Una de las tragedias del siglo pasado que no han sido suficientemente estudiadas es el masivo traslado obligatorio de pueblos enteros a raíz de limpiezas étnicas, guerras, tratados internacionales o fronteras artificiales dibujadas en una pizarra. Se ha hablado sobradamente de la Gran Guerra que comenzó hace cien años. Sabemos que hizo caer cuatro imperios, que se calcula en diez millones el número de muertes en acciones bélicas y que los nuevos estados que nacieron en Europa y Oriente Medio se formaron bajo el principio de autodeterminación, una idea importada por presidente estadounidense Woodrow Wilson. Se trazaron las fronteras sin tener en cuenta las minorías que quedaban atrapadas en unos estados que no eran los suyos. Y se produjo la paradoja de que a pueblos históricamente definidos como el kurdo se les prometiera la posibilidad de tener un Estado, y un siglo después todavía viven esparcidos por tierras de naciones que no son la suya. El Tratado de Versalles de 1918 fue el patrón principal de muchos otros tratados que fijarían detalles fronterizos que afectarían a millones de personas.
Para hacer coincidir fronteras, pueblos, culturas, lenguas y costumbres, se firmaron tratados que implicaban el desplazamiento masivo de minorías étnicas. Lo hacían los estados vencedores, que se inspiraban en los principios democráticos de la civilización occidental. Cuántas injusticias.
Como consecuencia del Tratado de Neully, firmado entre los aliados y Bulgaria en 1919, más de cincuenta mil búlgaros establecidos en territorio griego fueron intercambiados por más de cuarenta mil griegos, obligados a abandonar Bulgaria. El desastre militar griego en Esmirna en 1922 provocó el éxodo a Grecia de novecientos mil griegos de Asia Menor y doscientos mil más que vivían en la Tracia y Constantinopla. Hubo otro tratado, el de Lausana, para que los aliados y los turcos completaran la operación para que el resto de griegos que vivían en lo que sería la nueva Turquía salieran a toda prisa, unos doscientos mil, hacia Grecia, donde medio millón de musulmanes serían canjeados para ser trasladados a tierras turcas.
El desplazamiento multitudinario de personas como consecuencia de las dos guerras civiles europeas del siglo XX es escalofriante. A partir de 1945, fueron los alemanes los expulsados de partes de Prusia, Polonia, Bohemia, la tierra de los Sudetes, Hungría y Austria, y se configuraron las fronteras de la nueva Alemania partida en dos. Por si fuera poco, la independencia de la India provocó el traslado forzoso más numeroso y más absurdo del siglo XX. Los británicos trazaron las fronteras de Pakistán occidental y el Pakistán oriental, hoy Bangladesh, siguiendo criterios religiosos. Los musulmanes irían a Pakistán y los hindúes se quedarían en la India. El resultado ha sido catastrófico, hasta el punto de que hoy, casi setenta años después, hay más musulmanes en la India que en Pakistán. Las deportaciones internas decretadas por Stalin en Ucrania y otros lugares de la Unión Soviética son una de las páginas más oscuras de un dictador sin escrúpulos.
Los que no se han movido demasiado de su sitio son los kurdos. En el Tratado de Sèvres firmado entre los aliados y el derrotado Imperio Otomano en 1920 se prevé la formación de un Estado kurdo, que quedaría sujeto a las decisiones de la Sociedad de las Naciones, que debían otorgar un Estado propio a los kurdos que vivían en la ciudad de Mosul, en el norte de Irak. Resultó la letra muerta de un aspecto del tratado que nadie tendría interés en que se implementara. Ni los británicos ni los turcos. Tampoco los sirios, iraquíes e iraníes. Unos 60 millones de kurdos están repartidos entre estos estados y otros lugares de Oriente Medio. Los kurdos iraquíes lucharon contra la Gran Bretaña y la Turquía moderna. Los que habitan divididos por las fronteras de la Gran Guerra lo han hecho por la fuerza y pacíficamente sin conseguir nada.
Hasta hace poco la causa kurda no ha tenido eco político internacional. Ha sido la descomposición de Irak y la creación repentina del Estado Islámico lo que ha hecho resucitar la posibilidad de que el Kurdistán acabe siendo un Estado nuevo. El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, lo insinuó hace pocos días diciendo que podría ser razonable la creación de un Estado kurdo.
El Kurdistán iraquí tiene un gobierno regional presidido por Masud Barzani y un parlamento autónomo en la ciudad de Erbil. Ha planteado hacer un referéndum por la independencia. Bagdad no está de acuerdo y menos Turquía, Siria o Irán. Pero puede ser interesante e incluso conveniente para el orden internacional que negó a los kurdos un Estado durante un siglo y ahora lo puede hacer accesible, total o parcialmente, como muro de contención para el Estado Islámico, que tiene la ambición de convertirse en un nuevo califato que agrupe a todos los musulmanes del mundo. Las fronteras artificiales que Winston Churchill y Gertrude Bell dibujaron con un bastón en la arena del desierto al terminar la Gran Guerra se acabarán borrando o, al menos, darán personalidad jurídica y política a un pueblo como el kurdo.
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