desde aquellos comienzos, y aun antes, son muchos los que han reflexionado sobre la identidad vasca y, directa o indirecta, implícita o explícitamente, han escrito sobre ella, la han descrito y han contribuido a transmitirla y formarla en nuevas generaciones. Para mí -pues tratándose de algo tan íntimo, solo puedo hablar de mí mismo-, el P. Larramendi (1690-1766) fue uno de los mejores, con su Coreografia de Guipúzcoa y Conferencias sobre los Fueros. Pero fue la imaginación de Navarro Villoslada quien, a mis diez años, fecundó la mía con las leyendas y mitos de Amaya o los vascos en el siglo VIII. Él me enseñó la geografía humana de Navarra, me familiarizó con las Amescuas y las sierras de Urbasa y Aralar, mucho antes de disfrutar en sus cumbres de las majestuosas noches e interrogantes amaneceres, lo mismo a cielo abierto que mal defendido de la nieve helada. Ramuntcho de Pierre Loti (J. Viaud), uno de mis primeros regalos de cumpleaños, me entretuvo con las astucias de los contrabandistas por el Pirineo, pero me grabó la imagen del «buen vasco». Karl von Humboldt (1767-1835), reprodujo el paisaje maravilloso de lo que era Barakaldo cuando él entraba por la ría; el País Vasco que calificará «tierra ideal». En su Mithridates reconoce al euskera como «una de las lenguas de más perfecta forma». Les Basques. Essai de psycologie pintoresque, del Abbé Dibildos, enriqueció sobremanera mi modo de contemplar, sentir, vivir el paisaje, identificándome con él, con su palpitar silencioso, con sus gentes austeras, su vieja y cargada historia de sueños y pasiones. Bebí a pequeños sorbos la personalidad vasca en Euskarianas de Campión (1854-1937) y en La personalidad euskara en la historia, el derecho y la literatura, del mismo autor.
La revista Alma Vasca me ponía al corriente de mil cosas, y las fiestas de San Ignacio y los Aberri Eguna, su júbilo y alegría contagiosa, alternaban con las obras teatrales, Alma Vasca de Nicolás Viar, en la que actuaba nuestro padre -autor a su vez de obras del mismo género-; Amaya y Mirentxu, del maestro Guridi, y su inolvidable El Caserío. La última obra de aquel teatro vasco de los años veinte y treinta, fue para mí el drama Pedro Mari, de Manu de la Sota, si no me equivoco, en el Campos Elíseos de Bilbao. Un presagio de la guerra de 1936, al año siguiente. Después vendrían Unamuno, José Miguel de Barandiarán, Caro Baroja… Eran ya otros tiempos muy distintos. Y yo no era ya un crío.
¿Qué me queda a una edad en que tantas cosas se olvidan, de todas esas lecturas e impresiones sobre el alma vasca, de las experiencias más impactantes, de tantas reflexiones bordando cuidadosamente los círculos de las horas nocturnas? ¿Cómo definir o al menos describir la escurridiza identidad vasca, tan escurridiza como cualquier otra? No he viajado mucho; sí he convivido, y muy a gusto por cierto, con diversos pueblos de muy variadas culturas por las que me he interesado y en las que he querido profundizar. Sobre todo he querido a sus gentes. He admirado paisajes mucho más grandiosos y espectaculares que los vascos. Me basta cerrar los ojos y, después de casi setenta años, sentir el sobrecogimiento y recobrar la imagen de aquella primera vez: sobre el cráter humeante de un volcán a casi cuatro mil metros, contemplo la inmensidad plateada del Atlántico a mi derecha y la del Pacífico, a mi izquierda, plomiza y misteriosa. Admiro y valoro todo lo bueno y bello de otros países y culturas. Sin embargo, no he encontrado en ellos la intimidad de lo propio, no mejor ni peor, única, íntima, la kutuntasuna, ese goxo-goxo que conserva el rescoldo del viejo hogar en el que me reconozco. No, no es la patria hecha religión, ni ninguna de esas monsergas que nos achacan algunos a los vascos. Y sé lo que siento y muy pronto en mi familia fui vacunado contra todo ídolo y sacralización. Pero tengo que esforzarme por concretar algo: ¿Qué es para mí la identidad vasca?
Diría que es la intimidad de sentirse vasco por los cuatro costados, se haya nacido o no en el País Vasco, se tengan ocho y más apellidos vascos o no. Sentirse vasco en y con una comunidad diferenciada, poseedora de unos valores, costumbres y cultura ancestrales; una comunidad cuyas raíces palpitan: «el suelo de los antepasados». ¿Por qué es tan sensible y querida esa parte del juramento bajo el árbol de Gernika?
