Europa en el horizonte

Elecciones europeas. 25 de mayo del 2014. De nuevo la paradoja de elegir a unos representantes a escala continental a través de campañas en las que predominan los temas y la lógica de los estados y de los partidos que se presentan. La Unió Europea (UE) sigue siendo muy buena idea y un gran proyecto de futuro, pero sigue pagando un cuádruple precio que explica la percepción alejada de los ciudadanos: ser una organización posmoderna que no dispone de modelo ni de rumbo político claro, tener un crónico déficit de líderes que crean en el proyecto, mostrar deficiencias democráticas en las instituciones, y una grave debilidad estructural en el ámbito de la política internacional.

La fortaleza de la UE sigue pivotando en el éxito de la finalización de los conflictos bélicos internos y en aspectos importantes de la integración económica. Este segundo aspecto muestra carencias (regulación financiera, organización bancaria, armonización fiscal…). A partir del 2008, a estos elementos se les ha añadido una gestión muy discutible de la crisis, tanto en los métodos utilizados como en los resultados conseguidos. Las desigualdades internas han aumentado, así como el empobrecimiento de las clases medias y populares. Las políticas han respondido más a los intereses de los actores y estados fuertes que a los del conjunto. Reducir el gasto de los estados más endeudados como vector decisorio fundamental ha socavado la recuperación económica y sectores financieros que son el origen de la crisis han salido bien parados.

A pesar de los esfuerzos comunicativos que tratan de hacer creer que la política económica aplicada era “la única posible”, las encuestas muestran decepción de la mayoría de los ciudadanos. Una cuestión nada ajena al previsible grado de abstención electoral y del aumento de los euroescépticos y de la extrema derecha en el próximo Parlamento Europeo (PE) –no es previsible que estos últimos condicionen las decisiones–. A pesar de los cambios institucionales más recientes (tratado de Lisboa), que refuerzan tímidamente el PE y provocan que las mayorías parlamentarias condicionen por primera vez a quien será el nuevo presidente de la Comisión, el PE dista de ser un parlamento normal, en lo que respecta a sus funciones de elección y control del poder ejecutivo, como a sus funciones legislativas.

Resulta flagrante la ausencia de un liderazgo propiamente europeísta. Angela Merkel es una dirigente europea, pero no europeísta. Por otra parte, la capacidad de influencia de la UE en política internacional es inexistente. Su política exterior es simplemente simbólica, casi ridícula, cuando hay conflictos (Siria, Palestina-Israel, Ucrania, Irán…). Demasiadas indefiniciones, déficits y carencias para que la UE pueda percibirse como una organización central en la vida de los ciudadanos. No resulta extraño que la participación en las elecciones al PE haya estado decreciendo desde que se estableció el sufragio a final de los setenta. Esta percepción contrasta con la importancia que las decisiones de las instituciones europeas tienen en la vida interna de los estados miembros. Mientras el presupuesto de la UE siga siendo una broma (hasta el 1,27% del PIB europeo) para la mayoría de los ciudadanos parecerá que Bruselas no está en Bélgica, sino en una nube informática.

Desde la perspectiva de la política catalana las elecciones europeas del 2014 adquieren nuevas dimensiones y tonalidades. El centro de gravedad político lo constituye aquí la evolución del proceso que hace pocos años inició el movimiento ciudadano en favor del “derecho a decidir” y de la independencia del país. Un proceso que, a diferencia de lo que pasa en el Reino Unido, se encuentra de momento bloqueado a nivel institucional (no político y social). No sería extraño que, una vez la ciudadanía se haya pronunciado sobre el tema de fondo, se aviste una intervención de las instituciones europeas en un tiempo no muy lejano. Europa en el horizonte. Buena parte de los ciudadanos de Catalunya perciben incentivos que pueden hacer que la participación electoral supere este año los migrados porcentajes de las elecciones del 2004 y del 2009 (en torno al 40% y al 37%, respectivamente).

Al PE se va en tanto que europeos. Para los partidos y organizaciones sociales catalanas favorables al proceso actual, conseguir tanto unos buenos resultados relativos, como una participación electoral más alta que en las pasadas elecciones y de carácter “diferencial” con respecto a la media del Estado, serían mensajes moderados pero claros hacia las instituciones europeas. Sería conveniente que los partidos favorables a la consulta ofrecieran una campaña que combinara equilibradamente los temas europeos y del proceso actual de Catalunya. No hay que exagerar. Tanto si se da como si no un aumento relativo de la participación y una mejora de los resultados de los partidos que están a favor del proceso, eso no supondrá ningún giro político sustancial, sino un elemento más del proceso. Pero seguir dando mensajes y señales europeístas a la colectividad internacional tiene más importancia de la que puede parecer a primera vista. La bandera independentista tiene el azul de la europea. Y la política europea es como los felinos cuando cazan, van lentos… hasta que aceleran de golpe.

La Vanguardia