Esto va en serio

La última encuesta en Catalunya sobre la respuesta a un hipotético referéndum sobre la independencia, realizada por GESOP para El Periódico, da un 53,6% favorable al sí y un 32% favorable al no. Así, en un año y medio, el sí avanza 5,5 puntos y el no retrocede 3. Descontando a los indecisos, el sí supondría el 62,3% de la participación en el supuesto referéndum. Los datos de la encuesta aportan otras informaciones suculentas. Por ejemplo, que el 30% de los que afirman votar a los socialistas del PSC y el 14% de los que dicen votar PP también darían un sí a la independencia. Y, finalmente, que a pesar de esta decantación de la opinión pública catalana, el 60,4% del total, cree que en el caso de referéndum, ganaría el no.

Permítaseme alguna consideraciones sobre estos datos de finales de enero de este año. En primer lugar, hay que tener en cuenta que la encuesta está realizada fuera de un contexto electoral real, en el cual la opinión se transformaría en voto, es decir, en acción, y que no sabemos si ante las consecuencias previstas, las inclinaciones serían las mismas. Esta transformación de la opinión en voto estaría marcada por una campaña en la que, sin ninguna duda, las posiciones encontradas recurrirían a todo tipo de presión y amenazas a favor y, especialmente, en contra. Hasta ahora, el «no» ha contado con el favor del statu quo, que no es poco, pero también cabe suponer que el sí podría contar con lo que hasta ahora no ha tenido: un liderazgo serio de parte de los grandes partidos soberanistas, como CiU, hasta ahora muy por detrás de los deseos de sus votantes.

La segunda consideración sobre estos resultados es que parece que ya no sirve -o sirve muy poco- el tan cacareado riesgo de la ruptura de la cohesión social entre una mitad de catalanes de origen y supuesta lealtad nacional española, y la otra mitad de catalanes, catalanes de lealtad nacional estrictamente catalana. Esta ha sido una magnífica y en algunos casos -no todos- bienintencionada excusa para frenar las ansias soberanistas, pero los datos parecen darla por superada. Por una parte, un 16% de la población ya no es de origen español, y suponiendo que pudiera votar -como fue el caso de las consultas populares por la independencia-, no en todos los casos se encontraría atada a lazos sentimentales con España. Por otra parte, ese casi 54% de sí, y particularmente el 30% de votantes del PSC, necesariamente incorpora a mucha de esta población a la que supuestamente se le dejaba fuera del soberanismo. Y, en fin, lo más previsible es que el no a la independencia no viniera de este perfil de población, sino de los círculos de poder catalán cuyos intereses están muy vinculados al Estado y a estructuras económicas españolas, en cierta manera reunidos en la organización Puente Aéreo y que en cierta manera podrían recoger los temores a las posibles consecuencias -incluidas represalias y boicots- a la economía catalana.

No menos interesante es el último dato que apuntaba antes: a pesar de la mayoría soberanista, 6 de cada 10 catalanes cree que ganaría el no. Y este es un fenómeno interesante ya que significa que el resultado de la encuesta se mueve aún en aquella habitual baja autoestima y confianza de los catalanes en su propio futuro, expresada en la conocida expresión. «ya me gustaría, pero no va a ser posible». Una expresión que indica, como antes apuntaba, la falta de un liderazgo fuerte en el independentismo, en el cual pueda confiar el ciudadano menos politizado y más expuesto a los medios de comunicación hegemónicos, todos ellos vinculados al statu quo actual. Pero, de la misma manera, el dato sugiere que en caso de existir tal liderazgo, el sí aún tendría mucho recorrido hasta llegar a unas proporciones que harían muy difícil frenar un proceso de emancipación.

Ante estos datos, generalmente se suele contraponer el hecho contundente de que en las elecciones de verdad los resultados desmienten todas estas especulaciones. Y curiosamente, aunque los resultados de las encuestas sirven para argumentar cualquier cosa -desde la popularidad del rey hasta la expectativas de los ciudadanos ante la crisis-, en este caso se le niega cualquier verosimilitud. Vayamos por partes. En primer lugar, en unas elecciones municipales, nacionales -catalanas- o generales, se nos pregunta por quién deseamos que nos gobierne. Y particularmente en tiempos de crisis grave como la actual, el ciudadano no se confunde de pregunta y responde pensando en el plazo más inmediato y acuciante. En consecuencia, y en segundo lugar, podríamos decir que en el mapa electoral catalán los independentistas se reparten en todos los partidos. Ni qué decir tiene que en SI, ERC y CiU, también en ICV y, como se ha visto, en PSC e incluso PP. Del mismo modo que entre los indignados del 15-M había votantes del PP, ¿por qué no tendría que haber independentistas entre los votantes del PP catalán?

Pero aun hay más. Sabemos que la representación parlamentaria es resultado no solo de la voluntad de los votantes sino también del sistema electoral utilizado. Es decir, que no tendríamos los mismos parlamentos con las mismas mayorías y minorías si contáramos con modelos proporcionales o mayoritarios, con listas abiertas o cerradas, o introduciendo reequilibrios territoriales o no tan acentuados, por ejemplo, como en el propio País Vasco. Además, nuestro sistema de voto uninominal -votar a un solo partido- introduce sesgos debidos a la decisión del llamado voto útil, que en ocasiones desfigura las verdaderas preferencias del elector. En el mundo ya se aplican otros modelos que intentan resolver algunos de estos problemas e incluso existen algunos modelos teóricos que estudian otras alternativas.

Entre ellas, está el voto de aprobación, desarrollado hace más de 100 años por el matemático sueco Lars Edvard Phragmén. Consiste en un sistema en el cual cada elector no vota a un solo partido, sino que para cada partido da su aprobación o no. Esto permite no solo conocer las preferencias favorables, sino también el grado de oposición a determinados partidos. Unos matemáticos profesores de la UAB -Rosa Camps y Xavier Mora (http://mat.uab.cat/~xmora/articles/ege2011.pdf)- han hecho unos cálculos a partir de una pequeña muestra sobre cómo cambiarían los resultados actuales aplicando este sistema y los resultados son espectaculares. Para el distrito de Barcelona y en las elecciones generales del pasado noviembre, para resumir, si en el sistema actual los partidos claramente soberanistas (CiU y ERC) obtuvieron 11 diputados y los claramente unionistas (PSC y PP) lograron 17, en el nuevo sistema los primeros tendrían 19 y los segundos, 9. Posiblemente, no es este un sistema fácil de aplicar por su complejidad en unas elecciones parlamentarias, pero sí parece útil para conocer mejor las preferencias de políticas reales de la ciudadanía. Y, en cualquier caso, sirve para mostrar que los resultados de las últimas encuestas en Catalunya sobre las expectativas que está alcanzando la apuesta independentista, ya no son para tomarlas en broma.

Noticias de Gipuzkoa