«Con Europa pasa como lo que le pasaba a san Agustín con el tiempo: cuando no se pregunta qué es, se sabe qué es, pero cuando se pregunta, ya no se sabe», escribía hace pocos días Claudio Magris en un diario italiano.
Quiero decir, explica el escritor, que si por Europa entendemos no sólo una expresión geográfica o un proyecto político, sino también una civilización, una manera de ser, una pertenencia cultural, es difícil -e incluso también retórico- hablar o convertirlo en tema de debate: «Europa en el diván», decía la portada de este semanario, y no sabemos qué psiquiatra debe contar sus conflictos profundos, sus penas, ni en qué puede consistir la curación de la enferma angustiada. Aceptemos, como realidad mínima y básica, que esta Europa, o al menos la que llamamos «occidental» (que suponemos que quiere decir «sin Rusia»), es en efecto una civilización, un espacio de pertenencia cultural donde en gran medida nos sentimos en casa, donde sentimos que fuera de los límites de un Estado e incluso de una lengua, nos podemos encontrar con un aire familiar que nos despierta sólo una mínima extrañeza.
Europa es ese espacio donde encontramos iglesias y palacios, edificios históricos, catedrales, calles y plazas, tiendas, jardines y mercados, que, si no siempre son exactamente como los del propio país, sí son familiares y cercanos. Y se puede vivir ese sentido de pertenencia, afirma Magris, este «sentirse en casa», incluso fuera del propio Estado o de la propia lengua, al igual que se vive el amor por un paisaje familiar o por una persona cercana, o se puede contar, hacerlo sentir de manera indirecta, a través de la literatura. «Ser europeo» no es únicamente un concepto, ni la adhesión intelectual a un proyecto, ni la fe o la esperanza en unas instituciones comunes. Ser europeo es también poder pasear por Florencia, París, Amsterdam o Praga, viajar por Portugal, Normandía o Sicilia, y sentir que no son ciudades ni paisajes exóticos, que pueden ser lugares con personalidad muy fuerte, pero también son espacios donde nos encontramos «en casa»: al menos tanto como (para un viajero valenciano, por ejemplo) puedan serlo Sevilla, Castilla o Asturias.
De estas sensaciones tan intensas y cercanas, puedo dar fe sobre el fundamento reforzado por muchos años de caminos y de paseos, una parte de las cuales recogí en un libro que se llama ‘Europeos. Retrato en setenta imágenes’. Y con setenta imágenes basta para entender y sentir lo que es Europa.
Se puede y se debe hablar de los problemas concretos que tiene hoy esta Europa -recuerda también Claudio Magris-, de todo aquello que favorece o frena el proceso de su unificación real, de las posibilidades y dificultades de llegar algún día, a pesar de la gravísima crisis actual, a un verdadero Estado europeo. Y se puede y se debe, continúa, hablar del euro, del desempleo, de la inmigración, o de la necesidad de leyes básicas comunes. Se puede hablar de todo esto, y de la definición de un proyecto político: por el contrario, sería arriesgado querer definir con detalle una cultura europea. Pero no hace falta, digo yo, mientras tengamos presentes los rasgos fundamentales que definen la experiencia de la «cosa pública»: desde la democracia de la polis griega hasta el pensamiento estoico y cristiano con su concepto de persona, desde el derecho romano con su tutela concreta del individuo hasta el humanismo que da la medida de todas las cosas, desde el liberalismo que proclama sus derechos y libertades intocables hasta la socialdemocracia que se preocupa de su ejercicio concreto para poder vivir una vida digna, a lo largo de todo este trayecto el protagonista de la civilización europea es el individuo: este individuo que Kant proclama que es un fin y no un medio, y que el arte y la literatura representan y exponen en su irrepetible e inagotable complejidad.
A pesar de una historia violenta y turbulenta (no más que la de otros grandes espacios, como los de la India, China o el Islam), la civilización europea contiene un gran potencial antitotalitario, concluye Magris, y es cierto, y ha sido la «cuna de los derechos humanos» y de principios universales que van más allá de horizontes históricamente limitados, herencia quizás de aquellas palabras de Antígona, cuando afirma que hay «leyes no escritas de los dioses», las leyes profundas de la dignidad humana, que ninguna ley o decreto del Estado puede violar. Antígona, pues, una columna jónica, un pueblo provenzal, una catedral gótica, Vermeer y la Enciclopedia Francesa.
EL TEMPS








