Hablar de los grandes conglomerados mediáticos sin mencionar su endeudamiento monstruoso sería cómo describir el hundimiento del Titanic descuidando que había un iceberg. Estas enormes maquinarias de influencia –en este caso, hablo de toda la trama empresarial en torno al diario El País– arrastran unas deudas increíbles que harían temblar a cualquier contable con dos dedos de frente. Pero –y ahí está la paradoja– cuanto más debe esta gente, más difícil parece derribarlos.
El grupo PRISA lleva muchos años ahogado en una deuda que negocian y renegocian constantemente. Y ahora se esfuerza muchísimo, según nos cuentan, por convencer a PIMCO –una empresa de inversiones con sede en California, que es el acreedor principal del grupo y que ya tiene muchas acciones que le ofrecieron a cambio de una parte de la deuda– que acepte una refinanciación. Una refinanciación que, con las cifras en la mano, no tiene ni pies ni cabeza. Sin embargo, nadie se atreve a dejar caer estos monstruos financieros aduciendo la simple razón de que son una ruina. ¿Por qué?
La respuesta es tan simple como inquietante: son demasiado útiles para el poder. Para el poder español, en este caso y de forma muy especial. Estos medios, fabricados al abrigo del Estado durante la supuesta modernización democrática, crecieron devorando los millones que no tenían, pero con la complicidad de unos gobiernos que los necesitaban imperiosamente para domesticar la opinión pública e impulsar su proyecto político, el proyecto del régimen. Así pues, se estableció un pacto que podríamos llamar faustiano: vosotros influís sobre el personal y nos lo calmais y domesticais, y no os preocupeis, que nosotros ya evitaremos que os hundais, pase lo que pase.
Decenios después, el resultado es esa auténtica aberración económica que vemos hoy: empresas técnicamente fallidas que siguen funcionando como si nada, mientras los accionistas se pelean por el control de un cadáver polvoriento. De un cadáver, eso sí, que todavía tiene la capacidad de marcar de forma importante la agenda pública.
La deuda no es siquiera, ni primordialmente, una cifra en los libros de contabilidad. La deuda de PRISA y los casos similares –españoles, pero también catalanes– es una cadena que liga estos medios de comunicación a los centros de poder económico y político. Porque cuando debes dinero, ya no eres libre. Y cuando no eres libre te encuentras a las órdenes de alguien.
Pero ese endeudamiento crónico explica también por qué estas batallas por el control –como la que se libra estos días por el control de El País– son tan feroces. No es una lucha por el negocio –cualquier empresario con dos dedos de frente huiría de semejante balance económico–, sino por la capacidad de influencia. Lo que está en juego no es la rentabilidad económica, sino el poder de decidir qué piensa la gente, de construir realidades mediáticas que benefician a determinados intereses de partido, pero también –y especialmente en el caso español– nacionales.
La guerra actual por el control de PRISA tiene todos los ingredientes de una mala novela de espionaje, que, sólo por los protagonistas, haría disfrutar al añorado Ramon Barnils. Por un lado, tenemos a Joseph Oughourlian, ese inversor francés de ascendencia armenia que ayer se coronó a toda portada como presidente de El País después de haber decapitado a Carlos Núñez y José Miguel Contreras –este último, no casualmente, asesor de comunicación de la Moncloa y de Pedro Sánchez. Por otra, los accionistas españoles y muy españoles, apadrinados por Sánchez, que ahora pretenden apoderarse del 51% de los votos para expulsar al gabacho en la siguiente junta de accionistas.
Pero el elemento más jugoso y divertido es la aparición en escena de Vivendi, el gigante mediático, también francés, que controla un 12% de PRISA y que puede decantar la balanza a favor de su compatriota o a favor del PSOE. El gobierno español, en un ejercicio de esa sutileza diplomática que siempre le ha caracterizado, envió hace pocos días al ministro Óscar López a París para convencer a Arnaud de Puyfontaine, el número dos de Vivendi, que traicionara a su compatriota Oughourlian. Un viaje que, naturalmente, López niega que tuviera ese objetivo y que reduce a «dos minutos» de conversación casual. Como si hubiera ido a la panadería a comprar baguetes y se hubieran encontrado por casualidad.
