Hay un canal temático de televisión que anuncia una nueva serie de éxito en Estados Unidos con el eslogan: «16 millones de personas no pueden estar equivocadas». ¿Es el grueso de audiencia lo que da la razón? De hecho, el anuncio no habla de razones, sino de gustos. Y el gusto tiene más que ver con la emoción que con la razón. Con independencia de la inteligencia del guión, si una serie gusta, gusta, que es lo que se trata desde un objetivo comercial.
Transpongamos ahora la misma reflexión al éxito de las movilizaciones de indignados. ¿Podemos decir que «tantos indignados en la calle no pueden estar equivocados»? Sí, si también situamos la indignación en el lado de las emociones más que en la de las razones. El término indignación es inequívoco, en este sentido. En cambio, en cuanto a las razones, la cantidad de apoyos no sólo no es garantía de nada sino que a menudo sugiere el apoyo en sentimientos primarios, populistas. Esto también vale en el caso del voto: ¿el alto apoyo electoral de los vicenses a Josep Anglada dice algo de la bondad de sus ideas? Y que el PP gane por mayoría absoluta, ¿atribuirá razón y acierto a sus políticas? De ninguna manera. En democracia no debe confundirse legitimidad con razón. Por lo tanto, decir que «el pueblo siempre tiene razón» es una gran estupidez. Lo único cierto es que el pueblo decide y su voluntad, para bien y para mal, pesa más que ninguna razón.
Habría que ser ciego para negar la existencia de la indignación causada por un malestar social tan difuso como generalizado. La amenaza de paro si no que es ya es realidad, servicios sociales amenazados, la incertidumbre del futuro… Por eso, entre la gente que se moviliza, encontramos desde quien quisiera hundir el sistema económico y político actual, hasta quien lo que desea es volver a las condiciones de seguridad y protección que el sistema le daba antes de la crisis. Para decirlo rápido: entre los manifestantes, seguro que hay desde revolucionarios antisistema hasta una buena representación de los ciudadanos que el 20-N darán la victoria a Mariano Rajoy. Es en la indefinición de objetivos donde crecen los indignados.
La cuestión es que, aquí y en todo, la intelectualidad tiene tendencia a simpatizar con las movilizaciones de indignados, las compara con el Mayo del 68 y contribuye a inflar burbujas de esperanzas sin horizonte. A mí, eso me parece una gravísima irresponsabilidad, tanto como la creación de burbujas económicas. Cito la respuesta que Amadeu Cuito, un hombre sabio que me merece una gran admiración, dio en una entrevista publicada en el ARA: «El Mayo del 68 fue una gran parodia de revolución protagonizada por una minoría de universitarios sublevados contra la pérdida de una situación privilegiada. En el 68 se había triplicado el número de universitarios, que descubrían que no tenían el futuro asegurado y debían competir entre ellos. Se ha hecho una leyenda. […] La revolución desapareció en 15 días. Toda esta parodia terminó en un abrir y cerrar de ojos y ayudó a la derecha a ganar las elecciones». Sí: la noche del 20-N podremos contabilizar el alcance de la indignación, y la dirección de su influencia. (Y por cierto, los intelectuales, como los banqueros, tampoco pagarán las consecuencias de su dejadez crítica).







