«Barcelona está política y culturalmente sola. (…) Ha de vivir bajo un Estado de planta jacobina».
En Europa hay dos sistemas urbanos. En el corredor central del Viejo Continente, que baja desde Amberes y Amsterdam por el valle del Rin y Suiza hasta Bolonia y Florencia, hay una red densísima de ciudades medias, económicamente complementarias y con un peso político similar. En cambio, a ambos lados de aquella región, que hace más de mil años había sido el antiguo reino de la Lotaringia, el paisaje urbano es diferente: desigual, jerarquizado, construido alrededor de una gran metrópoli que hace de capital de un Estado nación, rodeada por una constelación de ciudades provincianas. En Francia, el ejemplo paradigmático de esta estructura, la población del área metropolitana de París es ocho veces mayor que la de Lyon. En Inglaterra, el gran Londres multiplica la población de la segunda ciudad, Leeds, por siete.
En la geografía urbana europea, Barcelona es una excepción chocante. La capital del Estado español, Madrid, es sólo dos veces mayor en población. Si comparamos áreas metropolitanas, la distancia es mucho menor: la madrileña es sólo un veinticinco por ciento mayor que la barcelonesa. De hecho, hasta hace cincuenta años las dos ciudades habían tenido un peso demográfico casi idéntico.
Es cierto que Milán y Roma presentan una relación numérica similar. Pero la ciudad lombarda cuenta con todo un cinturón de ciudades, desde Turín hasta Bolonia y desde Génova hasta Venecia, que la protegen del centralismo romano. Barcelona está, por el contrario, política y culturalmente sola. En otras palabras, en vez de formar parte de la Lotaringia, que es su medio natural, tiene que vivir bajo un Estado de planta jacobina. (Salvando las distancias, la existencia de Andorra, en forma de sandwich entre dos estados inmensos, produce un efecto igualmente estrambótico: parece como si un terremoto absurdo hubiera desplazado de los Alpes a los Pirineos lo que, en un mundo normal, debería haber sido el vigésimo séptimo cantón de Suiza.)
El peso y la posición de Barcelona en España es una parte importante del carácter esquizofrénico de los catalanes en las cosas públicas. Por un lado, se encuentran poseídos por un cierto aire de superioridad, un punto de arrogancia o, como le he oído decir al presidente Pujol alguna vez, por esa especie de chulería que hace un mal servicio a las interacciones comerciales y políticas que mantenemos. Este aire desmesurado es, hasta cierto punto, comprensible. Barcelona es una ciudad hermosa, una especie de pequeño París salpicado de azules mediterráneos. La ciudad es, además, el auténtico vértice de un extenso territorio dotado de una gran unidad física y espiritual: definido por pinos redondos y cipreses esbeltos, eso sí, todos de una variedad menos romántica y oscura que los de la Toscana; encuadernado por una sola lengua (y todas sus primas limusinas hasta el Ródano). Dentro de un coche de cilindrada apropiada, al burgués barcelonés no se le hace extraño salir de madrugada para comer en Sète, visitar el anfiteatro romano de Nimes y volver al día siguiente con algunas botellas de vino bajo el brazo, incluso imaginando que, en circunstancias históricas muy diferentes, todo aquello podría haber sido un Estado cómodo consigo mismo.
Por otra parte, la posición relativa de Barcelona segrega un complejo de inferioridad, la sensación de habitar una ciudad de segundo orden, el sentimiento de pertenecer a una mera provincia y de no haber podido afirmar esa unidad cultural como realidad soberana. En Cataluña, al político (un ser definido por su ansia de gobernar) se le pide que haga de oposición permanente. Y si alguna vez, en cumplimiento de una cuota territorial, llega a ministro, actúa como un ministro transitorio, siempre bajo vigilancia, operando como un submarino en un territorio extraño, negándose (aunque no se dé cuenta) a sí mismo. Por no poder hacer nada de provecho, no puede ni utilizar el ministerio que le han encomendado para vehicular dinero hacia su región y crear una red clientelar sólida. Por supuesto, uno podría multiplicar los ejemplos de esta situación haciendo referencia a muchos otros ámbitos de la vida cívica y económica del país.
Para resolver esta tensión psicológica insoportable, los catalanes han intentado dos estrategias políticas. La primera ha sido la del catalanismo españolista: ofreciéndose a España como élite modernizadora, de la mano del general Prim, de Cambó, del pacto de San Sebastián o, últimamente, del PSC. La segunda es la del catalanismo europeísta: apostando por una Europa y una Bruselas fuertes que, liberándonos de fronteras estatales, deberían permitir a Barcelona recuperar su espacio natural, su eurorregión, aquel gran territorio que vivifica las grandes ciudades de los estados nación.
La primera opción murió con la sentencia del Tribunal Constitucional. La segunda estrategia, que no es exclusiva del maragallismo (yo la he oído de los labios de políticos convergentes de primera fila), es absurda e irrealizable. Hace tiempo que París controla el mediodía francés: políticamente desde la batalla de Muret del 1213; culturalmente, desde la expansión de la escuela pública y laica hace cien años. Por ello, si Cataluña quiere curarse de su esquizofrenia permanente, sólo tiene una opción: la secesión y la construcción de un país digno de pertenecer a la Lotaringia.
http://www.ara.cat/estiu2012/Esquizofrenia-catalana_0_739126243.html