¿Y por qué es jugoso esto? Aparte del hecho en sí, porque tiempo atrás el gobierno español privó que Vivendi aumentara su participación hasta el 29,9%, como había solicitado. Y es que cuando las cuentas no cuadran aquí puede pasar de todo: en la Moncloa primero les impiden hacerse mayores, y ahora les piden que apoyen la causa ‘nacional’. ¡Vaya espectáculo!
Espectáculo que revela, y esto creo que es importante señalarlo, el declive del nacionalismo español. Aquel diario que nació en 1976 como estandarte de la modernización española, el portavoz oficioso de un proyecto nacional que debía dejar atrás la momia del franquismo y presentarse como renovado y europeísta, se ha convertido ahora simplemente en una pieza más en el tablero de ajedrez del capitalismo global. El templo mediático donde se consagraban los dogmas de la unidad nacional inquebrantable y la buena nueva de la peculiar democracia española ahora resulta que está en manos de fondo buitre y especuladores extranjeros.
Y esto es especialmente interesante para nosotros. Porque El País era, para el nacionalismo español, mucho más que un diario: era, y aún es, el trono, la biblia, el confesor. Era el instrumento que transformaba las razones de estado en gotas de ideología que bebían las clases medias urbanas e ilustradas, para lo que hacían tragar cualquier barbaridad. Hubo un tiempo que llevar el diario El País bajo el brazo, por la calle, era toda una declaración de principios y un acto de modernidad. Siempre que no le miráramos el culo a la bestia.
Siempre que no miráramos el culo a la bestia, porque no nos engañemos tampoco: bajo esa apariencia de diario serio, equilibrado y europeo, El País ha sido siempre uno de los grandes manipuladores de la realidad española y catalana.
Por ello, cuando la cuestión empezaba a ir en serio –es decir, cuando se amenazaba la sacrosanta unidad de España–, el diario sacaba toda la artillería para legitimar cualquier medida represiva. Ocurrió en 1992 con la razia del juez Garzón, justificada esforzadamente por El País. Ocurrió el 11-M cuando El País corrió a decir que era ETA la causante de las muertes de Madrid. Ocurrió durante el referéndum de autodeterminación: mientras las calles de Barcelona recibían cargas de la policía que la prensa internacional mostraba con estupor, El País construía un relato paralelo en el que las víctimas eran culpables y los agresores, simples funcionarios cumpliendo órdenes. La brutalidad de la policía española se transformaba, por arte de magia editorial, en “proporcionalidad”, los prisioneros políticos pasaban a ser de repente “políticos presos” y la represión, un simple “estado de derecho en funcionamiento”.
El milagro de El País –y lo que le hacía tan valioso para España– era precisamente la capacidad de hacer parecer razonable lo irracional, de mudar con vestido y corbata las mentiras oficiales. Con ese tono profesoral y esa pátina de intelectualidad, ha conseguido durante decenios que las clases medias progresistas españolas –y también muchas, demasiadas, catalanas– se tragaran sin masticar las más groseras tergiversaciones. Las firmas prestigiosas, los editoriales solemnes, el elegante diseño y la retórica europeísta no eran sino el caballo de Troya perfecto para endiñarnos, entre párrafos aparentemente sensatos, el nacionalismo español más feroz. Y ésta es, precisamente, la fórmula que ahora se disputan franceses y españoles: no el negocio ruinoso, sino quien se queda lo que queda de la gran máquina de construir realidades alternativas.
A este respecto, finalmente, la desesperación del gobierno de Pedro Sánchez por recuperar su control no es tan sólo una cuestión de influencia mediática genérica; es la constatación de que, sin este altavoz, su proyecto nacional estará medio afónico, perderá en buena parte la capacidad de relatarse a sí mismo de forma convincente y de explicarse al mundo. Porque, en el fondo –lo sabemos de sobra– España siempre ha sido más un relato que una realidad. Y, en nuestra vida, El País ha sido su principal narrador.
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