Sentir la carga y responsabilidad de una historia milenaria, real, expresada muchas veces en leyendas, cuentos y mitos. Historia sencilla, rural, marina, esforzada siempre y trágica en ocasiones; mezcla de virtudes y pasiones, lágrimas y buen humor. No mejor ni peor que la de otros pueblos; distinta, la nuestra. Y por eso envuelta siempre en la cálida y reconfortante pátina del amor.
Se puede ser de la apacible Donibane-Garazi, del Goiherri guipuzcoano, o de Agurain y su llanada, y sentirse sobre todo vasco; lo mismo que el arratiano o el pelotari de Goizueta. Es un instinto el que descubre y comunica las raíces comunes bajo la tierra y sus caprichosos contrastes, en el fondo mismo de cada espíritu singular e intransferible.
Todo esto resulta muy subjetivo, es cierto, y cada cual lo experimenta a su manera. Pero ¿hay algo más subjetivo que la identidad del propio yo? Sin embargo, cuando la identidad es colectiva, aflora necesariamente algo ya objetivado, quintaesencia de ese espíritu y cultura propios; algo perceptible, sujeto a análisis: el idioma, el idioma vasco: el euskera, el antiquísimo euskera.
Sentirse vasco es sentir el euskera como lengua propia, aunque no se la domine, aunque no pueda uno comunicarse con ella, aunque la haya olvidado o no la haya conocido nunca, porque le fue secuestrada durante varias generaciones. Incluso cuando no solo es nostalgia de ella lo que se siente, sino culpa «nunca apagada» por no haberse empeñado suficientemente en aprenderla y dominarla, o haberla postergado a otras más rentables. Sin embargo, a mi juicio, no basta conocerla, dominarla, incluso, ni ser especialista en ella. Es necesario, con esa necesidad que brota espontánea, es necesario amarla profundamente y sentirse vasco en ella.
¡Qué profunda pena sentí al leer que un especialista miembro del Consejo Asesor para el Euskera en este Gobierno vasco, afirmó: «Si algún encanto tiene el lehendakari socialista, reside precisamente en su bendita ignorancia de la lengua de Aitor»! Y va más lejos: «Jamás sobre esta tierra de cristianos / volveré a hablar vuestro ingrato euskera». Y para rematarlo: «Obviamente las lenguas no matan, pero se mata en nombre del euskera». ¿Puede, acaso, alguien dudar del significado correcto de las palabras del lehendakari socialista, por sí mismas, en el contexto de las de su asesor y en el mucho más amplio de esa vil e infame campaña que difunde a troche y moche que «todo lo vasco está contaminado con la violencia etarra»? Adelantando el fin de ETA, López pronostica: «El euskera se unirá de una vez por todas con la libertad» («euskarak bat egingo du behin betikoz askatasunarekin»). ¡No hay encanto que valga! Lo que sí hay es una sangrante herida en lo más hondo del alma vasca causada por quien se dice lehendakari de los vascos. Es verdad que ETA mata, pero hay otros, muchos, que quieren matar, ahogar, con mil medios la identidad vasca.
He hablado de sentirse vasco en una comunidad de valores ancestrales. Acabo citando dos: «Libertad y democracia». No son exclusivos de los vascos, ni de ningún pueblo. Pero me parece característica la resistencia vasca a someterse a algo o alguien que no haya salido de la comunidad, en un plano de igualdad. Sé que ha habido de antiguo reyes en Navarra, «señores» en Bizkaia, andikis y jauntxus por doquier, pero la comunidad ha sabido defenderse y poner sus exigencias. Por lo menos, es esa libertad y espíritu democrático lo que he encontrado y libado en mis andanzas librescas y humanas. En una aldea de Cisjordania, el Ay bíblico, cerca de Jericó, encontré un palestino de Kefiyeh, barba blanca y jubón largo color hueso, Venía del campo. A mis tres o cuatro palabras de saludo en árabe, me mira a los ojos, me apunta con su grueso dedo índice: «Zu, euskalduna zara!». «Zu ere bai!», respondo. Un antiguo marino de Ondarroa y una larga historia. Si no recuerdo mal, una de las obras teatrales de nuestro padre llevaba por título: Jauntxube.
Y una cosa más, hay un largo y hondo horizonte de ideales en el alma vasca, y unos pies desnudos, bien hundidos en la tierra, pobre quizá, trabajosa, pragmática, el suelo de nuestros antepasados. ¿Por qué es tan importante la cláusula del juramento en Gernika? Identidad vasca. No gris y rutinaria ciudadanía. No abigarrada globalización y uniformes baratos de imitación.









